Carta a un alumno de Bachillerato, o cómo escribir un soneto #1

El soneto, como la novela o el cuento, es más trabajo concienzudo que inspiración, entendiendo como trabajo concienzudo el proceso racional de escritura y corrección, y como inspiración el chispazo, la idea, la fuerza que nos empuja a escribir. De hecho, te confieso que no creo mucho en la inspiración, o por lo menos en la inspiración como ese arrebato casi místico que los griegos creían que era la voz de la musa. Creo en los eurekas, en las ocurrencias con cierto recorrido, en estar concentrado en algo que te quita el sueño y que te emociona. Pero en la inspiración, tal y como hoy la conocemos, no, para nada. Es una más de esas patrañas que el Romanticismo legó a la posteridad. La única inspiración que existe, el único momento en que el poeta o el artista son capaces de crear poseídos por la inspiración, es cuando van colocados hasta las cejas. No exagero. Son los románticos y sus epígonos quienes ponen por primera vez en contacto la poesía con las drogas. Que le pregunten, si no, a William Blake, a Coleridge o, posteriormente, a Poe, Baudelaire, Rimbaud y a tantos otros. Me temo que el alcohol, el opio, el hachís o la heroína han sido las únicas musas que los escritores han conocido. Así que, volviendo al tema que nos ocupa, en cifras porcentuales diría que en la escritura de un soneto el trabajo concienzudo ocuparía un 99%, y la inspiración -para no confundirte, llamaré de esa forma a la ocurrencia afortunada- tan solo el 1% restante. Veamos de qué manera. Continúa leyendo Carta a un alumno de Bachillerato, o cómo escribir un soneto #1

Poesía contemporánea

Tengo un problema. En los recitales poéticos muy raras veces me entero de lo que el poeta recita. Y lo peor es que últimamente mi incapacidad trasciende esos eventos y llega hasta las lecturas hechas en la intimidad. Este invierno está siendo pródigo en experiencias con libros de autores contemporáneos y debo confesar que, salvo con dos o tres excepciones, con el resto me he quedado igual que estaba. Unas veces porque los versos están llenos de imágenes que no conducen a ninguna parte; otras porque el afán por lo cotidiano raya en lo nimio. Así que al final he elaborado una hipótesis con la que, sospecho, pocos van a estar de acuerdo: lo que sucede realmente es que todos estos poetas no son contemporáneos, o al menos no son mis contemporáneos.
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