¿Qué coño podemos hacer?

Soy consciente de que este texto, resumen de otro mucho más farragoso que publiqué en el blog hace dos años, es completamente inoportuno, no por lo que dice, sino por el momento en el que está siendo publicado. En estos días de ruido mediático, cuando la mayoría cree que, para bien o para mal, España se halla ante el abismo del principio del fin del régimen, muy pocos, si pasan de los tres o cuatro primeros párrafos, verán en él algo de interés. Supongo que lo considerarán absolutamente desconectado de la realidad o, en el mejor de los casos, el plúmbeo bizantinismo de alguien que no llega siquiera a la categoría de intelectual de salón. El mundo, concluirán, va ahora por otros derroteros.

Pero yo estoy convencido de que se equivocan, de que es solo cuestión de tiempo que las filas de los desengañados crezcan en número y en fuerza (si es que el escepticismo ha tenido fuerza social en algún momento de la historia) y de que alguien vuelva a plantearse entonces la pregunta del millón: ante un panorama en el que los rostros son diferentes pero nada ha cambiado, ante un régimen político que ha puesto el cebo de la regeneración para durar otros cuarenta años más, ¿qué coño podemos hacer?

Esta es mi respuesta.

Los movimientos ciudadanos que surgieron tras el 15-M han vuelto a caer en la trampa saducea de verse obligados a concluir que, para cambiar las cosas, han de seguir los caminos trazados por el régimen. Como estos caminos casi siempre abocan a una visión global del problema, al final la mayoría ha terminado obsesionándose con la fatal idea de que son demasiado pequeños e insignificantes para hacer zozobrar el statu quo. Al centrarse en cambios legislativos que escapan a su naturaleza, han tenido que dar prioridad al imposible de constituirse en mayoría. Y en una país de cuarenta millones de personas jamás se podrá ser mayoría.

Por eso toda iniciativa de desobediencia civil, por más que nos convierta en ciudadanos concienciados, acaba diluyéndose. Y ante este panorama, si no se decide pasar por el aro de crear un partido político o una plataforma electoral para intentar cambiar las cosas desde dentro, el escepticismo siempre suele salir ganando. Está ocurriendo desde hace años. Y ha sido algo habitual hasta la llegada de Podemos, partido que ha acabado por encauzar, si no a todos los descontentos, sí a sus representantes, y convertirlos en agentes subsidiarios de las reglas que impone el propio régimen.

Como el problema parece residir en los objetivos y en el ámbito de actuación, deberíamos tratar de resolverlo haciendo que tanto este como aquellos guarden una férrea coherencia entre sí. No podemos aspirar a cambiar la ley electoral, por ejemplo, si nuestra plataforma cuenta con tan solo doscientos integrantes. Pero también seremos unos ingenuos si pensamos que un número lo suficiente amplio puede producir los cambios deseados. Ya hemos visto en qué han acabado la mayoría de iniciativas legislativas populares.

Por otro lado, tampoco hemos de esperar absolutamente nada de aquellos que deciden entrar en política. La esencia del régimen obliga a que los programas electorales jamás terminen cumpliéndose, y no solo porque son mera propaganda, sino porque no hay ningún mecanismo legal que obligue a los partidos a cumplirlos. Por eso pueden prometernos la luna, si así se les antoja, y quedarse tan anchos. A ello hay que añadir además la trampa definitiva para que todo quede en nada: un sistema parlamentario proporcional que, en aras de la estabilidad, empuja a las minorías a forjar alianzas que suelen terminar traicionando las promesas que en su día hicieron a los ciudadanos.

¿Entonces?

Decía Thomas Jefferson que una república sobreviviría si cada uno de sus miembros se sentía responsable de ella. Solo podremos ser héroes de nuestra propia historia si escapamos de todo pensamiento maximalista. La esencia del compromiso reside en el hecho de que seamos protagonistas de los cambios que emprendemos y de que esos cambios nos afecten de manera decisiva. Así reconoceremos en qué consiste la lealtad a unas ideas.

El tesoro que nos ha legado la revolución americana (la única que ha triunfado en la modernidad) reside en la evidencia de que sus hacedores habían tenido muy claro desde el principio que, para salirse con la suya, no debían usurpar la fuente de poder contra la que combatían, sino crear una nueva. Al contrario de lo que ocurriría en Francia y en Rusia, los fundadores de EE.UU. sabían perfectamente que la soberanía, lejos de ser un concepto que se tuviera que trasladar del monarca al pueblo, había de ser dividida entre las tres ramas del gobierno para que estas compitieran, se vigilaran y se limitasen entre sí. Este juego de contrapesos regiría en todas las instituciones del nuevo Estado, a imagen y semejanza del núcleo esencial de convivencia democrática que, para ellos (desde el Pacto del Mayflower), era el municipio.

