Política ficción

El molt honorable diputado Albert Mas (pariente de Artur Mas, quien fuera President de la ya extinta Generalitat catalana) también pertenece a CiU. En las últimas elecciones legislativas, tras una segunda vuelta, y espoleado por la promesa de no jurar la Constitución si era elegido, ha obtenido la victoria en la circunscripción electoral uninominal de la ciudad de Tarragona donde se presentaba, por lo que será nombrado diputado de la Asamblea Nacional. Sabe que ante sus electores (que aún anhelan fervientemente el advenimiento de la patria catalana) debe cumplir su principal promesa electoral si no quiere arriesgarse a que, en menos que canta un gallo, revoquen su nombramiento y lo devuelvan a casa, como ya ha ocurrido en alguna ocasión con otros diputados electos.

Pero el pobre Albert está ante un dilema. La noche antes del acto solemne en el Edificio de la Circunscripción, Jordi Pujol (quien, tras su enérgica vuelta a la presidencia del partido, todavía lo gobierna con guante de hierro a pesar de sus ciento cuarenta años de edad) lo ha llamado por teléfono y le ha dicho que la consigna de CiU ha cambiado, y que ahora debe jurar la Constitución y hacerse con el escaño de la Asamblea. Las otras tres circunscripciones donde el partido ha ganado van a hacer lo mismo. No hay que desperdiciar la oportunidad de marchar a Madrid, aunque eso signifique enfrentarse a impopulares procesos de revocación de actas.

–El partido ­–ha concluido el matusalémico Pujol antes de colgar– cree que es vital estar en la Asamblea, ir y venir fingiendo que ponemos el grito en el cielo por el poco caso que se allí se hace a Cataluña, reclamar una vuelta al sistema Autonómico de la Constitución de 1978. ¡Aquellos sí que eran buenos tiempos!

Al día siguiente, minutos antes del comienzo del acto de investidura, habiendo tenido que soportar los abucheos de centenares de personas leales a la causa catalana que se agolpaban en la entrada del Edificio de la Circunscripción, el resignado diputado electo sufre un desmayo. Todo el Edificio es un ir y venir de personas que gritan y se afanan buscando a un médico.

Y mientras eso sucede, se opera en la inconsciencia del vahído un milagro secreto. De repente la vida de Albert Mas se bifurca, y él, el auténtico, es capaz de ver cómo un Albert Mas se niega públicamente a jurar su cargo y cómo otro Albert Mas lo hace temeroso y acongojado. Luego las imágenes se suceden, análogas y vertiginosas.

El primer Mas es recibido como un héroe por los mismos que le abuchearan al entrar. Una semana después Jordi Pujol lo expulsa del partido. Tres meses y medio más tarde funda uno nuevo, aprovechando el tirón que le proporciona el acto de rebeldía contra el estado opresor. Pero, tras dos años de pancartas, congregaciones y Diadas, ahí acaba la historia. Consciente de que aspirar a la Asamblea Nacional lo devolvería al principio del camino, renuncia en su programa (como buen catalán que es) a pisar Madrid. Don Albert Mas morirá plácidamente en su cama a la edad de ochenta y cuatro años. Salvo el acto de homenaje de algunos seguidores, nadie en España sabrá nunca quién fue.

El segundo Albert jura la Constitución. Seis meses después, la Oficina del Representante admite a trámite la petición de revocación del acta de diputado presentada por sus electores. El ejemplo no solo cunde en las otras tres circunscripciones donde ha vencido CiU, también en Vigo (BNG) y Álava  (PNV). En esos lugares, como dicta la Constitución, se repiten las votaciones. PNV, BNG y CiU, temerosos y conscientes por vez primera de que han cebado irremediablemente un nacionalismo de base que ahora les exige coherencia en sus actuaciones, deciden limitar su campo de acción a los ayuntamientos donde gobiernan.

Albert Mas se convierte así en una de las voces más críticas de su partido. Con el tiempo, muerto ya Jordi Pujol a la veterotestamentaria edad de ciento ochenta y tres años, llega a ser presidente de CiU. Poco después, llevará al partido a una inevitable refundación. Su legado se llamará ahora: PRC, Partido Regionalista Catalán.

Nadie se acordará de la ene de ‘nacionalista’.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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