Carta a un alumno de Bachillerato, o cómo escribir un soneto (y #2)

EL SEGUNDO CUARTETO

Acabamos de escribir un cuarteto que es, en sí mismo, una idea completa: te quedas como un pasmarote, no te salen las palabras cada vez que tu chica anda cerca. ¿Qué seguir diciendo ahora? Lo que siempre ha sido el cuento para la narrativa, el soneto lo había sido para la poesía, porque a sus límites formales ya reconocidos hay que sumarle una característica que comparte con el relato breve: la tensión. Si quieres que un cuento funcione, todo lo que narres en él ha de servir al propósito del argumento, sin digresiones que detengan su ritmo. Esto se logra normalmente haciendo que todo gire en torno a una sola idea fuerza. En el soneto la tensión nunca es narrativa, por supuesto, pero sí existe en él una estrategia similar. Un buen soneto es aquel en el que ninguno de sus elementos es superfluo y donde todo tiene la apariencia de cierta naturalidad lógica. Como un silogismo. Continúa leyendo Carta a un alumno de Bachillerato, o cómo escribir un soneto (y #2)

Carta a un alumno de Bachillerato, o cómo escribir un soneto #1

El soneto, como la novela o el cuento, es más trabajo concienzudo que inspiración, entendiendo como trabajo concienzudo el proceso racional de escritura y corrección, y como inspiración el chispazo, la idea, la fuerza que nos empuja a escribir. De hecho, te confieso que no creo mucho en la inspiración, o por lo menos en la inspiración como ese arrebato casi místico que los griegos creían que era la voz de la musa. Creo en los eurekas, en las ocurrencias con cierto recorrido, en estar concentrado en algo que te quita el sueño y que te emociona. Pero en la inspiración, tal y como hoy la conocemos, no, para nada. Es una más de esas patrañas que el Romanticismo legó a la posteridad. La única inspiración que existe, el único momento en que el poeta o el artista son capaces de crear poseídos por la inspiración, es cuando van colocados hasta las cejas. No exagero. Son los románticos y sus epígonos quienes ponen por primera vez en contacto la poesía con las drogas. Que le pregunten, si no, a William Blake, a Coleridge o, posteriormente, a Poe, Baudelaire, Rimbaud y a tantos otros. Me temo que el alcohol, el opio, el hachís o la heroína han sido las únicas musas que los escritores han conocido. Así que, volviendo al tema que nos ocupa, en cifras porcentuales diría que en la escritura de un soneto el trabajo concienzudo ocuparía un 99%, y la inspiración -para no confundirte, llamaré de esa forma a la ocurrencia afortunada- tan solo el 1% restante. Veamos de qué manera. Continúa leyendo Carta a un alumno de Bachillerato, o cómo escribir un soneto #1

Carta a un alumno de Bachillerato o quiénes son los agentes del caos

Infinitas son las clasificaciones que realiza el ser humano para conocerse a sí mismo y al mundo que le rodea, pero todas -o la mayoría- poseen un rasgo común: son binarias. Supongo que habrás oído alguna vez la típica frase que empieza con aquello de “hay dos tipos de personas”, y que en más de una ocasión has estado tentado de verte reflejado en alguna de esas dos categorías, ya sea como el que prefiere los perros a los gatos, por ejemplo, o como aquel al que le gusta más la carne que el pescado, o el que soporta mejor el calor que el frío. Hay categorizaciones para todos los gustos, y, si así, de primeras, te pueden parecer una idiotez como la copa de un pino, ten mucho cuidado, porque al final todos -incluido tú, listillo- nos dejamos guiar por ellas, es más, solemos estructurar nuestra manera de vivir según en qué lado de la encrucijada estemos. Recuerda: si no eres del Madrid, eres del Barça; si no eres de derechas, eres de izquierdas; si no te gustan las mujeres, entonces te gustan los hombres… Continúa leyendo Carta a un alumno de Bachillerato o quiénes son los agentes del caos

A vueltas con Cervantes

Regreso a Las vidas de Miguel de Cervantes, uno de los libros más amenos de Trapiello. Por un instante me imagino que acompaño a esos investigadores que hocican ahora en las Trinitarias, que voy aquilatando la temprana osamenta de un rapaz que apenas ha estudiado dos o tres latines con los jesuitas de Sevilla y que acaba de malherir en duelo a un alarife. A pesar de la corrupción a la que el tiempo ha sometido los restos, aún puedo percibir en ellos el temblor de los arcabuzazos de 1571 o los cinco años de cautiverio en los baños de Hasan el Veneciano. Continúa leyendo A vueltas con Cervantes

Poesía contemporánea

Tengo un problema. En los recitales poéticos muy raras veces me entero de lo que el poeta recita. Y lo peor es que últimamente mi incapacidad trasciende esos eventos y llega hasta las lecturas hechas en la intimidad. Este invierno está siendo pródigo en experiencias con libros de autores contemporáneos y debo confesar que, salvo con dos o tres excepciones, con el resto me he quedado igual que estaba. Unas veces porque los versos están llenos de imágenes que no conducen a ninguna parte; otras porque el afán por lo cotidiano raya en lo nimio. Así que al final he elaborado una hipótesis con la que, sospecho, pocos van a estar de acuerdo: lo que sucede realmente es que todos estos poetas no son contemporáneos, o al menos no son mis contemporáneos.
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Ellos y los otros ellos

Siempre están ellos y los otros ellos ocupándolo todo. Así que cuando a veces siento que me falta el aire, «cuando en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso», entonces, como Ismael, entiendo que ha llegado el momento de regresar a Manuel Chaves Nogales. En concreto a la edición completa de A sangre y fuego que hace dos años publicara Renacimiento. Porque él es, además de uno de mis escritores-periodistas preferidos, «mi sustituto de la pistola y la bala».
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Visión de Anáhuac (2015)

La emoción del hombre ante el paisaje no ha variado mucho con el paso de los siglos. Imagino a aquel sapiens que, castigado por el clima de las glaciaciones, de pronto llega a un lugar donde el agua fluye en bulliciosos riachuelos y los árboles crecen a su alrededor con un extraño color, el verde, que ya casi ha olvidado. El sol dardea la hierba, la hace brotar, como si la quietud del instante originara un crecimiento velocísimo. En vez del ulular sobre las heladas ramas seculares, una algarabía de aves ensordece sus oídos. Entonces imagino que nuestro sapiens se desnuda y cierra los ojos para guardar en su interior todo lo que la mirada ha ido recopilando. A pesar de que las palabras Edén o Paraíso aún quedan muy lejos, cuando abandone aquel oasis y regrese al consabido páramo glacial, comenzará a atesorar en el alma su semilla. Cabe imaginar que muchos años después emprenda su búsqueda, y también que esta sea en vano. Cabe imaginar, por tanto, que haya nacido el primer artista.
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