Se lamentaba Jefferson sin embargo al final de sus días de que el desarrollo de la república norteamericana hubiese descuidado el trato a los municipios, y se preguntaba si este abandono no sería la causa de que el impresionante edificio político que él había ayudado a construir acabara degenerando en una oligarquía. Dicho lamento lo recoge Hannah Arendt en su obra On revolution, donde en sus últimas páginas se atreve a sugerir, siguiendo las ideas de Jefferson, que solo existe una salida frente a la tiranía de unos pocos: la fundación de un nuevo poder que tenga como objetivo primordial que los ciudadanos dejen de necesitar el que ya existe. Es aquí, según la pensadora alemana, donde reside el sentido más exacto de la palabra “independencia”, pues en América no había sido una reclamación nacionalista centrada en el territorio, sino una heroica autodeterminación de individuos que sentían que sus derechos habían sido pisoteados. No en balde en ningún párrafo de la Constitución americana vienen recogidas la palabras “nación” o “soberanía”.

Esa independencia ya había sido constatada siglos antes en los pueblos que los primeros colonos habían ido fundando a lo largo de la costa este. La naturaleza heterodoxa de sus habitantes y la dejadez de la Corona británica se habían conjurado para que, espontáneamente, los nuevos municipios se organizaran como auténticas democracias, donde cada uno de sus habitantes estaba absolutamente comprometido con la comunidad. Para ello, insisto, se había tenido que dar la casualidad de que la metrópoli ignorase durante décadas qué se estaba cociendo en sus colonias, sin embargo (y esto es lo más importante) dicha ignorancia habría servido de bien poco si no hubiera existido el previo desdén de los colonos hacia el sistema organizativo inglés. Así, sin saberlo, estos se habían proclamado independientes y habían creado una nueva fuente de poder de la que se sentían responsables.

La moraleja de esta maravillosa historia es obvia y también perfectamente aplicable a la actualidad. Frente a un gobierno que socava los derechos de sus ciudadanos, no cabe el asalto para tratar de usurparlo (para, como diría Lenin, tomar el cielo), sino la creación de un gobierno paralelo que, en un primer momento, compita con él, y finalmente acabe ignorándolo. El régimen político actual está preparado para contrarrestar la fuerza de la reacción, pero no para soportar la indiferencia de sus ciudadanos.

Y esto solo se puede llevar a cabo en ese microcosmos de la democracia que es el municipio.

El municipio (y, en el caso de una gran ciudad, el barrio o el distrito) es el contexto más cercano donde podemos sentirnos, en cierto modo, responsables de nuestras propias decisiones, siempre y cuando existan cauces directos o representativos a través de los que las aportaciones ciudadanas se tengan en cuenta. Es por ello por lo que hemos de considerarlo la unidad mínima de experiencia democrática y, como tal, el ámbito de actuación más importante si lo que se pretende es adoptar medidas de protesta, de resistencia o de desobediencia civil contra el poder establecido.

Uno de los descubrimientos más asombrosos de los padres constitucionales americanos fue el de concebir un sistema en el que cada escala de gerencia apareciese como una imagen amplificada de la anterior, como si se hubiera llevado a la práctica la ley neoplatónica de las correspondencias. Pero lo mejor de todo fue que dicho descubrimiento reveló (se trató de una intuición al principio) una regla de la ciencia política que, si bien había sido explicada un siglo antes por Étienne de la Boétie, hasta el momento se había pasado por alto, a saber: que todo gobierno, ya sea su naturaleza tiránica o democrática, depende ineluctablemente del consentimiento de los gobernados. Cuanto más reducido sea el contexto administrativo, más fácil será percatarse de este axioma.

Por otro lado, el municipio, como unidad mínima de autogobierno, posee también la ventaja de que es capaz de demostrar la debilidad conceptual y pragmática de las ideologías. Al situarnos a cada instante frente a problemas concretos, la gestión municipal nos empuja a la acción, sin darnos tiempo a pasar por el constructo de la izquierda o de la derecha. Podríamos decir que el municipio, como experiencia de gobierno en la que cada individuo está obligado a responsabilizarse de sus actos, es el catalizador de ese sentido común que, según Thomas Paine, ha de guiar la experiencia democrática y que termina privilegiando lo que es (el hecho en sí) en detrimento de lo que debería ser (la consigna ideológica).

