A vueltas con Cervantes

Regreso a Las vidas de Miguel de Cervantes, uno de los libros más amenos de Trapiello. Por un instante me imagino que acompaño a esos investigadores que hocican ahora en las Trinitarias, que voy aquilatando la temprana osamenta de un rapaz que apenas ha estudiado dos o tres latines con los jesuitas de Sevilla y que acaba de malherir en duelo a un alarife. A pesar de la corrupción a la que el tiempo ha sometido los restos, aún puedo percibir en ellos el temblor de los arcabuzazos de 1571 o los cinco años de cautiverio en los baños de Hasan el Veneciano.

Destrabo después el gatuperio de esa época dada a la mala suerte, cuando regresa y descubre que el mundo ha seguido girando mientras él estaba en Argel. La corte, a pesar de sus heridas de guerra, ya no quiere al veterano. Ni América, a donde en dos ocasiones solicita marchar sin éxito. Tampoco la narrativa, por la que, siguiendo el rastro de de La Diana, renquea trabajosamente su Galatea. Y mucho menos el teatro, anquilosado y paquidérmico en comparación con el de Lope. Las malas artes y la peor fortuna hacen que por dos veces Cervantes dé con sus huesos en la cárcel. Trato de averiguar si esos mismos huesos son, como algunos aseguran, los de un tipo pendenciero y dipsómano. También si se puede ver en ellos las muescas del escritor que será.

Y de repente, en el amasijo de tierra húmeda, vuelvo a distinguir el milagro inusitado de 1605, que inicia la prodigiosa década de las Novelas ejemplares, la segunda parte del Quijote o las Ocho comedias y ocho entremeses. El destello sin embargo no conmueve a sus iguales, quienes lo consideran un escritor mediano que por pura chiripa ha obtenido el favor del vulgo. Finalmente, mientras la luz de su obra llega a una Europa sin España, observo cómo el viejo escritor se va apagando poco a poco, entre la pobreza a la que está predestinado, la mala vida de sus Cervantas y el ninguneo del parnaso castellano.

Y poco más. Cierro Las vidas de Miguel de Cervantes y pienso que, si por casualidad fuera cierto que han encontrado sus nobles huesos, estos seguirían siendo igual de anónimos para nosotros, exactamente igual de oscuros y huidizos. Así que, sea como fuere, al final termino conformándome con lo que hay. Que es aquello que ya sé. Que es, a su vez, algo que en España hemos aprendido de otros, los auténticos descubridores de Cervantes, los hombres de la Aufklärung y del Sturm und Drang que tienen la perspicacia suficiente para hallarlo en la fosa común de lo que, hasta entonces, es nuestro Barroco.

Ellos ven cuanto los españoles no somos capaces de ver. Ven a un monstruo, a un gigante cuya sombra no tarda en proyectarse sobre la novela europea. Por eso, para cuando los del 98 acudan en procesión a su sepulcro, ya habrá sido honrado por miles de lectores extranjeros, que serán quienes lo hagan formar parte del canon literario universal.

Nunca cobrará tanto sentido como entonces aquella ‘unamuniada’ de ¡que inventen ellos!

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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