España

Desde siempre España ha sido el nombre del país en el que nací. No recuerdo si mis padres me lo dijeron alguna vez, siendo yo niño, ni siquiera tengo presente ahora el momento en que lo descubrí, si es que hubo una fecha, un instante de revelación. Supongo que llegué a España de manera natural, como lo hacen todos, en alguna página de mis primeros libros de texto, en alguna canción donde se la nombraba, en alguna línea leída por primera vez sílaba a sílaba, sin entender al principio qué es lo que estaba leyendo. Luego imagino que fui consciente de que España iba indisolublemente unida al idioma que hablaba, y más tarde a aquel mundial de 1982, a noticias emitidas por la televisión o por la radio, a la silueta de una península en un mapamundi y al paisaje que veía al otro lado del Dos Caballos de mis primeros viajes.

Con el tiempo, España se fue llenando de otras muchas ideas que fueron enriqueciéndola y complicándola. Por ejemplo, recuerdo que con los doce goles a Malta tuve el alma en vilo, y también recuerdo que, cuando vivía en Marruecos, pude experimentar cierta sensación de “comunidad” con la colonia de españoles con la que me relacionaba. Fue precisamente allí donde observé que se podía echar de menos todas esas cosas que nos vienen dadas en el lugar donde lanzamos el primer vagido y que están ausentes cuando pasamos largas temporadas en el extranjero. De vez en cuando oía a mis padres hablar con nostalgia de la que consideraban su tierra y, a pesar de que, por mi edad, no sentía lo mismo, ahora creo que por aquel entonces ya podía llegar a comprenderlos.

Permanecen presentes en mi memoria también las clases que me aficionaron a su historia. Sigue ahí, sobre todo, la sensación de esperanza frustrada que casi siempre me asaltó cuando se hablaba de la reconquista, del descubrimiento de América, de aquel portentoso imperio que se construyó en apenas un siglo, de la larguísima guerra contra los ejércitos napoleónicos o de la malograda Segunda República. El nombre de España comenzaba a tener entonces el regusto de una oportunidad eternamente perdida; regusto que, desde aquellos tiempos, ha ido volviendo en multitud de ocasiones y agudizando, a la postre, un fatalismo y una sensación de desengaño que, como enseguida percibí, ha sido el sello dorado de la literatura española, a la que le debo mi forma de escribir e incluso de plantearme la vida.

Cuando oigo a alguien decir que se siente de tal o cual país, o más aún, que no se siente de ninguno sino ciudadano del mundo, siempre acabo preguntándome qué significa todo eso. Nunca he experimentado sentimientos tales, y en el fondo creo que aquellos que aseguran experimentarlos o bien son unos falsarios que persiguen fines muy distintos de lo que dicen sentir, o bien andan por el mundo medio pirados, borrachos de ideología o pisando una realidad que jamás ha existido. Un país no se siente; un país se experimenta, se vive, sin que medien doctrinas, juicios o discursos previos, y mucho menos emociones. Un país forma parte de nosotros porque, lo queramos o no, es el territorio donde nacemos, nos educamos, nos enamoramos, el paisaje donde normalmente desarrollamos la mayor parte de nuestra vida. Pero sobre todo un país es, como la familia, un producto del azar que nos viene de fábrica cuando abrimos por primera vez los ojos, algo que nunca, jamás de los jamases, podemos elegir.

Así que, a pesar del ruido mediático actual, a pesar también de todos los políticos que se esmeran en mantener la idea joseantoniana y falaz de que nuestro país es un proyecto, un no sé qué que se va construyendo día a día y que depende de lo que “sientan” sus habitantes, no tengo miedo de que sus quinientos años se vayan a pique alguna vez. No tengo miedo porque sé que la mayoría sabemos qué somos, dónde diablos vivimos. Y lo sabemos mucho mejor que nadie.

Feliz puente de la Hispanidad.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

4 comentarios sobre “España”

  1. Muy bien escrito, con inteligencia y con alma. ¡¡Feliz fin de semana David!!.

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