El bulevar de los sueños tontos

Si Étienne de la Boétie hubiera nacido en nuestra época, se habría visto obligado a introducir un capítulo en su famoso tratado sobre la servidumbre voluntaria donde se describiese el paradigma hispánico. Tal vez habría empezado aportando los datos de los treinta y nueve años de dictadura y de los catorce de felipismo, referencias estas que, bien articuladas, explican nuestra tendencia al tancredismo social. Pero creo que donde en realidad hubiera hecho sangre el franchute habría sido en la cuestión de las oportunidades perdidas y de la sorprendente maleabilidad del españolito que viene al mundo.

Porque yo, aun a riesgo de ser considerado un ingenuo, no me bajo del burro y sigo creyendo que lo del 15-M (sobre todo aquellas primeras cuarenta y ocho horas de vida en las que todos, tirios y troyanos, nos vimos representados por el grito de ‘no nos representan’) fue una ocasión que tiramos a la basura. La secuencia de los acontecimientos así lo revela. Primero: la falta de líderes y criterios claros hizo inevitable que la gente se pusiera a jugar a las asambleas y que estas terminasen siendo sodomizadas (ideológicamente) y desactivadas (políticamente). Segundo: el discurso de izquierdas al final fue el hegemónico en lo que se suponía que había nacido con afán transversal. Y tercero: una vez que la cosa estuvo controlada, la peña se puso a votar en masa al PP y luego a tratar de hacer la revolución desde dentro con el señuelo de Podemos y el placebo (ahora) de Ciudadanos.

Todos estas bonitas reflexiones domingueras vienen a cuento de lo que está pasando en la capital de nuestra Feliz y Nunca Suficientemente Loada Gobernación de Murcia. Resulta que la que iba a ser la coalición de izquierdas que disputase la alcaldía a José Ballesta, candidato de La PP Sociedad Anónima, se ha hecho añicos por los rifirrafes surgidos del proceso de primarias y de la lista que ha acabado confeccionándose. Al parecer los primeros puestos han sido copados por gente de IU, por lo que los de Podemos (o Ganemos o Juguemos o Follemos) llevan varios días hablando por lo bajini de la casta, y EQUO ha dicho finalmente que nones y se ha largado.

Y a mí me da hoy por pensar en el 15-M y en el bulevar de los sueños tontos porque todo este circo sin sol no es más que un ejemplo a escala cutrísima de lo que se ha ido fraguando desde 2011. Una vez más, sobre el escenario de una España absolutamente opiada por el bulo sentimentaloide de la ideología de partido, todo aquel que tenga ojos para ver puede comprobar que eso de cambiar las cosas desde dentro sirviéndose del sistema, no solo es un oxímoron (entre otras razones, porque se adquieren los mismos vicios de lo que se pretende amortizar) y algo que la historia, magistra vitae, jamás ha conseguido, sino que suele ser la excusa perfecta para que los que siempre han vivido del cuento (y en las capitales de provincia no pasan desapercibidos precisamente) continúen haciéndolo, con o sin siglas renovadas.

Lo que ha sucedido con Cambiemos Murcia, a pesar de sus eslóganes anticasta, es exactamente lo que ocurre en un partido político de la casta, es decir, lo que cabe esperar de personas que asumen sin rechistar las reglas de la casta (sistema proporcional, listas electorales, ausencia de representación por distrito…). Además, todos estos regeneracionistas tienen un problema y aún no se han coscado de ello: los cambios en el statu quo que parten de postulados ideológicos acostumbran a terminar en nada, sobre todo porque pasan por alto el pequeño detalle de que, aunque reconozcamos la necesidad de dar en la madre del régimen y mandarlo al carajo, no todos compartimos la gran verdad de la secta. (Ojo, la superioridad moral no es exclusiva de la izquierda; basta con oír a cualquier liberal despotricar contra las debilidades del pensamiento colectivista para que nos demos cuenta de que en todos lados cuecen las mismas habas.)

Y ahora, por si fuera poco, no puedo evitar sentirme inquieto con una idea que acaba de apoderarse de mí y también de esta mañana de domingo definitivamente echada a los perros. Algo que seguro termina jodiéndome el día. ¿Es posible que exista un pueblo, una raza, un volkgeist?, me pregunto angustiado, ¿puede ser que aquellos kartofen de finales del XVIII, los que se inventaron lo de la nación y todo eso, los abuelitos de Hitler,  Karadžić o Pujol; puede ser que toda esa panda de hijos de la gran puta al final tuviera razón y la gente estuviese sometida a los condicionamientos biológicos y culturales de la tribu?

Confieso que me da vergüenza hacerme estas preguntas en público, pero viendo cómo está el percal, juro que no me queda otra que pensar que el pueblo español existe y que es genéticamente incapaz de ser el héroe de su propia historia.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

3 comentarios sobre “El bulevar de los sueños tontos”

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