El mito de la autonomía educativa

Aun a sabiendas de que en cuanto se menta la bicha salen a relucir los consabidos calificativos de neoliberal, colectivista, facha, rojo o adorador de Wert, y, con ellos, los fantasmas del Estado y del Individuo, las sombras de la pública y de la privada, esta mañana voy a hablarles someramente del mito de la autonomía de los centros educativos. Y lo hago, sobre todo, porque me da la gana, pero también porque las vacaciones no han conseguido cambiarme y continúo con mi tole tole de trascender el debate ideológico en esto que aún algunos nos empeñamos en llamar enseñanza.

Los profanos deberían saber antes que la autonomía educativa es algo que nunca ha pasado de desiderátum, aunque haya sido un mantra proferido constantemente por los supuestos expertos. Quién no ha oído alguna vez aquello de que las escuelas y los institutos habían de adaptarse a la realidad de su zona y de sus alumnos, y que los profesores debían tener las manos libres y todos los recursos a su disposición para adecuar metodologías, contenidos y materiales según fuera lo que la realidad, tan vertiginosa, requiriese a cada instante.

Semejante farfolla conceptual es solo la parte más intrascendente de la enseñanza inclusiva, dogma de fe que fue creado en los sesenta por la llamada pedagogía crítica y que, como todos los dogmas educativos, suele provocar precisamente lo contrario. En el caso del mito de la autonomía, ha ocurrido que cuanto más se ha hablado de ella en los preámbulos de las últimas leyes educativas (desde 1970 en adelante), los centros educativos han ido siendo cada vez menos autónomos, hasta quedar finalmente expuestos al constante sobeteo de todas las partes implicadas. Los hunos creando los consejos escolares y diluyendo las funciones de la escuela con el fin de convertirla en ese gigantesco coño de la Bernarda en el que cada quien puede proferir todas las estupideces que se le vayan ocurriendo. Los hotros blindando las directivas para hacerlas la voz de su amo, meras correas de transmisión de la Consejería de Educación de la satrapía de turno.

Pero si la autonomía en la gestión es cada vez menos real, la otra, la que de verdad implica a los profesores, es directamente una burda mentira. Porque quienes asesoran en la elaboración de los planes de estudio que aparecen en los reales decretos no son sabios de dilatada experiencia académica, sino el experto pedagógico de siempre, el sindicalista que no representa a nadie, el padre iletrado miembro de alguna ampa cercana en ideología e intereses al partido de la taifa y, cómo no, la editorial que quiere sacar tajada.

El panorama, por tanto, es bastante poco autónomo: unos tipos que no han dado una maldita clase en su vida proponen y deciden, no solo qué contenidos, sino su presencia o no en las distintas etapas. De esta manera pueden ocurrir cosas tan divertidas como que al partido político en el poder se le antoje inventarse materias que nada tienen que ver con ese consenso social hegeliano simbolizado por la ciencia, que se cargue otras por presiones de los poderes fácticos de turno o por simple ceguera partidista, y que la distribución temporal de la mayoría de las asignaturas sea irreal (en el mejor de los casos) o rematadamente absurda (en el peor).

En definitiva, la autonomía educativa jamás ha tenido lugar, al menos más allá del estrecho corsé de la frase hecha y la mierda de toro. Y mucho me temo que nunca la verán mis ojos, ya que, si se piensa bien, es uno de los más poderosos adversarios del sistema de enseñanza actual, más enfocado en la fiscalización a ultranza de todos los individuos que lo componen, que en dejar espacios de libertad donde respirar tranquilos, en hacer responsable al profesional de sus propias decisiones o en acercar los órganos colegiados de decisión colectiva.

Así que, puesto que lo de la autonomía es otro mito, solo cabe actuar como la mayoría de profesores de la pública venimos actuando desde que se extinguieron los dinosaurios: hacer lo que uno crea más conveniente en sus clases y saltarse a la torera la programación si hace falta, tomar decisiones realistas que nada tienen que ver con lo que ordena la ley, y atender a las necesidades del momento, aunque para ello se deba mentir al inspector o, de nuevo, incumplir todas esas normativas ideadas por personas que no tienen ni puta idea de lo que es impartir una clase.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

4 comentarios sobre “El mito de la autonomía educativa”

  1. David, esto es dramático. La voz de los que de verdad sabemos qué es la enseñanza (que somos, por una lógica cristalina, los que trabajamos en ella) lleva décadas secuestrada por los bandoleros que mencionas en el artículo, de modo que de nada sirve que contemos con claridad y sencillez la verdad: se nos vituperará o, en el mejor de los caso para nuestros sufridos lomos, se nos ignorará. La autonomía de los centros es exactamente lo que revelas: un mito pueril, una engañifa sobrevalorada que, lo que es peor, ha servido de pretexto para destripar el sagrado deber de transmitir conocimiento que tienen los centros. Tú, yo y cualquiera de los miles de profesores de Lengua de este país tenemos muy claro lo que hay que enseñar: leer, escribir, entender, los verbos, los adverbios, el vocabulario, el sujeto, el predicado, Jorge Manrique, Larra, Delibes… No hay mucho lugar para invenciones y autonomías, casi todo lo que se ha hecho bajo ese disfraz han sido puras estafas.

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