El relevo

Soy un aguafiestas, lo sé, pero si no lo digo, reviento: me temo que no es el fin de nada, sino el relevo de todo, o al menos, de una gran parte de todo. Puede que las fuerzas de este relevo (supongamos que bienintencionadas) obren el milagro de acabar con las redes clientelares, las canonjías y las prácticas corruptas de muchos ayuntamientos y presidencias autonómicas, pero a no ser que se haya votado a ángeles y no a simples mortales, solo será cuestión de tiempo que la mierda vuelva a aparecer en los rincones de un poder que, por obra y gracia de las leyes del régimen, no está sujeto a ningún tipo de fiscalización ciudadana. Y que conste que no soy un pesimista antropológico, sino que procuro dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y no caer en la ingenuidad de pensar que, por el mero hecho de desalojar al corrupto, mi candidato jamás se pudrirá como su predecesor, aunque goce de las mismas prebendas y la misma impunidad.

Lo siento, pero no me trago ese bulo que dice que el simple relevo en el poder es salvaguardia suficiente de salubridad. No puedo comulgar con algo que no es cierto. Así como tampoco acepto que se deba esperar para ver qué hace el recién elegido, es decir, que haya de tener confianza en lo que los medios dicen, en su imagen o en lo que venga recogido en el programa con el que se ha presentado a las elecciones. No quiero confiar en él. Quiero tener una garantía previa, algún recurso legal que lo obligue a cumplir sus promesas. Pero no tengo nada de esto. Las reglas del juego me impiden tenerlo. Me niegan mi derecho a desconfiar de mi representante, en este caso de mis supuestos representantes. De modo que, ¿por qué demonios voy a estar esperanzado con el advenimiento de unos partidos que, para hallarse donde se hallan, han tenido que vender su alma al régimen que pretenden regenerar?

Camena en Madrid, Colau en Barcelona y muchos otros con menos apellido en el resto de municipios aseguran que han venido para abrir las ventanas y airear este cuartucho de las timbas llamado España. Han basado sus discursos en la regeneración, la reforma y la higiene política. Han hablado de una casta, corrompida y emponzoñada, a la que se enfrentarían con el loable objetivo de hacer limpieza. Y sin embargo, ahora, están a punto de pactar con esa misma casta para gobernar ayuntamientos y comunidades autónomas. O sea, están a punto de convertirse definitivamente casta.

Que alguien me diga dónde coño está el final del tinglado. Porque yo, desde luego, no lo veo.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “El relevo”

  1. Estoy de acuerdo en que no es el final de nada. Esperemos que un infinitesimal comienzo. En cierta medida, eres como mis queridos y voluntariosos jóvenes compañeros de la plaza del 15M o ahora, algunos, de PODEMOS. Cuántas veces tengo que decirles que la paciencia es la mayor virtud revolucionaria. Que es una inaudita tarea desmontar algo milenario. Con el agravante casi insuperable del poder de los propietarios de los medios de producción y sus sicarios, lacayos y palmeros. Andemos que, tal vez, ojalá, PODEMOS. Aunque no sea ni ahora ni pronto. Salud.

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