Un periolisto

Si hay alguien que me desespere más que un periodista cortesano tipo Marhuenda, es un periolisto. Aunque ambos formen parte de la fiel infantería del régimen, aunque los dos se cuadren ante sus patronos políticos y empresariales, las formas, el alcance mediático de su trabajo y, sobre todo, la capacidad de persuasión que poseen, establecen sutiles diferencias entre ellos. Para empezar, mientras que el primero, el cortesano, asume su personaje con la pachorra de quien no teme a nada porque el mundo está bien hecho (gracias a los servicios prestados tiene a buen recaudo tanto la soldada presente como el futuro retiro), el otro se nos muestra con la vitola de la autonomía profesional y suele ir de periodista bocazas que no se arredra ante nadie. Para terminar, si bien a ambos se les suele ver venir desde Tombuctú, el periolisto se esmerará en ser mucho más didáctico en sus argumentos, pues le pagan para persuadir a la opinión pública de que su integridad personal y su independencia profesional le han empujado inevitablemente a abrazar cierta ideología, o sea, que es rebelde porque el mundo lo ha hecho así. Continúa leyendo Un periolisto

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La izquierda y yo

La izquierda tiene la voz, pero yo, cuando la escucho, me sumo en un profundo hastío. Porque sus integrantes jamás podrían vivir de lo que propone, es hoy pura mojigatería. Porque su reino ya no pertenece a este mundo, es hoy la nueva religión del estado de partidos. Su discurso (hipertrofiada voluntad de estilo) es la última versión de un catolicismo nacional que sirve para guardar las apariencias y que nadie cumple. Es la hipocresía del señorito de misa diaria que por las noches se va de putas. Continúa leyendo La izquierda y yo