Cómo piensa un intelectual del régimen

Lo bueno de cumplir años es que empiezas a tener las cosas claras. Todo se te revela tal y como es. Si buscas respuestas, las encuentras. Y no muy lejos. Le echas un vistazo a la prensa y allí están, a pesar del consenso mediático o de la autocensura. Y ya si te adentras en esa geografía plana y abastardada que es la sección de opinión, hasta puedes comprender cómo piensa un intelectual del régimen.

Pongamos como ejemplo a Manuel Ruiz Zamora, filósofo e historiador del arte que el 3 de febrero se dejaba caer en El País con un artículo que llevaba el malogradamente impactante título de Elogio de la corrupción. En él venía a exponer el churchillianismo de que la democracia es el menos malo de los sistemas y que, por ese motivo, la corrupción no era más que el daño colateral de una sociedad libre. Leído en diagonal, el artículo no destaca mucho, pero escrutado atentamente, cobra la envergadura de un interesante paradigma.

Ruiz Zamora comienza exponiendo su tesis con la siguiente frase, extraída del parlamento del senador Graco, personaje que Charles Laughton interpreta en el Espartaco de Kubrick: «Yo tolero una República corrompida que asegure la libertad al pueblo, pero no toleraré la dictadura que pretende imponer Craso sin ninguna libertad». Lo cual queda apuntalado con el siguiente razonamiento (esta vez sí, de su propia cosecha):

Una cosa es que nuestra sociedad haya padecido (atentos al siguiente eufemismo) una serie de episodios de corrupción más o menos intensivos […] y otra muy diferente la idea que […] están propagando con relativo éxito unos cuantos avispados profesores de teoría política: que son las propias bases de nuestra democracia las que, desde su origen, están corrompidas. 

Desvelando de esa manera tan cutre que es Podemos el partido que se esconde tras su elipsis narrativa, seguidamente introduce el sobado pasiego del populismo, tan deglutido por los que se tienen por moderados:

La expresión “democracia corrupta” (o su sinónimo en la conciencia de clase: democracia burguesa) era la moneda corriente de cambio de todos los movimientos autocráticos del pasado siglo.

Por último, en un alarde hermenéutico de casinillo noventayochista, comenzando por Platón y terminando por Franco, y comparando también algunas de sus consignas con aquel “no nos representan” del que nació Podemos, concluye su retahíla de trivialidades con esta frase pretendidamente lapidaria:

La peor corrupción no es la que brota de forma más o menos circunstancial en un régimen de libertades, sino aquella que […] viene de quienes se envuelven en la bandera de la incorruptibilidad para instaurar un proyecto político que, en el mejor de los casos, tan solo proyecta sombras inquietantes.   

He aquí, por tanto, cómo piensa un intelectual del régimen:

En primer lugar sabe que no vive en una democracia, pero es capaz de escribir, sin la autocensura que exige el decoro, el sintagma “nuestra democracia”. El objetivo que persigue es que semejante premisa sirva de andamio en su estrategia de asimilar a los enemigos del régimen con los enemigos de la democracia. Que Craso-Podemos critique la corrupción de la República-democracia-hispanistaní significa que es enemigo de ella.

En segundo lugar, el intelectual del régimen observa en cualquier denuncia de la corrupción la sombra del populismo. Ruiz Zamora acude a la república platónica y a los totalitarismos, como si estos hubieran sido los únicos que históricamente hubiesen condenado la corrupción de la democracia, pero obvia a Aristóteles, a Montesquieu o a los fundadores de los EE.UU., quienes opusieron la República (Politeía) a los desmanes de la democracia, que consideraban una perversión de aquella.

El intelectual del régimen, por último, no dudará en propagar a los cuatro vientos el virus de la desmemoria histórica y de la ignorancia. La peor corrupción, nos sugerirá, proviene de todos aquellos que enarbolan la bandera de la anticorrupción. Ergo, los auténticos enemigos de la democracia son aquellos que en su discurso introducen la crítica al actual statu quo. Por eso nuestro autor omite desde el principio la única verdad que se puede constatar con los hechos, a saber: que en España la corrupción, igual que aquel spoil system que inventara Walpole en el siglo XVIII, es institucional, y que, como tal, se da únicamente en regímenes donde los poderes del Estado no están separados, es decir, en regímenes que no son democracias. Y que a la corrupción institucional le acompaña siempre la corrupción de las ideas.

Los integrantes de esa intelligentsia moderada que acostumbra a vestirse de Tercera España en el mercadillo de tópicos de segunda mano (liberales pero socialdemócratas aunque liberales y sin embargo socialdemócratas), son hoy los intelectuales del régimen. Hace cincuenta años habrían sido puro franquismo sociológico.

Se pueden reconocer fácilmente. Su naturaleza lacayuna los hace argumentar como un mayordomo agradecido que defiende el apellido de su señora.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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