Hablando de la muerte con niños de doce años

Ayer estuve hablando de la muerte con niños de doce años. Les dije que llegaría el momento en que deberían abrir los ojos y darse cuenta de que el tiempo nos pasa por encima como un bólido de carreras. Les dije que una verdad insoslayable de esta vida es que ni el presente ni el futuro existen y que el único tiempo verbal con cierto sentido existencial es el pasado. Les dije, en definitiva, que la muerte es la gran justiciera, pues da a todos lo mismo, a todos nos trata igual, seamos príncipes o mendigos, oficinistas o grandes escritores.

Era una clase de 1º de ESO. Los chavales me miraban con los ojos como platos. Había un silencio sepulcral (nunca mejor dicho). Solo mi voz y el chirrido de la tiza en la pizarra al escribir memento mori, tempus fugit, vita flumen u omnia mors aequat. Yo sabía que, a pesar de haberme lanzado temerariamente a la piscina, la cosa estaba yendo sobre ruedas y no había marcha atrás. Escuchaban con atención. Entendían lo que les explicaba. Apuntaban incluso los latinajos en sus libretas. Así que de pronto sentí un ataque de vanidad: ¿y si aquellos eran los únicos estudiantes de doce años de la comarca, de la región, de España toda que iban a leer en este curso a Jorge Manrique?

Esta mañana, nada más entrar en el aula, muchos me han preguntado si seguiríamos con la lectura de las Coplas. Les he dicho que no, que había que repasar para el examen de sintaxis de mañana. Se han mostrado decepcionados. Algunos me han contado que ayer por la tarde estuvieron hablando con sus padres de lo que habían leído en clase de Lengua. Por un instante, he sentido el temor de haberles dicho algo inapropiado. No es habitual que alguien trate el tema de la muerte en esos términos. Y menos ante críos de doce años. Se supone que no deben oír esas cosas. Se supone que no deben leer esas cosas. Jorge Manrique sale mencionado de pasada en sus libros de texto. De hecho, su lectura no es obligatoria ni siquiera en 1º de Bachillerato. Lo confieso. Me he sentido culpable por estar ofreciéndoles más nivel que el que exige el currículo. No solo en el bloque dedicado a la Literatura. En sintaxis, por ejemplo, la mayoría analiza mejor que los alumnos de 3º de ESO. Y la sintaxis les está permitiendo tener una expresión escrita más que cuidada.

No son alumnos extraordinariamente inteligentes y yo, desde luego, no soy el mejor profesor del mundo. Ni ellos necesitan ser marcados con alguna de esas “especificidades” que la psicología no cesa de inventarse, ni yo he sido aleccionado en ninguna pedagogía innovadora. Ellos asumen la clase magistral con naturalidad, y yo la imparto porque creo que es lo que mejor sé hacer y lo que mejores resultados me ha proporcionado siempre. Sus intereses tampoco son nada fuera de lo común: el fútbol, los chicos y las chicas, la moda, la televisión…, es decir, están igual de “contaminados” que cualquier chaval de su edad (¿y quién coño no lo ha estado?). Así pues, todos pertenecemos a la inmensa clase media educativa. Sin etiquetas. Sin gilipolleces.

Pero el hecho de que yo haya podido leer las Coplas de Jorge Manrique a unos críos de 1º de ESO y de enseñarles los tópicos literarios medievales más importantes; o mejor: el hecho de que no solo las hayan entendido, sino que se hayan interesado por ellas, es un luminoso ejemplo de que el sistema, tal y como está concebido, no funciona. No funciona porque ralentiza la adquisición de conocimientos. No funciona porque evita el enfrentamiento con los grandes temas de la vida. No funciona porque crea unos estándares que nada tienen que ver con el desarrollo personal. No funciona, en definitiva, porque, al escolarizar obligatoriamente por edad, sin tener en cuenta que hay muchísimos chavales de doce años que pueden entender las cosas mejor que un tío de dieciocho, extiende esa especie de estado zen que es la infancia impostada y desnaturalizada hasta mucho más allá del infinito y de lo socialmente razonable.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

5 comentarios sobre “Hablando de la muerte con niños de doce años”

  1. Cuida esa clase, pero coméntales que no deben de comentar con mayores lo que hacen en clase. Diles que si alguna vez el inspector o el orientador preguntan qué han leído, que contesten que Geronimo Stilton

  2. Mejor dejas correr la especie de que estás trabajando en una versión de “20.000 leguas de viaje submarino” en la que Aronnax y Conseil son una pareja de homosexuales. A Ned Land lo conviertes en mujer (la arponera Nelida Land) y al Nautilus en un buque que surca los mares velando por el bienestar de los cetáceos, las focas y el atún rojo. Por supuesto, con una tripulación multicultural, multiétnica y escrupulosamente paritaria. El besazo en la frente que te zamparía el inspector te iba a dejar cicatriz. Y verás tú si no acababas de vicesubsecretario de la vicesubconsejería de Educación de tu taifa. Por cierto, los de la colección “Barco de vapor” (ese templo de la gran literatura) te lo quitarían de las manos.

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