Un eslabón en la cadena áurea

La muerte de un senador obliga a Jim Taylor (Edward Arnold), un magnate sin escrúpulos, a buscar a un hombre de paja que favorezca su pretensión de hacerse con unos terrenos para construir una presa. La china le toca a Jefferson Smith (James Stewart), que es, además de presidente de los Exploradores de América (una especie de Boy Scouts), el resultado de ese maridaje, tan querido por Frank Capra, que aúna lo mítico (Thomas Jefferson) y lo corriente (el apellido Smith, tan común y anónimo como nuestro García). Cuando descubre la corrupción a la que debe servir de tapadera, el aparentemente ingenuo señor Smith sorprenderá a propios y extraños enfrentándose, como un auténtico caballero andante sin espada, al mismísimo Jim Taylor, que no solo manipula a su antojo la política de Washington, sino que también posee la mayoría de los medios de comunicación de EE.UU. David contra Goliat, aderezado todo ello con la presencia de una astuta y descreída Clarissa Saunders (Jean Arthur), inestimable aliada del joven idealista y representante, cómo no, de la tercera pata de este banco: el periodismo.

Veo por enésima vez en la TCM Caballero sin espada y, aunque me la sé casi de memoria, al final sigo emocionándome. Si tuviera que elegir cinco películas de Capra, me quedaría, por este orden, con: Qué bello es vivirCaballero sin espadaUn gánster para un milagroArsénico por compasión y Juan Nadie (la verdad es que el quinto lugar se lo disputarían también Vive como quierasEl secreto de vivir y Sucedió una noche). Siempre que pierdo el rumbo, cuando de repente me sorprendo apretando la mandíbula y sintiendo unas ganas terribles de prenderle fuego al planeta, suelo acudir a ellas porque me hacen confiar en que aún exista la posibilidad de que el mundo continúe albergando alguna que otra maravilla. A pesar de que Caballero sin espada aparece en el segundo puesto de mi lista, es la que más consuelo me suele ofrecer. Y esta noche me viene como caída del cielo.

Sí, lo confieso: Frank Capra es mi debilidad. Y lo es por diferentes motivos. El primero, porque en sus películas aún funciona a la perfección eso que los americanos llaman storytelling y que ya los hombres de la Edad Media conocían como docere et delectare. El segundo, porque en el mundo de Capra el sentido moral de sus historias, por más que algunos lo tachen de edulcorado y ñoño, no está carente de una buena dosis de realismo y de crudeza, mediante la que es capaz de hacer que te enfrentes a cara de perro con aspectos de tu vida que muchas veces no te atreves siquiera a nombrar. El tercero, porque sus protagonistas son hombres y mujeres que llegan a un momento crítico de sus vidas en el que de pronto deben elegir, y casi siempre esta elección pone en juego su integridad, su honradez y el mismo sentido de vivir en sociedad. Los personajes de Capra suelen ser personas corrientes en las que, de toparnos con ellas, no encontraríamos nada asombroso o digno de resaltar, y que sin embargo se revelan como auténticos héroes ante una adversidad motivada por la imparable maquinaria de los poderes político y económico.

Y ahí precisamente radica el último motivo de que lo adore. Porque sus argumentos poseen siempre el añadido imprescindible de ser un alegato a favor de la valentía, la integridad y la honestidad, cosas que hoy parecen estar absolutamente pasadas de moda. Su cine es un eslabón en esa cadena áurea de la cultura norteamericana que parte de la tríada EmersonThoreauWhitman, continúa por Mark Twain, pasa por Capra, sobrevuela la augusta cabeza del Atticus Finch de Harper Lee y llega hoy día hasta Aaron Sorkin, el creador de series como El ala oeste de la Casa Blanca, Studio 60 on the Sunset Strip o The newsroom. La cultura de la libertad, la independencia del individuo, la voluntad, la coherencia personal y la lealtad a la comunidad.

Mientras veo al sufrido Jefferson Smith batiéndose el cobre en el Senado, pienso que el Mundo-Capra solo pudo haber nacido en el país de la Constitución más vieja y más perfecta de todas, aquella que nadie ha sabido copiar en Europa. La que empieza por estas tres mágicas palabras: We the people. Y la que no contiene ninguna de estas otras: nación y soberanía.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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