Eichmann en el instituto

La idea consistía en que los alumnos de 1º de Compensatoria cometieran un pequeño acto terrorista en el instituto. El tema estaba claro desde el principio: ¿por qué no quiero estudiar? Luego escribiríamos un pequeño texto, doscientas palabras apenas, tratando de convencer a quien lo leyese de que, antes de los dieciséis años, había más vida al otro lado de la cárcel escolar si se tenían medianamente claros los objetivos vitales. Finalmente, imprimiríamos el panfleto en DIN A3 y lo pegaríamos en las puertas de todas las aulas. La acción tendría que ser anónima y se llevaría a cabo durante la hora de clase, en plan comando ultrasecreto. Continúa leyendo Eichmann en el instituto

Mi edipazo

No sé lo que me pasa, debo de estar chungo de verdad, porque desde que me dedico a esto de la enseñanza soy cada vez más de la opinión de que aquí el único, el verdadero enemigo es el Estado. Y se atreve a decirlo uno que está donde está gracias a los impuestos que todos ustedes pagan religiosamente año tras año. Por eso digo que quizá esté enfermo o sea un caso perdido. A veces siento unas ganas incontenibles de mandarlo todo al carajo. Aunque lo peor viene cuando soy consciente de esta contradicción, de este odio tan furibundo al Padre, de este edipazo que me cuesta un mundo sobrellevar en secreto para que no me llamen fascista de mierda. Continúa leyendo Mi edipazo

La lámpara de seguridad

El otro día tuve que emplearme a fondo en la clase de 1º de ESO de Compensatoria. Resulta que, tras la lectura en voz alta de un texto, se me ocurrió preguntar a los alumnos si podían decirme los nombres de los continentes. Uno respondió que el único que conocía era Brasil, otro dijo que solo se acordaba de Bélgica y de Rusia. Esos nombres avivaron la memoria de los demás alumnos, así que al final completamos la lista con Roma, Ecuador y el Nilo. Algo asustado (lo confieso), decidí extender un mapamundi en la pizarra, señalarles uno a uno los continentes que hasta el momento existían oficialmente y hablarles un poco de sus características geográficas, políticas e históricas. Para no aburrirlos seleccionaba los datos que podían resultarles más chocantes: ciudades y países que seguro les sonaban, equipos de fútbol, ríos, montañas… Al sobrevolar el continente americano, se me ocurrió preguntarles si sabían por qué en la mayor parte de América del Sur se hablaba español. No sé si lo hice movido por una curiosidad excesivamente morbosa o por la urgencia (también morbosa) de constatar algo que ya sabía, pero el caso es que las respuestas no me defraudaron: “porque los españoles somos los mejores”, contestaron unos; “porque los jugadores de fútbol hablan español y a todo el mundo le gusta el fútbol”, concluyeron otros. Continúa leyendo La lámpara de seguridad

Absentismo escolar

Sobre todo me fumaba las clases de Inglés. No me gustaban, y sabía que agenciándome los apuntes de algún compañero era fácil ponerme al día. Luego iba a desayunar por enésima vez a algún bar cercano al instituto. Si había examen a la vista, empollaba; si no, leía La náusea sin enterarme de casi nada aunque esperando, eso sí, que alguna chica pusiera sus preciosos ojos en aquel sartriano ejemplar de adolescente. No era el chaval más listo del mundo, lo juro (un poco presuntuoso tal vez), pero al final sacaba buenas notas. Si hiciera hoy lo que acostumbraba a hacer en mis años mozos, posiblemente me habría ganado varias amonestaciones y alguna que otra expulsión, y lo más seguro es que ahora tuviera detrás a algún asistente social metiendo sus narices en mi familia, en mi alimentación y en mi grupo de amigos. Hoy sé que sería un caso perdido. Hoy sé que sería un absentista.
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Está perfectamente claro

Los-universitarios-deben-estudiar-lo-que-les-de-trabajo--no-lo-que-les-guste--segun-Wert

Durante un mes y medio di clase a Juan Antonio en 2º de ESO, hace ya la friolera de nueve años. Había repetido una vez el curso anterior, pero no era un alumno PIL (Promociona por Imperativo Legal). Poseía un nivel de lectoescritura acorde con su edad y en el cálculo matemático destacaba incluso por encima de sus compañeros. Su carácter era difícil sin embargo, y no había día que no fuera enviado a Jefatura de Estudios con alguna amonestación. Su historial familiar era también bastante peliagudo. Nunca conoció a su padre, y su madre había muerto hacía dos años dejándolo bajo la tutela de su segundo marido, quien, a su vez, tenía tres hijos de un matrimonio anterior. Juan Antonio no se llevaba bien con su padrastro, en paro desde hacía meses, y parece ser que, para evitar su presencia, pasaba la mayoría de las tardes en la calle, vagando de un sitio a otro y metiéndose habitualmente en líos que luego los compañeros de clase relataban llenos de admiración. La familia malvivía en una ruina de casa de la parte antigua del pueblo. La carencia de higiene era evidente en el aspecto del chaval, quien, además, muchas veces se quedaba sin el almuerzo por no tener dinero para comprarse un bocadillo. Continúa leyendo Está perfectamente claro

El nudo gordiano: educación española y estado de partidos

Solemos utilizar la expresión “nudo gordiano” para referirnos a un problema cuyo análisis resulta harto difícil pero cuya solución es bien sencilla. Se podría decir que un “nudo gordiano” es tanto o más nudo cuanto mayor es nuestra obsesión por adentramos en su examen, cuanto más abordamos el estudio de sus causas, cuanto más nos embebemos en las múltiples formas que adopta, cuantas más salidas, enmiendas o incluso efugios barruntamos para acabar con él. Sin embargo, al decir que su solución suele ser fácil, pensaba en aquella anécdota legendaria que nos presenta a Alejandro Magno atizándole una buena estocada ante el asombro de los circunstantes. Y pensaba en esto porque, si se dan cuenta, la moraleja nos enseña que el nudo gordiano es insoluble cuando se piensa, y que deja de ser un problema cuando se actúa. Continúa leyendo El nudo gordiano: educación española y estado de partidos