Los huesos de Cervantes

Si la foto de arriba fuera un paradigma o una empresa, veríamos en ella a dos recuestadores históricos, siempre a la zaga de una España perdida. Perdida, claro está, para quienes tuvieran los ojos y la mente suficientemente avisados, ya que pertenece a la naturaleza del intelectualismo patrio pensar que nada de lo que acontece alrededor es en realidad España: España se halla dentro de España, en la inevitable  intrahistoria, o fuera de ella, en esa especialidad académica de las universidades extranjeras llamada ‘hispanismo’. Por pura incapacidad para mirar, el sabio español que se pregunta por España sigue buscándola todavía, demorándose sine die en su trabajo, como un funcionario que sabe que, haga lo que haga, le van a pagar lo mismo.

Pero la imagen de los dos investigadores que escarban en los huesos de Miguel de Cervantes es sobre todo una alegoría. Y como tal, contiene una verdad latente, un punctum (que diría Barthes) que hace que haya quien se emocione al contemplarla. No ha hecho falta que anduvieran entre nosotros Unamuno o Azorín para que se haya pensado y repensado públicamente sobre el particular. Ellos, los del 98, que a su manera también hocicaron en todas esas fosas comunes de lo que estimaban era el cadáver desperdigado de lo hispánico, estarían ahora felices como niños. Igual que lo están sus epígonos, los intelectuales de hoy, agradecidos por poder demostrar al fin que tenían razón, aunque por supuesto se guarden mucho de exteriorizarlo.

Porque lo suyo es intervenir con el semblante severo de un Catón o de un Séneca, y escribir artículos o conceder entrevistas donde, como hiciesen los que perdieron Cuba, se reclame el consabido respeto a los huesos de quien murió pobre, olvidado, y más olvidado estuvo durante cuatrocientos años. La consigna es unánime: nada de homenajes; el mejor homenaje es leerlo. Hay incluso quien se muestra indignado con el pueblo español, como puede estarlo un padre al que todos sus hijos le han salido torcidos. El vulgo es desagradecido con sus genios, dice, y no se los merece. Cuando confirmen que es Cervantes el de la foto, todos desearán que se quede donde está. Que se le ponga tal vez una plaquita identificativa para que los turistas se dejen los cuartos. Un humilde monumento a lo sumo que acaso no levante dos palmos del suelo. No lo digo yo. Lo han dicho ellos.

El intelectual buscador de España, que cree que nadie más que él puede llevar a cabo la pesquisa, cree también que es el único capaz de comprender la realidad del país. Pero la verdad es que suele ser el más ignaro de todos, mucho más incluso que aquellos a los que considera ignaros. Su analfabetismo es perceptivo y suele mantenerlo muy alejado de la calle. Así que resulta normal que profiera todas esas sandeces y no se entere de que en España hace décadas que no se abre un solo Quijote, entre otras razones porque los institutos, donde antaño se leía, son ahora trincheras al borde del colapso donde los profesores de Lengua se baten el cobre para que los chavales puedan al menos escribir sin faltas de ortografía. Sería poco probable; no, poco probable no: sería un milagro que la peña se pusiera a leer de repente, por muchas osamentas que se hallasen y por muchos centenarios que se celebraran este año y el que viene.

Aunque lo que más confirma el autismo de los intelectuales hispánicos es esa beatería de mostrarse escépticos ante las distinciones (ellos, que en su vida han rechazado un premio, una subvención o una medalla), como si estas solo pudieran ser una exhibición de vulgaridad plebeya, de show business o, lo que es un lugar común en sus opiniones, de fascismo institucional. Puesto que en el fondo son hijos de su tiempo, puesto que es el régimen político el que los ha creado y amamantado, no pueden concebir otro universo que el que les procura la limitación de su endogamia. Por ello, son incapaces de admitir que, si bien los españoles no nos merecemos los huesos de Cervantes, Cervantes sí se merece lo que, desde hace cuatrocientos años, se le ha estado negando. No unas cuantas lecturas, sino cien días de homenaje. No una plaquita, sino un mausoleo cuyas torres se eleven hasta las nubes. Y un desfile. Y tres días de fiesta. Y un funeral de Estado.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Un comentario sobre “Los huesos de Cervantes”

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