Hay que tener en cuenta, por último, que el municipio, como base paradigmática de ese consentimiento de los gobernados, es la línea de flotación de todo gobierno, independientemente de cuál sea su catadura. Sobre el municipio, constituido por la voluntad mayoritaria de sus habitantes, se erige la fuente del poder estatal. Por el municipio el Estado empieza a recaudar, a legislar y a restringir. Por eso el Estado teme su desobediencia, muchísimo más si cabe que una huelga general o una protesta masiva, y también por eso se ha empleado siempre a fondo para lastrar todo atisbo de insurrección. Valga como ejemplo la sangrienta represión a la que se vieron sometidas las “experiencias municipales” de las Comunidades castellanas, la Comunas francesas o los Soviets rusos.

Estas tres cualidades aquí presentadas han de considerarse como tres ventajas estratégicas y, al mismo tiempo, tres demostraciones básicas de por qué el municipio es la clave para empezar a cambiar las cosas en España. Y todas ellas coinciden en la más impresionante de las revelaciones políticas a las que podemos aspirar en estos momentos: puesto que representa la sangre de la que se alimenta Leviatán, sin el municipio el Estado se derrumba.

¿Cómo arrebatar de las manos del Estado el municipio? ¿Cómo alejarlo, después, de su ámbito de influencia? ¿Cómo constituirlo en una nueva fuente de poder? ¿Cómo lograr, finalmente, ser los héroes de nuestra propia historia?

En primer lugar hay que tener muy claro que formar parte de un Estado (no de un país) es algo convenido y depende, en gran medida, de una elección personal. No podemos elegir la nación a la cual pertenecemos, pero sí podemos elegir el Estado al que permanecer, de alguna manera, adscritos. Porque se trata de un ente exclusivamente administrativo, tenemos la opción de configurar todos y cada uno de los rasgos que lo caracterizan: su forma de gobierno, sus límites y, sobre todo, su relación con los ciudadanos. Aun cuando la naturaleza del Estado haya sido decidida por unos pocos, que lo han definido para asegurarse una serie de privilegios, los ciudadanos seguimos siendo libres para elegir estar dentro o fuera. El problema reside en el hecho de que la propaganda estatal nos suele convencer de que solo existe una sola vía para la convivencia: la que él mismo propone con el fin de consolidar su propia estabilidad.

Una vez reconocida la convencionalidad del Estado y la inalterable libertad que poseemos para otorgarle o retirarle nuestro consentimiento, debemos elegir. En el momento en que colectivamente se decide no acatar sus reglas, se está llevando a cabo lo que históricamente se conoce como un acto de independencia. Aunque ya me he referido anteriormente al significado que los revolucionarios norteamericanos confirieron al término en su famosa Declaración de 1776, no está de más que vuelva a insistir en una idea: la independencia como tal, es decir, el famoso derecho de la libre determinación, nada tiene que ver con la secesión de un territorio (no existe la autodeterminación de los pueblos, entre otras cosas porque el pueblo es una abstracción que, en sí y por sí misma, no se puede autodeterminar), sino con el acto de rebeldía de unos individuos que deciden no continuar sometiéndose a un Estado que socava sus derechos políticos.

Así pues, la independencia de un municipio ha de partir del pacto explícito entre los ciudadanos que decidan independizarse. En un primer momento su número será escaso, pero aspirará a ir integrando paulatinamente a más miembros hasta que estos sean una fuerza considerable. Será entonces cuando se pueda promulgar una suerte de Declaración de Independencia Municipal en la que los abajo firmantes deciden no reconocer el gobierno constituido (el Ayuntamiento) y, por lo tanto, se niegan, desde ese instante, a votar en las elecciones pertinentes, a pagar impuestos y a acatar las normas municipales sancionadas.

La declaración de independencia ha de dejar paso a la fundación de una nueva fuente de poder. Y es aquí precisamente donde reside la gran lección de todo acto revolucionario. Los vecinos independizados, habiéndose negado a reconocer el poder establecido (representante del poder estatal), deciden seguidamente constituirse en un nuevo poder municipal, estableciendo para ello sus propias leyes y normas, y organizándose de la manera que ellos consideren más justa. Desde un punto de vista democrático (y atendiendo también a cuestiones de operatividad y eficiencia), dicha organización habrá de ser de dos tipos: o bien asamblearia (si el pueblo tiene pocos habitantes), o bien representativa con mandato imperativo de los representados (si el municipio, la circunscripción o el barrio son más populosos).

