Cinco años después del 15-M

Cinco años después del 15-M, ni dios recuerda por qué surgió todo, y mucho menos qué quería decir en realidad la consigna aquella de “No nos representan”. Podemos, Ciudadanos y los pequeños partidos de corte caciquil-nacionalista están donde están gracias al mismo sistema electoral que sigue sin representar a nadie. Todos ellos se están beneficiando de los mismos privilegios y juegan con las mismas reglas. Dan mítines de campaña, hacen coaliciones, se financian con dinero público, sueñan con ministerios… Hablan de impuestos, de rentas básicas, ponen falda a los semáforos peatonales y cambian cabalgatas, pero ya nadie cuestiona la inseparación de poderes ni las listas electorales.
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Un debate más falso que un billete de seis euros

La escenificación ha sido tan burda en el debate entre Iglesias y Rivera que, si se hubiera tratado de una obra de teatro, parecería una de aquellas que, cuando llega el fin de curso, se suelen representar en las guarderías para que los padres graben a las criaturas con el móvil y babeen un rato mientras se hacen ilusiones con las dotes artísticas de sus churumbeles. Y no porque un debate en diferido no sea un debate stricto sensu (que no lo es), sino porque todo ese rollo del bar y de la charla distendida de dos parroquianos frente a frente es más falso que un billete de seis euros, o, para seguir con la analogía teatral, que un par de niños vestidos de florecillas  silvestres. Continúa leyendo Un debate más falso que un billete de seis euros

La historia secreta

Solo comparable a la emoción suscitada por la lectura de El porvenir de España, de Ángel Ganivet y el maestro Unamuno, La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor, A sangre y fuego, de Chaves Nogales, Frente a la gran mentira, de Antonio García-Trevijano o España frente a Europa, de Gustavo Bueno, ha sido el entusiasmo con que he leído La leyenda negra de España, de Julián Juderías. Todos ellos son libros que, en su momento, me han ofrecido una versión absolutamente nueva de la historia de mi país. Y digo ‘nueva’, no por innovadora u original, sino por insospechada, adjetivo este que en el fondo se opone a la idea de novedad. La experiencia ha sido lo más parecido a una revelación de algo antiguo, algo que siempre estuvo ahí, al alcance la mano, pero que, en el tráfago de las consignas oficiales del consenso intelectual, habitualmente nos ha pasado desapercibido. Continúa leyendo La historia secreta

España

Desde siempre España ha sido el nombre del país en el que nací. No recuerdo si mis padres me lo dijeron alguna vez, siendo yo niño, ni siquiera tengo presente ahora el momento en que lo descubrí, si es que hubo una fecha, un instante de revelación. Supongo que llegué a España de manera natural, como lo hacen todos, en alguna página de mis primeros libros de texto, en alguna canción donde se la nombraba, en alguna línea leída por primera vez sílaba a sílaba, sin entender al principio qué es lo que estaba leyendo. Luego imagino que fui consciente de que España iba indisolublemente unida al idioma que hablaba, y más tarde a aquel mundial de 1982, a noticias emitidas por la televisión o por la radio, a la silueta de una península en un mapamundi y al paisaje que veía al otro lado del Dos Caballos de mis primeros viajes.
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Matar al padre

Sabino Cuadra, haciendo honor a su nombre y a su apellido, sube a la tribuna, se abre la camisa para mostrar el traje de superhéroe y hace trizas la constitución delante de sus señorías. Es de Amaiur, reconversión abertzale que tiene representación en el Congreso y que, como todos los demás partidos, recibe subvenciones de Papá Estado. Así que se podría decir que Sabino Cuadra, manque le pese, pertenece a la gran familia de los que chupan del bote. Es un hijo más; díscolo, sí, pero hijo al fin y al cabo, y sabe perfectamente que, aunque con su performance causará revuelo, Papá no lo repudiará nunca, ni siquiera lo desheredará.
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Por qué Artur Mas no quiere la independencia

Cada vez que Artur Mas pronuncia la palabraindependència”, una grieta aparece en los gruesos muros del Palacio de la Verdad de Braavos, cada vez que asegura que quiere a Cataluña fuera de España, miente como el bellaco que es. ¿Por qué? Porque la razón de ser del discurso separatista catalán reside en que este se halla intrínsecamente conectado a la existencia del enemigo opresor castellano. La lógica independentista es dependiente de “Madrit”; sin “Madrit”, Mas dejaría de ser Mas y Convergencia Convergencia. Si algo nos demuestra la historia del supuesto nacionalismo catalán es que, anclado como siempre ha estado en un medio burgués de industria y sacristía, espiritualmente nunca ha pasado de regionalismo parasitario, por más que en ocasiones la oveja se haya vestido con la piel de lobo separatista, e incluso se haya puesto a pegar tiros. Por eso Don Arturo, como buen parásito regionalista, no quiere la independencia, sino seguir siendo rescatado a cuenta del contribuyente hispanistaní, beber de los torrenciales ríos de leche y miel que procura la tensión territorial, y, ya de paso, esconder sus problemas con la justicia. Continúa leyendo Por qué Artur Mas no quiere la independencia

Burocracia

Cuando cambia una ley educativa, cambia también el lenguaje que se utiliza para describir la realidad. Entiéndaseme, la realidad continúa siendo exactamente la misma, pero la germanía de las nuevas leyes intenta que no lo sea, convencido el legislador, como el chamán de otras épocas, de que las palabras pueden influir en las cosas. O séase, que si por ejemplo me invento términos como “competencias clave” o “estándares de aprendizaje” (que es la moda lomciana ahora mismo), de repente tiene que surgir ex nihilo algo que sea una “competencia clave” o un “estándar de aprendizaje”, perlas que siempre estuvieron ahí, por supuesto, pero que solo la mente clarividente (y nunca lo suficientemente reconocida por el vulgo) del pedagogo áulico que asesora al politicastro de turno ha podido descubrir para la posteridad. Aunque, como todo el mundo sabe, tales “competencias” y “estándares” sean igualitos que aquellas otras ocurrencias que la LOE y la LOGSE llamaron respectivamente “competencias básicas” o “criterios de evaluación”.
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