Los huesos de Cervantes

Si la foto de arriba fuera un paradigma o una empresa, veríamos en ella a dos recuestadores históricos, siempre a la zaga de una España perdida. Perdida, claro está, para quienes tuvieran los ojos y la mente suficientemente avisados, ya que pertenece a la naturaleza del intelectualismo patrio pensar que nada de lo que acontece alrededor es en realidad España: España se halla dentro de España, en la inevitable  intrahistoria, o fuera de ella, en esa especialidad académica de las universidades extranjeras llamada ‘hispanismo’. Por pura incapacidad para mirar, el sabio español que se pregunta por España sigue buscándola todavía, demorándose sine die en su trabajo, como un funcionario que sabe que, haga lo que haga, le van a pagar lo mismo. Continúa leyendo Los huesos de Cervantes

Cómo piensa un intelectual del régimen

Lo bueno de cumplir años es que empiezas a tener las cosas claras. Todo se te revela tal y como es. Si buscas respuestas, las encuentras. Y no muy lejos. Le echas un vistazo a la prensa y allí están, a pesar del consenso mediático o de la autocensura. Y ya si te adentras en esa geografía plana y abastardada que es la sección de opinión, hasta puedes comprender cómo piensa un intelectual del régimen.
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Ellos y los otros ellos

Siempre están ellos y los otros ellos ocupándolo todo. Así que cuando a veces siento que me falta el aire, «cuando en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso», entonces, como Ismael, entiendo que ha llegado el momento de regresar a Manuel Chaves Nogales. En concreto a la edición completa de A sangre y fuego que hace dos años publicara Renacimiento. Porque él es, además de uno de mis escritores-periodistas preferidos, «mi sustituto de la pistola y la bala».
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Sin épica

Del μῦθος al λόγος, pero también del μῦθος al  ἔπος. Son las dos sendas que recorre el pensamiento occidental. Por la primera transita la Filosofía; por la segunda, la Literatura. La primera se llamará en un primer momento Física; la segunda, Épica. Quizá sea en esta última donde resida la prueba más incontestable de que la concepción judeocristiana y marxista de la Historia, siempre apuntando hacia el futuro en una línea recta que alberga la promesa de un final, es una burda mentira. Habitamos una espiral que avanza, sí, pero que también vuelve sobre sí misma en un plano diferente, como un mandala vertiginoso e infinito, sin un origen claro y, por supuesto, sin objetivo, sin redención.
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