Al principio, y durante un largo periodo de tiempo, el gobierno alternativo tendrá que hacer frente a los embates estatales, que se materializarán de dos formas: la propaganda y la violencia; fuerzas de las que el Estado seguirá manteniendo el monopolio. Sin embargo, a diferencia de otras épocas en las que se combatió insurgencias similares, el Estado esta vez se encontrará mucho más debilitado. Y la causa será su propia naturaleza, forjada durante décadas de impostura, que hasta ese instante lo hacía aparecer ante la opinión pública como un ejemplo de democracia perfectamente integrada en las estructuras (también democráticas) internacionales.

Por un lado, la propaganda no podrá ser ideológica, pero tampoco estará en situación de difundir ningún tipo de doctrina del shock, pues al ser exclusivamente municipal la subversión, es decir, al ser conocedores los ciudadanos de la realidad de las cosas, la propaganda se dará de bruces contra un colectivo de personas de lo más heterogéneo y, sobre todo, reacio a las etiquetas.

Por otro lado, la violencia, puesta en acción sobre unos ciudadanos que ni siquiera se manifiestan, que ni siquiera se congregan en algún sitio público, que ni siquiera llevan a cabo ningún acto de protesta, acabará por deslegitimar un Estado que hasta el momento se erigía como máximo garante de la democracia y de los derechos humanos, y no evitará que el ejemplo se propague a otros municipios.

Finalmente una de las dos resistencias (la estatal o la ciudadana) cesará. Y una vez haya terminado, de una manera u otra, a buen seguro que nos encontraremos con un país absolutamente distinto.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

10 comentarios sobre “¿Qué coño podemos hacer?”

  1. Hoy creo que ha despreciado usted la máxima de Gracián. Esto no es un artículo ni unavreglexión: es un ensayo en toda regla. Por eso, a mitad de camino, he decidido desconectar y volver con Landero, paisano que me entretiene y me divierte. ¿Puede usted ser más breve la próxima vez?

    Un humilde lector,

    J.

  2. Esto, claro, no será en mi pueblo. 480 votantes, En locales, 270 PP. Autonómicas, 240. Expresión en concejales, cinco a dos. Salud.

  3. La verdad no conoce de fechas; hay que declararla “con ocasión o sin ella”.

  4. Saludos.
    Acabo de leer por primera vez algo escrito por ti y me ha dejado muy sorprendida y encantada. Tu planteamiento me parece de lo más acertado y coincide con vagas ideas que yo pudiera tener de antes, pero leerlo así de bien explicado me ha convencido por completo. Gracias. A partir de mañana leeré las demás entradas de tu blog.
    Te dejo un enlace a un libro que quizá ya conozcas, pero que pienso que está relacionado con el tema de tu texto: http://nedediciones.com/pdfs/Ebook_Vecindades_Vitorianas_CC.pdf

    Un abrazo, si me lo permites.

  5. LA ABSTENCIÓN activa, es el desacuerdo no sólo con los partidos políticos y sus representantes, sino también con el mismo Sistema y como tal se entiende como una actitud de castigo, rechazo, reprobación y censura. Actualmente no existe ninguna forma de poder manifestar este rechazo al sistema, a los partidos o a los representantes a disposición del ciudadano que lo puedan expresar en unas elecciones. Por esa razón la abstención es el único mecanismo legal, con el que se puede ejercer cierta presión sobre el sistema y los partidos acomodados en él. La Abstención no legitima y una fuerte abstención pone en cuestión la legalidad y la legitimación del sistema.
    LA IDEA que promueve ABSTENCIONISTAS A FAVOR DEL ESCAÑO VACIO, tiene un objetivo y un fin:
    El objetivo es que el porcentaje de la participación o lo que es lo mismo la abstención, revierta en “ escaños vacíos”; ( 70% participación = 30% escaños vacío) pues considero que es de justicia que los representantes ocupen sólo los escaños para los que han sido votados.
    El fin, que esos escaños vacíos sean ofrecidos a los ciudadanos que no han elegido representantes y por tanto esos escaños les pertenecen o bien a las distintas plataformas ciudadanas creadas para tal fin, y así conseguir un sistema parlamentario mixto, es decir, democrático representativo y democrático participativo, en una sociedad más justa, plural y con mayor inclusión social, integrada por ciudadanos activos, organizados y preparados para asumir un papel dinámico en la escena política parlamentaria, al margen del político profesional y de esta manera reducir el excesivo poder que tienen los partidos políticos. ABSTENCIONISTAS A FAVOR DEL ESCAÑO VACÍO.

  6. Lo de asaltar los cielos es de Marx, no de Lenin. Y como Marx sabía de mitología (y de griego) obviamente se refería a Prometeo,

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