El dedo y la luna

A propósito de la crisis de refugiados, escribe Ada Colau en su página de Facebook:

«Miedo contra miedo. Y el suyo es más fuerte. Así que Europa, europeos: abramos los ojos. No va a haber suficientes muros ni alambres que paren esto. Ni gases lacrimógenos ni pelotas de goma. O abordamos un drama humano desde la capacidad de amar que nos hace humanos, o acabaremos todos deshumanizados. Y habrá más muertos, muchos más. Ésta no es una batalla para protegernos de “los otros”. Ahora mismo esto es una guerra contra la vida.»

Guerra contra la vida, ojalá que todo fuera como este último pleonasmo. Ojalá que Europa se permitiera el lujo de acoger a 300.000 refugiados cada año y los pudiese integrar sin que se resintiera la estabilidad de sus sociedades. Ojalá que la migración masiva y gestionada con forzosa improvisación no creara pobreza ni radicalizase los discursos nacionalistas o xenófobos. Ojalá las cosas fuesen más sencillas y el reto al que a duras penas se enfrenta la UE este verano se superara, como desea la alcaldesa de Barcelona, con más humanidad, con menos egoísmo, con más empatía. Ojalá.

Pero no estamos en el mundo arcoíris de esta caridad cristiana (que es, al fin y al cabo, la seda con la que se visten estos discursos), sino en algo mucho más complicado y movido por una lógica más difusa. Quienes explican lo que ocurre apelando al argumento emocional tal vez estén cayendo precisamente en la trampa de aquellos que sacan tajada. Porque, créanme, en estos casos siempre hay alguien que saca tajada, y más teniendo en cuenta que la crisis de refugiados apunta, y no casualmente, a la línea de flotación de la UE: el espacio Schengen. De hecho, todo esto es imposible de comprender si no lo unimos a esas otras dos crisis, la de Ucrania y la de Grecia, que han hecho que se resquebrajen los cimientos de esta Europa asediada de pronto por los problemas y en aparente caída libre. Resulta curioso, además, que cada una de las tres concierna a un ámbito que, por sí solo, supone una prueba de fuego donde la Unión estaba obligada a demostrar que es una entidad cohesionada: política exterior, economía y política interior.

Apelar a los sentimientos, poner por encima de todo lo que está sucediendo esa suerte de resignación que subyace en aseveraciones del tipo “no va a haber suficientes muros ni alambres que paren esto”, es quedarse pasmado mirando el dedo que apunta a la luna. Y olvidar (de buena fe), u obviar (de mala fe), que quienes empujan a estos refugiados no son los destellos de la opulencia del primer mundo, sino los monstruos de Frankenstein del Estado Islámico en Siria o los lobos de Al Shabab en Somalia y Eritrea, ambos bajo la égida de la yihad.

Pero sobre todo que Serbia y Hungría (y la Grecia de Syriza), países que no han ocultado estar en magníficas relaciones con Rusia, no han dudado en abrir todo un señor corredor para los refugiados que conecta directamente el Mediterráneo con Berlín, capital de facto de la UE y objetivo fundamental en la estrategia de desestabilización que, según algunos analistas, está poniendo en marcha desde hace tiempo su alteza imperial, Vladimir Putin.

Esto también hay que tenerlo en cuenta, señora Colau.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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