Cárceles obligatorias

Al final parece que la propuesta socialista de ampliar hasta los dieciocho años la edad de escolarización obligatoria ha sido una falsa alarma. A lo largo de la tarde de ayer, tanto El País como la Ser modificaban la noticia y, donde decía “obligatoria”, terminaron escribiendo “gratuita”. Sospecho que ha sido más un nuevo globo sonda que un error prisaico, pues lo que se difundió es un borrador del futuro programa electoral, o sea, que aún se puede jugar a amagar y a desdecirse según sea la reacción de la masa. Pero el río suena, de hecho no cesa de sonar desde que Ángel Gabilondo, siendo ministro, se dejase caer con la idea en plena campaña mediática de aquel malogrado pacto educativo. Ergo el río lleva agua, tanta que no sería descabellado pensar que, en breve, nos anegará a todos, culminándose así el plan que se inició con la LOGSE, cuando se condenó a los estudiantes a estar encerrados hasta los dieciséis años. Los hacedores de la realidad no tienen prisa, sus proyectos duran décadas. Continúa leyendo Cárceles obligatorias

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Huevos con beicon

Platón dice que estás en una caverna donde, atado de pies y manos, únicamente puedes percibir las sombras proyectadas en la pared, espectros que tú, en tu profunda ignorancia, crees certezas incuestionables. Cervantes sin embargo te empuja hacia un peligroso precipicio: si Don Quijote descubre que es el personaje de una novela porque encuentra a unos lectores que ya ‘lo han leído’, pero, estos, a su vez, son personajes inventados por Cervantes, tú, lector (del Quijote o de otros libros), eres también pura ficción. George Berkeley, por su parte, asegura que ninguna sustancia material existe, que todo ‘es’ porque hay una mente infinita (Dios) que lo crea y que, en definitiva, esse est percipi (ser es ser percibido). O sea, que toda la realidad que percibes es puramente mental.
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La lámpara de seguridad

El otro día tuve que emplearme a fondo en la clase de 1º de ESO de Compensatoria. Resulta que, tras la lectura en voz alta de un texto, se me ocurrió preguntar a los alumnos si podían decirme los nombres de los continentes. Uno respondió que el único que conocía era Brasil, otro dijo que solo se acordaba de Bélgica y de Rusia. Esos nombres avivaron la memoria de los demás alumnos, así que al final completamos la lista con Roma, Ecuador y el Nilo. Algo asustado (lo confieso), decidí extender un mapamundi en la pizarra, señalarles uno a uno los continentes que hasta el momento existían oficialmente y hablarles un poco de sus características geográficas, políticas e históricas. Para no aburrirlos seleccionaba los datos que podían resultarles más chocantes: ciudades y países que seguro les sonaban, equipos de fútbol, ríos, montañas… Al sobrevolar el continente americano, se me ocurrió preguntarles si sabían por qué en la mayor parte de América del Sur se hablaba español. No sé si lo hice movido por una curiosidad excesivamente morbosa o por la urgencia (también morbosa) de constatar algo que ya sabía, pero el caso es que las respuestas no me defraudaron: “porque los españoles somos los mejores”, contestaron unos; “porque los jugadores de fútbol hablan español y a todo el mundo le gusta el fútbol”, concluyeron otros. Continúa leyendo La lámpara de seguridad