La ley del silencio

(Artículo publicado en la web de la Plataforma por la Libertad Educativa)

En el instituto donde trabajo se dice que, hace cuatro años, unos estudiantes del Programa de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) ataron a un compañero de clase a una silla y le propinaron una paliza mientras lo grababan con un móvil. Parece ser que el vídeo circuló durante varias semanas y que, gracias a ello, llegó a los padres, quienes lo pusieron en conocimiento de la dirección del centro. Aunque suene increíble, nada de lo que ocurrió a partir de entonces ha trascendido. Unos aseguran que los padres finalmente no interpusieron denuncia alguna por la mediación de la directora y las jefas de estudios. Otros dicen que los alumnos fueron expulsados unos días y que aquí paz y después gloria. ‘Aseguran’, ‘dicen’, ‘parece ser’. Todo son conjeturas. Yo me enteré meses más tarde y, tras indagar un poco, me di cuenta de que el resto de profesores también había sido ajeno a la noticia.

Confieso que, hasta el asesinato de Abel Martínez Oliva, profesor del IES Joan Fuster, no había vuelto a pensar en aquel caso. Desde luego, no es el más grave de los que conozco, pero sí es uno de lo más paradigmáticos de esa tradicional discreción con que, por cobardía, resignación o solipsismo, se suelen llevar estos sucesos. Por ejemplo: supongo que la directora y su equipo evitaron que tanto la inspección como el resto de la comunidad educativa se enteraran porque así no tendrían que enfrentarse al acostumbrado y penosísimo proceso burocrático que, entre otros asuntos, habría destapado la mano ancha y el miedo con que eran tratados los alumnos de aquel programa educativo, protagonistas hasta el momento de la mayoría de los casos de indisciplina. Por otra parte, la reserva de los padres y su decisión de no interponer ninguna denuncia a buen seguro que fueron las típicas reacciones de quienes saben que, de haber hecho todo lo contrario, no habrían llegado absolutamente a nada, pues los que torturaron a su hijo eran menores de edad. Por último, tampoco resulta extraño que ninguno de los profesores pusiera el grito en el cielo por no haber sido informado, ni que aún hoy sigamos (o queramos seguir) sin conocer qué fue lo que ocurrió en realidad, ya que el régimen educativo nos ha convertido en obedientes funcionarios que se cuidan mucho de hacer preguntas inadecuadas.

Mi experiencia me dice que hechos como los del instituto donde trabajo son habituales en muchos otros centros de enseñanza españoles, y que si no sale a la luz un mayor número de ellos es por esta trituradora ley del silencio que han acabado imponiendo el cerote y la autocensura. Todos los días hay un incidente de acoso que se deja sin resolver, un insulto a algún maestro que se pasa por alto, una pelea que se graba con el móvil o un conflicto que se pretende solucionar poniendo a la misma altura a agresor y a agredido. Los dueños de las palabras y de la corrección política, los sacerdotes de las pedagogías permisivas y del rousseaunismo social han implantado un sistema en el que el castigo se sustituye por la prevención y la responsabilidad por la dispensa, donde al menor de edad, propiedad del centro durante treinta horas a la semana, hay que apartarlo de la culpa, del aburrimiento y de las cosas desagradables de este mundo. Y el monstruo va haciéndose cada vez más grande, alimentado por unas directivas corrompidas hasta los tuétanos, meras correas de transmisión de las consejerías; por unos padres que, independientemente de que hayan criado a víctimas o a verdugos, han delegado toda su responsabilidad en el colegio; por unos alumnos cada vez más conscientes de sus privilegios civiles y penales, y por unos profesores sumisos que han traicionado lo más sagrado que, hasta hace unas décadas, poseían: su criterio profesional.

Por eso, tras conocer la noticia de la muerte de Abel Martínez Oliva, no he podido evitar preguntarme si el asesino de trece años estuvo alguna vez protegido por esa férrea omertà que reina hoy en la mayoría de los colegios. Hay quienes aseguran que los actos de indisciplina en el IES Joan Fuster eran habituales y que la directiva, ante cualquier conflicto entre profesores y alumnos, solía ponerse de parte de estos últimos y de sus padres, siguiendo una política hacia la que la inspección educativa de nuestro país es cada vez más proclive. Otros dicen que esa es precisamente la razón de que se haya impuesto la consigna del hecho aislado y el brote psicótico. Parece ser, en definitiva, que el asesino llevaba años en tratamiento psicológico pero que en el instituto nadie lo sabía.

De nuevo ‘aseguran’, ‘dicen’, ‘parece ser’. De nuevo la confusión y el silencio.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

15 thoughts on “La ley del silencio”

  1. He entendido muy bien lo de la ley del silencio en ese instituto pero ¿sucede lo mismo en los colegios religiosos concertados? En mi pueblo hay cuatro de ellos y nunca pasa nadfa, los escándalos se dan en los colegios e institutos públicos ¿Por qué?

  2. Javier, yo, que soy profesor, le digo que ese otro profesor que trató así a Adrián es indigno como persona y como profesor. Una duda: no pensará usted que los profesores defendemos a personajes así si son profesores, ¿verdad? Lo que sí quiero decirle es que los profesores que maltraten a los alumnos son un número irrelevante y rechazados por el propio colectivo, mientras que los actos de gamberrismo, grosería, prepotencia y hasta violencia estudiantil son lo suficientemente numerosos como para causar inquietud social. No lo digo yo, lo dicen los medios de comunicación, los estudios sobre el asunto, los centenares de historias que circulan de boca en boca y que, como señala David, no salen a la luz pública. No son casos aislados ni es cosa de broma.

