La historia secreta

Solo comparable a la emoción suscitada por la lectura de El porvenir de España, de Ángel Ganivet y el maestro Unamuno, La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor, A sangre y fuego, de Chaves Nogales, Frente a la gran mentira, de Antonio García-Trevijano o España frente a Europa, de Gustavo Bueno, ha sido el entusiasmo con que he leído La leyenda negra de España, de Julián Juderías. Todos ellos son libros que, en su momento, me han ofrecido una versión absolutamente nueva de la historia de mi país. Y digo ‘nueva’, no por innovadora u original, sino por insospechada, adjetivo este que en el fondo se opone a la idea de novedad. La experiencia ha sido lo más parecido a una revelación de algo antiguo, algo que siempre estuvo ahí, al alcance la mano, pero que, en el tráfago de las consignas oficiales del consenso intelectual, habitualmente nos ha pasado desapercibido.

Juderías, diplomático políglota de principios del siglo pasado (el libro es de 1914), elabora un exhaustivo estudio acerca de cómo los demás países han interpretado desde siempre la historia de España. Impulsor del término leyenda negra, no solo se conforma con describir la sorprendente unanimidad de la que siempre han hecho gala los historiadores extranjeros, sino de ofrecer la controvertida hipótesis de que los españoles han terminado asumiendo con resignación su propaganda negativa. De hecho, españoles son Bartolomé de las Casas, Reinaldo González Montes y Antonio Pérez, quienes con sus obras (respectivamente, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, el Íntegro, amplio y puntual descubrimiento de las bárbaras, sangrientas e inhumanas prácticas de la Inquisición española contra los protestantes, y las Relaciones) difunden a los cuatro vientos de la Europa protestante, ya en el siglo XVI, el paradigma de un imperio bárbaro, oscurantista y atrasado al que hay que combatir. A partir de ahí, Juderías explica los orígenes de nuestro proverbial sentimiento de inferioridad y permite al lector abrir la escondida senda que llega hasta ayer mismo y que explicaría la muy hispánica propensión a la autoflagelación y la penitencia.

La leyenda negra de España y la actualidad se han conjurado estos últimos días en esa misteriosa sincronicidad de los momentos privilegiados. Mientras oigo a los alcaldes de Cádiz y de Barcelona proferir invectivas antimperialistas, recuerdo las clases de Historia que recibí en el instituto y descubro que nada ha cambiado desde entonces. La historiografía moderna, la oficial, la de los libros de texto y la de la mayoría de profesores de Secundaria, sigue bebiendo de fuentes francesas y anglosajonas e ignora las de aquellos otros autores que han tratado de ofrecer la visión de una España oculta bajo el tópico. Una España que empezó con el deseo de conservación frente el islam, que creció luego persiguiendo una idea, que trató de que esa idea fuera universal (o sea, católica), que, por errores propios y por la fuerza de las demás naciones, fracasó en sus objetivos, y que apacienta ahora, anestesiada y autista, en los pastos de la impostura oficial.

Julián Juderías es un cronista más de esa historia secreta que no se imparte en los institutos y que, por tanto, jamás conocerán nuestros estudiantes, pero que, en cuanto se le permite asomarse tímidamente al presente, nos deslumbra y nos devuelve una parte de la verdad hurtada. Créanme, solo con vislumbrarla empezamos a comprender muchas cosas, por ejemplo, que, en cuanto tengamos el valor suficiente para destruir por fin los prejuicios importados, podremos empezar a reclamar su herencia.

Una herencia inmensa, riquísima, brillantísima, poderosísima que no podría manifestarse de otra manera y que, paradójicamente, necesita permanecer apostada en la sombra, ya que si, por el contrario, el consenso la sorprendiera manifestándose a la luz del día, la destruiría definitivamente.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “La historia secreta”

  1. Muy buena esta reflexión David, no me queda más remedio que adentrarme en su lectura y comprensión. Una vez más, gracias por estos regalos a que nos tienes acostumbrados.

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