El final de Peter Pan

De mil maneras, con mil y una imágenes se ha descrito la infancia, ese período de tiempo que cobra sentido cuando se ha dejado atrás. Es el árbol de manzanas de oro de los mitos, el huerto de las religiones, la mirada glauca o el prado interminable de los poetas. La infancia es el punto de inflexión de nuestras vidas, también el alma de cualquier memoria. El escritor va en su busca, el artista trata de plasmar su pureza, el moribundo la revive en sus últimos días.

La infancia prospera dentro de nosotros con los años, se nutre precisamente de aquello que más nos aleja de ella. A medida que crecemos, mientras vamos abriendo pequeños abismos que adquieren la forma de un problema insoluble, de una decepción, de la ineluctable caída en la nada de todos los días, se vuelve más diáfana, más rotunda, omnipresente en cada esquina de la mirada. Cuando el mundo parezca irse a pique, cuando por fin alcancemos esa clarividencia que procura el hábito de la derrota, cuando, al caminar, seamos reconocidos como el hombre o la mujer que los otros siempre esperaron que fuésemos, ella, la infancia, nos escrutará desde su alcor inaccesible y nos dirá: todo lo que sois creció en vosotros cuando decidisteis abandonarme.

Peter Pan no se equivocaba. La madurez es el producto de una decisión. Que no parezca un acto de voluntad, que creamos que se trata de un axioma de la naturaleza no deja de ser una convención social, un atavismo filosófico. Todos crecemos porque queremos crecer; todos maduramos porque deseamos parecernos a aquellos mayores que nos instruían en las leyes de los mayores. Y cuando nos damos cuenta de ello y pretendemos remediarlo, siempre acabamos metiendo la pata hasta el fondo y, en la mayoría de las ocasiones, inventándonos patologías como la depresión y el trauma psicológico, o simplemente cayendo en esa zafiedad tan a la moda que consiste en confundir infancia con infantilismo.

Un nuevo agosto toca a su fin, y con él a buen seguro que un montón de recuerdos de aquellas vacaciones en las que fuimos reyes del verano. Es hora de volver a ser adultos. Suenan trompetas que se asemejan a las de Jericó. Hay héroes que evitan masacres, migraciones masivas, bolsas que caen en picado y elecciones a la vista. Pero sobre todo hay ruido. Muchísimo ruido. Septiembre reclama su tributo y no debemos demorarnos más.

Así pues, bienvenidos de nuevo a Autopsia.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

4 comentarios sobre “El final de Peter Pan”

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