  3. Javier Muñoz: deduzco que no debe de conocer usted muy bien los colegios concertados, porque, a pesar de que se las apañan a las mil maravillas y con la pasividad cómplice de las autoridades educativas para quitarse de encima los alumnos problemáticos, siguen teniendo conflictos, pero los tapan muy bien, cosa en que es experta la educación privada (le recuerdo que la concertada lo es). Me obliga usted a señalarle un dato muy delicado: la mayoría de los casos graves de acoso que han salido en la prensa (algunos de ellos, con resultado mortal) se han producido en centros privados, busque usted en las hemerotecas.

  4. No necesito ir a las hemerotecas, me fío plenamente de su comentario, que agradezco.

  5. Pues la verdad es que hace usted bien, porque algunos de los casos que han aparecido en la prensa son tan dramáticos que es mejor no conocer los detalles, porque producen una mezcla de dolor e indignación. Yo tengo cierto interés en este asunto y he observado una tendencia que se repite muy a menudo: los casos que prosperan y llegan a ser más graves suelen hacerlo porque por parte de profesores y directivos del centro, cuando se enteran (que suele ser cuando la cosa ya está muy avanzada), suelen tener una primera reacción de restar importancia y otra posterior (cuando la cosa estalla) de negar los hechos o intentar ocultarlos. Quizás sea esta tendencia natural al ocultamiento que hay en la privada lo que favorece que los casos de acoso crezcan hasta proporciones intolerables, porque da tiempo a que las cosas sigan. Yo he conocido algunos casos de acoso en la pública y en todos he visto una reacción fulminante para atajarlos. En el más grave del que puedo hablarle, era yo el jefe de estudios del centro. Durante dos o tres meses, un indecente estuvo sacándole a un compañero dinero y objetos (un radio-cassette, una bicicleta…) a base de amenazarle con que iba a matarle a él y a toda su familia. Cuando no pudo más, la víctima se lo contó a un compañero, que le aconsejó que nos lo contase a nosotros. Así lo hizo y el asunto se resolvió ipso-facto. El acosador (que, por cierto, no mató a nadie) recibió una ejemplar expulsión en el centro (que era de EGB) y devolvió lo que todavía tenía. En cuanto al dinero que ya se había gastado, lo que le dijimos a la familia fue que lo único que podíamos hacer era recomendarles que hablasen con la policía. Quizás hoy en día, que están de moda memeces como la mediación y demás, no se actúe con tanta contundencia, pero se actúa con igual celeridad.

  6. Trabajo en educación pero no soy profesor y raro es el día que no encuentro en mi buzón una oferta de un cursillito sobre resolución de conflictos, mediación, zarandajas de la psicología positiva (hace poco hicieron uno de risoterapia) o de igualdad de género. Recuerdo uno, celebrado en la Universidad de León, titulado algo así como “Aprende a sacar el clown que llevas dentro”. He acabado sintiéndome como un personaje de una de aquellas películas de ciencia ficción conspiranoica, del tipo “la invasión de los ladrones de cuerpos” o “Están vivos” de John Carpenter. Y, francamente, no sé que alienígenas son peores, si los “fascistas” tipo “La guerra de los mundos”, los “progres” de la película de Siegel, o los ultracapitalistas de la de Carpenter. El último (y único) de esos cursillitos al que fui solo me sirvió para que en mí arraigara la sospecha de que en este maldito país la formación de los maestros está en manos de una gentuza de la que no sabes decir si son más sinvergüenzas que cantamañanas o más cantamañanas que
    sinvergüenzas. Con el acoso y la violencia escolar esta funesta Iglesia Progre (“progre-nacionalista” quizás sea mas preciso) está actuando de un modo muy similar a la Católica con los casos de pederastia: tapar, ir dando largas mientras se pueda y actuar cuando ya no tienen mas remedio. Les horroriza que la realidad cuestione el pensamiento único, la “acojonante” pedagogía que con tanto éxito han instaurado. Las declaraciones de la pájara catalana (Irene Rigau, por si alguien no se acuerda) sobre el asesinato de Abel y la cobertura mediática que el crimen ha recibido son absolutamente vomitivas, de un inaudito cretinismo moral.

  7. ¿Ocurre lo mismo en loos colegios religiosos concertados?

  8. Pablo, disculpa la demora en aprobar tu necesario e interesantísimo último comentario. El sistema considera spam todo aquel mensaje con más de dos enlaces, y no lo había visto hasta ahora.

    Un abrazo.

  9. No eran necesarias en absoluto las disculpas, David. Además, debe de ser un sistema muy liberal con el spam, porque el comentario salió publicado aun sin aprobarse. Entre los días 8 y 10 estaremos en La Roda un grupo de amigotes. Aún queda una plaza libre, así que, si te animas, mándame un correo o llámame. Un abrazo.

  10. Muchas gracias por acordaros de mí, Pablo, pero ese fin de semana precisamente estoy en pleno rodaje del corto que, desde hace meses, me lleva por el camino de la amargura. Otra vez será, compay. Un abrazo muy fuerte.

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