Emoción pública

Desde que vi por primera vez la foto de Aylan Kurdi, el niño muerto en la playa, llevo días sin pensar. Ha sido como si todas las ganas de armar un discurso que mostrara a la gente lo que pienso se me hubieran ido por el desagüe. Bueno, sí, en realidad he estado pensando, pero solo cosas absolutamente irracionales, si se me permite el oxímoron, ocurrencias movidas por la tristeza y la rabia. Por ejemplo: he pensado que aquella criatura podría ser mi hija y que nadie merece sufrir tanto como deben de estar sufriendo sus familiares. O sea, más que pensar, he sentido.

Pero todo ha empezado a cambiar en cuanto le he echado un vistazo al planeta y me he dado cuenta de que la peña también anda sumida en un estado de shock semejante. Las columnas, las tertulias, las redes sociales, las conversaciones tête à tête coinciden aún en la misma petición de humanidad, en el mismo sentimiento de culpa. También en que no hay alambradas que detengan el miedo a morir de la gente, y en que debemos acoger a todos los refugiados, sin preguntar de dónde vienen o quiénes son, pues los que padecen persecución o se ven obligados a dejar su país son impepinablemente inocentes.

Es esta unanimidad lo que más me mosquea, y no porque dude de la sinceridad de quienes se ven en la obligación de ayudar, o porque critique la actitud de los que no lo hacen, o porque la mayor parte de las reacciones parezcan basadas en impulsos y no en criterios razonados, sino porque haya sido una imagen, una tan solo, la que ha influido en las conciencias europeas, a pesar de que la migración lleva años sembrando el Mediterráneo con cadáveres de niños como Aylan. Que esto haya sido así, que se cumpla una vez más el tópico de que ni mil palabras pueden equipararse al valor de una imagen, únicamente significa que la opinión pública, fundamentada en conceptos, en argumentaciones, en ciertas ideas fuerza, en una reflexión previa incluso, ya ha dejado de existir. Y que en su lugar se ha instalado algo muy distinto, algo que apela a lo más básico que poseemos, a lo que no requiere explicación o contexto. Algo como la emoción. Resumiendo, que la opinión pública ha sido sustituida por la emoción pública.

Lo cual, dicho sea de paso, no es ninguna novedad, porque ya Goebbels hizo sus pinitos en el tema, y el Big Brother soviético, y también la industria del sexo lo está haciendo hoy, y la publicidad comercial, y, por supuesto, la institucional, cuyo ejemplo más cachondo de lo que es el control de las emociones aplicadas a los intereses políticos y económicos sigue siendo aquel We are the world, we are the children, con el que muchas dictaduras africanas se forraron a cargo de las conciencias aliviadas del primer mundo. No, como digo, nada de esto es nuevo, pero sí es verdad que nunca el recurso a las emociones ha sido tan incesante y ubicuo como ahora, y el panorama que se adivina en lontananza tan perturbador. Nos comunicamos con emoticonos, depositamos la nueva fe pedagógica en la educación emocional, un acto público nos gusta cuando es emotivo, buscamos emociones fuertes en el sexo o los deportes de riesgo y, como ya se ha dicho, las noticias mueven las conciencias cuando las imágenes van al centro de nuestra emotividad. Las emociones están por todas partes y, lo que es peor, se han convertido en un valor social positivo.

Por eso al que se guía por la razón, es decir, el triste iluso al que, por ejemplo, se le ocurre preguntar en voz alta qué y quiénes hay detrás de estas migraciones masivas, qué hacer con todos esos refugiados una vez que hayan sido acogidos, o por qué no se ataja esta crisis humanitaria acabando de una vez con el Estado Islámico, se le suele tachar de frío y “racional”.

¡Racional! Si Platón levantara la cabeza y viese en qué se han convertido su triste doxa y su pobre episteme.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “Emoción pública”

  1. Que nuestra existencia no vale nada.
    carmenpcabrera.blogspot.com.es/2015/09 que-nuestra-existencia-no-vale-nada

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