Más Retórica y menos Van Dijk

No sé si fue antes el huevo o la gallina, pero lo cierto es que, se mire por donde se mire, la Retórica terminó sentando las bases del esplendoroso desarrollo de Occidente. Que naciese en Atenas no fue casualidad, ya que era la herramienta más eficaz que se podía utilizar en el Ágora o en la Boulé; por eso tampoco es baladí que alcanzara las más altas cimas de perfección durante la República romana. Hasta que la Ilustración no desterró la disputatio de las universidades, la Retórica se mantuvo como el paradigma holográfico de la cultura europea, fundamentado en que los hombres aprendían mediante la discusión pública, por contraposición de argumentos y también a través de la memorización de las técnicas de la oratoria. El modelo, heredado de la sofística, se mantuvo inalterable durante siglos: todo conocimiento consistía en la persuasión, pues la verdad no se encontraba en las ideas que se transmitían, sino en la forma y en los argumentos (de autoridad) que se utilizaban para expresarlas.

Hoy, cuando alguno de mis alumnos trata de explicarse en voz alta, se suele hacer la picha un lío. Pocos hay que puedan construir tres frases seguidas sin recurrir a los típicos marcadores y latiguillos. Al principio un balbuceo, luego un ir y venir inconexo de ideas pilladas al vuelo, y finalmente un silencio para tratar de ordenar lo que se quiere decir, un gesto muy leve de agonía ante lo inevitable y la rendición sin condiciones. Cuando les hago una pregunta en clase que requiere la construcción de un argumento, siempre es igual. Poco importa la edad que tengan, el curso al que vayan o las notas que saquen. La mayoría, aunque conozca perfectamente las respuestas, termina desistiendo ante la imposibilidad de montar un discurso coherente. No saben hablar en público. No saben pensar en voz alta. Se pierden en su propio laberinto de frases hechas y vocabulario irrelevante.

Y lo peor de todo es que jamás se toparán con alguien que les enseñe a hablar bien, entre otros motivos porque nadie enseña esas cosas en España. Si hay un privilegiado que se maneje con las palabras, lo hace casi siempre por hábito, por experiencia o por proclividad natural, no porque lo haya aprendido en algún sitio. El otro día un estudiante norteamericano de intercambio me decía que en su país son habituales los talleres de debate y que en las clases de Lengua Inglesa suelen iniciarse en los mecanismos retóricos más rudimentarios. Me di cuenta, mientras hablaba con él, que hay sistemas educativos que siguen conservando lo esencial del antiguo Trivium, es decir, la Gramática, la Retórica y la Dialéctica. En España sin embargo no pasamos de la Gramática, y cuando lo hacemos, los profesores de Lengua abrazamos con fervor los dogmas de fe de la Pragmática, que han terminado por alejar nuestras clases del mundo de los mortales. Quizá esta sea la causa de que nuestros alumnos, pero también nuestros periodistas o nuestros intelectuales, se expresen tan rematadamente mal. Tal vez ello explique que en EE.UU. se hayan pronunciado los mejores discursos del siglo XX y que aquí, en cambio, los políticos no acudan a ningún evento sin su cartapacio de folios, casi siempre escritos en un estilo pedestre.

Hablar en público, argumentar razonadamente y persuadir al receptor tiene sentido en sociedades donde el debate sirve para algo, donde aún existen foros en los que expresarse libremente y guiar a la comunidad con la palabra. Por eso creo que esa depuración política y social de nuestro país que algunos buscan con desespero pasa por que los profesores de Lengua hagamos descender nuestra humilde materia de las esferas de Teun A. Van Dijk a los púlpitos de Quintiliano. Y también creo que debemos recuperar la vieja idea de que la Lengua no es solo una ciencia destinada a hablar de sí misma, sino que además es una técnica que puede servir para convencer, demostrar, instruir o simplemente entretener a un receptor.

Porque lo que está claro es que con esta Lengua Castellana y Literatura, tal y como continúa concibiéndose todavía, no vamos a ninguna parte.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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