Un enorme montón de mierda

Cuando a Jesús se le ocurrió aquello de que la verdad nos haría libres, está claro que no pensaba precisamente en los españoles, al menos en la mayoría de nosotros. Tras la masacre del 11 de marzo de 2004, solo quienes viven instalados en la cúpula de un partido político, ocupan las altas jerarquías de alguna empresa de comunicación o forman parte de las cloacas policiales del Estado pueden gozar aquí de auténtica libertad y de un acceso sin restricciones a esa verdad que los demás ni olemos. Porque todo: la manipulación informativa vivida después de los atentados, la desaparición de las pruebas, la ineficaz sentencia de 2007… o sea, todo, forma parte de una densa cortina de humo que únicamente ha perseguido el hartazgo, la confusión y, finalmente, el olvido. «Que sea tan enrevesado que cualquiera pueda tener una teoría, pero que nadie sepa la verdad», dice Ray Winston interpretando el papel de un espía apagafuegos en Al límite, un blockbuster de palomitas y cocacola que solo por esta sentencia vale la pena tragarse.

Y es que desde que el franquismo nos hizo a su imagen y semejanza, los españoles, cobardes como nosotros solos, nos hemos visto incapaces de construirnos un criterio medianamente sólido de la realidad que habitamos. Por ello no resulta extraño que al final siempre terminemos demandando esa pequeña dosis de ruido mediático que nos permite sentirnos reales en la eterna ficción del partidismo patrio. Ruido que reclamaron quienes aquel 11 de marzo aplaudieron a Aznar y a su troupe informativa cuando estos tuvieron la desvergüenza de insistir en la autoría de ETA, y también quienes votaron a Zapatero tres días después, a pesar de que, lanzando a la masa contra las sedes del PP, Rubalcaba acabase de dar todo un señor golpe de estado. Ruido que aún exigen unos y otros cuando se arrojan teorías conspirativas y oficiales a la cabeza, como si cada una de ellas poseyera una impronta ideológica clara: si eres de izquierdas debes creer a pies juntillas que unos cuantos moros lo hicieron en nombre de Alá, y si eres de derechas tienes que comulgar con las tesis que aún insisten en meter en el fregado un poco de titadine y alguna chapela euskalduna. Los españoles no tenemos otra forma de concebir el juego político. Y que a veces este juego consista en sacar rédito electoral hasta de los muertos es una cuestión que tampoco nos preocupa demasiado.

Aunque lo más espeluznante es que al final nos hemos tomado el peor atentado de la historia de Europa sin trauma, e incluso con la estoica pachorra de quien sabe que en invierno hace frío y en verano hace calor. Lo cual vuelve el asunto mucho más patético de lo que a primera vista pueda parecer. Porque es como si hubiésemos aceptado con naturalidad el hecho de que el terror nunca ha sido un problema para España, sino una institución más que ha influido en el devenir histórico del país y en el vientre de sus ciudadanos. Como si nos hubiéramos resignado a asumir que esta mezcla de gélido organismo estatal y de cálido percutor de pasiones ha convertido el terrorismo, bajo la apariencia de enemigo de la democracia, en una de las herramientas más útiles del poder cuando se trata de mantener prietas y acojonadas las filas de contribuyentes.

Así que, después de once años, seguimos igual. Votando a los mismos políticos que aquella mañana se lanzaron como buitres sobre las tripas de las víctimas. Repitiendo las consignas de los mismos gurús mediáticos que, desde entonces, han estado haciendo causa partidista del dolor de miles de españoles. Sintiéndonos protegidos por unas fuerzas de seguridad que saben perfectamente quiénes pusieron las bombas en los trenes. Y hacemos como si nada hubiera pasado por un motivo: ya no somos una nación.

No. Una nación que ha podido sobrevivir a ciento noventa y dos cadáveres sin que se haya producido ningún tipo de catarsis en su seno, no es una nación. Es un enorme montón de mierda.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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