El mito de la educación obligatoria

Siempre he desconfiado de los mitos sociales porque los considero mucho más nocivos que los religiosos, y además no tienen su encanto. Vuelven a la gente suspicaz y tienden a convertir el mundo que se alza ante sus ojos en un espacio plano, mediocre y poco interesante. Por eso es normal que cuando te muestras a favor de la enseñanza pública pero absolutamente en contra de la enseñanza obligatoria, la mayoría o bien no se entere de qué va la historia, o (lo que es peor) te miren como si fueras una especie de hijo secreto de Adolf Hitler.

De nada sirve que te dejes los hígados en demostrarles que la lógica de asimilar igualdad y obligatoriedad es tan absurda como perversa, y que un derecho (la educación) no puede convertirse en un deber. Cuando sale el tema, jamás menciono cuál es el origen histórico del mito de la enseñanza obligatoria, por falta de tiempo pero también por cansancio y escepticismo, ya que nunca estoy seguro de que se vaya a entender que el nacimiento del mito es, en sí mismo, una anticipación de los verdaderos fines que hoy se persiguen obligando a los chavales a pasar por la escuela. Sin embargo esta mañana, convaleciente como estoy de la gripe, tengo todo el tiempo del mundo y además me importa un bledo que la gente capte o no la moraleja. Así que allá va la historia.

El mito de la obligatoriedad surgió a principios del siglo XIX, a la sombra de la reforma educativa llevada a cabo en Prusia tras la derrota ante Napoleón en la batalla de Jena (1806). Fichte, en sus Discursos a la nación alemana, habló por primera vez de la necesidad de ordenar un sistema de instrucción que, en lo sucesivo, impidiese que un ejército profesionalizado como el prusiano fuera vencido de nuevo por el grupo de voluntarios que componían aquellas huestes napoleónicas que habían hecho temblar a media Europa. Tras la humillación de Jena, decía, se había acabado una época en la que el egoísmo de los ciudadanos había provocado que los gobiernos se debilitaran y la sociedad hubiera dejado de estar cohesionada. Puesto que en una situación así el individuo, por sí solo, no podía luchar contra el egoísmo, se hacía necesario instruirle para que recuperase el amor por el bien público. La educación debía estar en manos del Estado y ser obligatoria; únicamente así los alemanes serían capaces de reconstruir la nación e inculcar a las nuevas generaciones en qué consistía un orden social justo.

Fichte enumeraba seguidamente cuáles tendrían que ser las características de una buena educación.

En primer lugar, el sistema de instrucción estatal obligatorio había de formar las emociones e impulsos vitales de acuerdo con unas normas:

La nueva educación debería consistir precisamente en aniquilar por completo la libertad de la voluntad ya desde la base que ella pretende cultivar.

En segundo lugar, debía provocar que el educando aprehendiera la imagen de un orden que se le exhibía como moralmente bueno:

Esa capacidad de esbozar espontáneamente imágenes que no son en absoluto meras copias de la realidad, sino que son susceptibles de convertirse en arquetipos de la misma, sería el punto de partida para, por medio de la educación, formar las generaciones futuras.

Por último, el educando tenía que comprender tan profundamente el orden social que dicha comprensión acabara despertando un impulso espiritual y consiguiera transformarlo por completo:

[Lo] más importante es que este amor sublime su “yo”, lo introduzca de manera circunspecta y de acuerdo con una regla en un orden completamente nuevo de cosas. […] Ocurre así que esta manera de formación espiritual es la preparación inmediata para la formación moral.

Dos años más tarde, inspirado en Fichte, su buen amigo Wilhelm von Humboldt, Ministro de Educación, implantó el nuevo sistema en toda Prusia. Se perseguía la creación de funcionarios leales en el sector de los servicios y la administración, soldados obedientes en el ejército y trabajadores disciplinados en fábricas y granjas. Para ello (según John Taylor Gatto), se concibió la siguiente estructura: la Escuela Académica (Akademieschule) destinada a tan solo un 1% de la población y donde habrían de estudiar los futuros líderes nacionales; la Escuela Real (Realschule) a la que acudiría aproximadamente un 7% de los alemanes y que estaría reservada a los profesionales de la ingeniería, el derecho o la medicina; y la Escuela del Pueblo (Volkschule), a la que asistía el 92% de la población y donde se ofrecieron los rudimentos básicos de alfabetización retrasando hasta los seis años la edad para aprender a leer e inculcando obediencia, normas de comportamiento y mitos históricos oficiales.

Me juego mi precaria salud de esta mañana a que todo esto les suena a algo.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

4 thoughts on “El mito de la educación obligatoria”

  1. Cien años despues de que Fichte y Homboldt montaran su chiringuito, especialmente la Volkschule, hoy llamada ESO, en agosto de 1914 multitudes fueron a alistarse para morir pocos días después despanzurrados en las trincheras…, mira lo bien que funcionó el invento.
    Y otro apunte: en la Volkschule, hoy, el importa un pimiento a casi ningún grupo politico, que se imparta algún conocimiento que valga la pena…, pero se pelean por ella los partidos nacionalistas partidarios del Volksgeist, que saben muy bien como funciona el invento desde hace 200 años…, y los otros (imbéciles) están encantados de entregársela.

  2. Salió dos veces, Creo que la segunda es la buena, borra uno de los dos. Y cuídate la gripe, que con la saña con la que nos castigan (somos muy vagos, vivimos muy bien, tenemos muchas vacaciones y tenemos la culpa de la crisis económica entre otras lindezas) llegamos al límite de nuestras fuerzas…, a finales del curso pasado, aguantando lo inaguantable tuve el peor susto de salud de mi vida.

  3. Querida Hesperetusa, fíjate que la “tripartición” prusiana servirá de modelo a partir de entonces a los demás sistemas educativos europeos. Ven en ella una salvaguarda del orden social. De hecho, Prusia será admirada por intelectuales y oligarcas europeos y yanquis como una nueva Esparta de que la copiar bastantes cosas.

    Muchas gracias por tus deseos de recuperación. En ello estoy, leyendo, escribiendo y viendo de vez en cuando alguna película. Espero que el susto que mencionas haya sido dejado atrás definitivamente.

    Un abrazo.

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