Los dueños de las palabras

Primero están los dueños de las palabras y luego el resto de los mortales. Primero están los que, como diría Max Estrella, tienen derecho al alfabeto, después todos los demás. Pero los dueños de las palabras ya no son poetas, ni siquiera ostentan una cultura elevada o poseen una inteligencia superior. Simplemente están ahí, en el bucle de la oligarquía hispana, y tienen acceso a la cámara de televisión, al trending topic, a la página impresa. Y también al lenguaje. No inventan palabras nuevas, sino que adelgazan las que ya existen y las convierten en tristes artefactos monosémicos que el vulgo, es decir, nosotros, suele asumir y hacer suyos con piadoso fervor. La poesía ha muerto; larga vida al eslogan político.

Los dueños de las palabras solo tienen un objetivo: seguir siendo dueños de las palabras; y un único método para lograrlo: crear el glosario del consenso, que no es más que el conjunto de dogmas que han llegado a ser hegemónicos no por convención social, sino por intereses específicos de grupos de presión o por influencias culturales adaptadas a diversos ámbitos a la vez. Pero el consenso no duraría ni un maldito segundo sin un fundamento ideológico que sirviera de argamasa y sobre el que se alzase la realidad que las palabras y sus dueños acostumbran a manipular. Algunos, como Marcuse, han llamado a este engrudo doctrinario ‘pensamiento unidimensional’; otros, como Ramonet, ‘pensamiento único’. El profesor Dalmacio Negro lo llama ‘bioideologías’.

Los dueños de las palabras, amparados por el consenso, crean también la moral de Estado, tótum revolútum de mitos coactivos que son propagados habitualmente de tres formas: la legal (dentro del régimen oligárquico del Estado de partidos), la intelectual (mediante el paradigma de las ciencias sociales) y, por último, la mítica (a través del relato reiterado y ritual de las ideas hegemónicas en las que se basa el propio consenso). En España (y en el resto de Europa) hay lugares donde estas tres vías de influencia social se conjugan a la perfección: lo centros de enseñanza. Es allí donde uno se da cuenta de cómo afectan en realidad las leyes emanadas de un poder político sin freno ni contrapeso o de qué manera la pedagogía, la psicología o la sociología se han ido enseñoreando del resto de saberes y de la gestión educativa. También es allí donde los mitos consensuales han arraigado con más fuerza: la autoridad es sospechosa, la indisciplina mera espontaneidad adolescente, el castigo un tabú que se oculta con los eufemismos de la prevención o del plan de convivencia. La mayoría de los institutos carecen de servicios de vigilancia porque nada malo cabe esperar de nuestros dulces ángeles rousseaunianos.

El alumno del IES Joan Fuster que ha matado a un profesor y herido a otras cuatro personas es el paradigma de lo que los dueños de las palabras suelen hacer con el lenguaje. No es un asesino porque legalmente es impune. Tampoco una persona cuerda porque psicológicamente es débil. Es, como ya se habrá sospechado, una víctima de la sociedad porque míticamente es puro. Cuando sucedió la tragedia de Columbine se echó la culpa a las leyes que permiten la tenencia de armas. Ahora, en España, se arremete contra el chivo expiatorio de la violencia social, que nadie sabe muy bien cómo definir. Nada se dice, sin embargo, de esa otra violencia mucho más difusa y efectiva que es la que ejerce la suplantación de la educación familiar, la tutela sine die de agentes extraños, y la fiscalización a ultranza y la consiguiente anulación de la responsabilidad del individuo fiscalizado. Lo que debe quedar claro como el agua, cueste lo que cueste, es que hasta los dieciocho en España nadie es dueño de sus actos. ¿Sabrá esto ahora el asesino de trece años y estará respirando mucho más tranquilo? O lo que resulta más inquietante: ¿lo sabía antes de apuñalar al profesor?

Por eso, a pesar de que los hechos certifican que el asesinato ha sido premeditado, los dueños de las palabras no se cansan de repetir el mantra del brote psicótico y del hecho puntual. Porque si la verdad saliera a la luz, es decir, si se asumiera que existen la maldad o la crueldad, pero sobre todo que los menores también pueden llegar a ser unos hijos de la gran puta proclives a la barbarie, los dueños de las palabras dejarían de ser los dueños de las palabras. Las palabras volverían a pertenecer a la gente, y con ellas las fuentes de lo moral.

El paidocéntrico Occidente (según la reciente LOMCE, «El alumnado es el centro y la razón de ser de la educación») está muriendo poco a poco a manos de sus dioses niños.

Anuncios

Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

8 thoughts on “Los dueños de las palabras”

  1. Visto y oído. La culpa es de los recortes (problemas en las familias, falta de atención en los centros). La solución es sencilla, aumentar el número de psicólogos, terapeutas sociales o ‘profesores’ de servicios a la comunidad. Al fin y al cabo, el culpable es la víctima que no sabe como enfrentarse al agresor. Cuando llegó el profesor de educación física (que era psicólogo, A3 dixit, e impartía cursos de motivación), supo calmar al niño, que acabó llorando tiernamente en sus brazos.

  2. La realidad, como todo sustantivo abstracto, nunca ha existido. El dichoso artículo es el que crea la ilusión de realidad (la gente, los españoles, los alumnos…).

    Más allá de nuestro entorno familiar, laboral o social, no existen más que tinieblas que cada uno alumbra como puede. O eso o apuntarte al mito que más te complazca (o que mejor contribuya a llenar tu bolsillo o tu barriga).

  3. Estoy de acuerdo con vosotros; nos han robado el fuego al robarnos las palabras. Nada es lo que parece: la semántica ha muerto en pro del envoltorio y la alharaca. Poco podemos hacer salvo salir a la calle y liarnos a hostias … Pido la palabra ahora y la paz luego. Conquistemos Barataria entonces.

  4. En cuanto al profesor ese de Educación Física y sus tiernas palabras sobre el pobrecito niño que lloraba y que era tan bueno (excepción hecha de detalles como que acababa de matar a una persona y herir a cuatro , además de llevar un cóctel molotov en el zurrón): ¿se habrá visto en la televisión? ¿Habrá reflexionado sobre la monstruosa falta de piedad que tenían sus melifluas palabras? Él sabrá. El penoso deporte de tratar a los verdugos como si fueran víctimas es uno más de los frutos de la confusión de valores que implantó en España el ingenuismo de la Transición, pero ya han pasado muchos años, ya deberíamos poner las cosas en su sitio, sobre todo, a nivel legal.

  5. Hola, compay. Diciendo amén a todo lo que aportas, únicamente me tomo la licencia de discutirte una aseveración: ni es ingenuismo ni fue implantado por la Transición. Es pura ingeniería social dirigida, desde los años 60, por la UNESCO y la antigua CEE. No solo está presente este rousseaunismo en la ley de 1970, sino en decretos anteriores.

    Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s