Directores

Por supuesto hay de todo en la viña del señor. Los hay de múltiples colores y sabores. Los hay peleones y honrados, con ese marcado criterio profesional, tan incómodo a la consejería, que les obliga a combatir contra el hado adverso cada vez que suena el teléfono del despacho. Pero mucho me temo que esos directores no abundan en la actualidad, es más, para mí que están en vías de extinción. O tal vez sí, tal vez sean mayoría y lo que ocurre es que yo, en estos trece años que llevo en el oficio, he tenido la mala suerte de toparme con muy pocos que hayan hecho honor a su puesto.

Porque la especie más común que estos ojos han visto es la del homo directivus paniaguadus, una suerte de súper Bartleby sin criterio propio que no solo acata, y aun festeja, cualquier ocurrencia venida de arriba, sino que, imposibilitado como está para pensar por sí mismo, consulta cualquier decisión con inspección educativa o con las medias esferas de la consejería de turno, no vaya a ser que meta la pata y corra el peligro de no renovar en el cargo. Y cuando digo cualquier decisión me refiero exactamente a eso: desde una expulsión peliaguda, una autorización paterna o una norma del reglamento de régimen interno, hasta la sexta línea del decimoctavo párrafo del artículo segundo de la parte contratante de la tercera parte que mide, pongamos por caso, la ropa interior de los menores de edad en horas lectivas. Quizá sean los especímenes más representativos de unas leyes elaboradas precisamente para restringir el acceso a aquellos que no están dispuestos a hacer del centro que dirigen un santuario de vasallaje feudal, y, ni mucho menos, a tragarse toda la mierda burocrática que les llega a paletadas todos los santísimos días.

La rama del homo directivus paniaguadus con más éxito genético es la del paniaguadus chaqueterensis, que le da un definitivo toque político al ya de por sí politizado ADN del cargo y que puede hacer eterno a cualquiera si así se le antoja a la superioridad consejeril. Porque, por si alguien no lo sabe todavía, que el puesto de director dependa de la administración (previo paripé, eso sí, de la presentación de un proyecto de dirección que una comisión se supone que lee, califica y aprueba) significa que es designado por el dedo infalible del partido político mayoritario de la taifa. Ocurre por tanto que muchos directores utilizan su paso por lo que los cursis llaman ahora “liderazgo educativo” como trampolín hacia el estrellato de una alcaldía o un escaño autonómico, y, en algunos casos, como una vía para desertar definitivamente de la tiza y unirse al Equipo A de asesores educativos de la consejería. Esta rama es, no solo la más paniaguada, sino la más tóxica de todas ya que, para conseguir lo que se propone, acostumbra a crear sus pequeñas y mediocres listas clientelares, nutridas de amigotes que esquivan desplazamientos forzosos, horarios chungos, guardias de todo tipo y grupos de alumnos conflictivos.

Con semejante panorama es normal que los centros educativos españoles sean hoy el reflejo a pequeña escala de ese inmenso cortijo que es esta España mía de mis entretelas. Y es que gracias a la LOE (que convirtió al director en la voz de su amo) y a la reciente LOMCE (que lo ata todavía más en corto), la crisis económica ha podido pasar por la enseñanza pública con la fuerza hipohuracanada que todos conocemos y sin que se haya resentido ninguna satrapía autonómica. ¿Por qué? Obvio: porque los únicos que tienen la suficiente fuerza como para enfrentarse a los desmanes económicos, administrativos y pedagógicos, los únicos que en realidad pueden paralizar una escuela y hacer que sus profesores den auténtico miedo al poder político son, en su mayoría, los lacayos de este.

Pienso en todo ello después de enterarme de que se están recogiendo firmas para que el director del IES Ciudad de Jaén, suspendido de empleo y sueldo, sea restituido en su puesto. Recuerde el alma dormida que hace once días una estudiante de ese instituto se suicidó tras haber sido acosada y vejada por otro alumno del centro. Me cuenta un amigo que trabaja allí que la inspección, para quitarse el marrón de encima, ha utilizado a su “líder educativo” como cabeza de turco.

No sé si el director del Ciudad de Jaén es un profesional honesto o no, pero lo que sí sé es una cosa: esto debería ser un aviso a navegantes, sobre todo a los especímenes de homo directivus paniaguadus. Porque por muy serviciales y obedientes que se muestren, la consejería de corazones no dudará en cortarles la cabeza ante cualquier dificultad que le comprometa. Como si fueran los buenos profesionales que nunca han tenido los cojones de ser.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

5 comentarios sobre “Directores”

  1. También hay mucho trastornado. El síndrome de Hubris hace estragos entre ellos. Todavía por los ochenta quedaban directores por oposición. Gente que había superado la oposición a ese cargo demostrando empaque intelectual y conocimiento de la ley. Luego apareció la euforia democrática con los consejos Escolares. Eran elegidos por los Claustros y Consejos pero no tenían remuneración extra. Gente “popular” entre los compañeros y con habilidades sociales para con los padres. Con la jibarización de la representación del claustro ya sólo necesitan ganarse a los padres (mucha fiesta, mucha excursión, mucha animación socio-cultural, etc) y a una pequeña pirámide de profesores (a los que se privilegia sutilmente) para mantenerse en el cargo. Cargo que ahora les permite desertar de la tiza y les proporciona un suculento complemento que, además, se les consolida con el tiempo.

  2. Impecable, David. Es la pura realidad, el perfecto retrato de la corrupción educativa (porque, en la España de la corrupción, también ha habido una corrupción educativa), del entramado que ha permitido que la educación española se haya ido desmoronando en los últimos 25 años, secuestrada por los intereses políticos, ideológicos y económicos de unas cuantas camarillas de desaprensivos.

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