El Proyecto Rivera

Así como en su día pillé casi al instante de qué iba el Plan Podemos, confieso que el Proyecto Rivera se me ha resistido un poco más. Utilizo las palabras “plan” y “proyecto” porque el matiz que separa ambas es importante, con una carga mucho más de realidad factible la primera, y expuesta la segunda como una suerte de desiderátum.

El Plan Podemos estaba claro desde el principio: ha sido la arriesgada estrategia electoral del PP para minimizar los daños causados por la crisis económica, destrozar el PSOE fragmentando la izquierda y movilizar de nuevo, azuzados por el miedo al ogro comunista, a los dos millones de votantes que previó perdería en las elecciones europeas y que se fueron directamente a la abstención. Por eso la presencia mediática de Podemos ha sido persistente desde entonces. Y cuando el monstruo de Frankenstein se ha puesto gallito y ha amenazado con hacerse demasiado fuerte, el establishment ha seguido situándolo en la vanguardia, pero esta vez para acabar con su telegenia y hacerle picadillo. Podemos ha cumplido con su papel y ya está amortizado.

El papel de Ciudadanos sin embargo es más evanescente. Cuando alguien fabrica un enemigo, crea un antagonista manifiesto, es decir, la otra cara de Jano, y no un competidor. Así que está claro que Ciudadanos no forma parte del plan electoral del PP, porque es un competidor directo en la labor de recuperación de esos dos millones de abstencionistas. Ni Arriola ni Rajoy son tan estúpidos, aunque a veces, con esa obsesión por el perfil bajo, lo parezcan. Por otro lado, Ciudadanos tampoco se presenta con el marchamo colectivo de Podemos, que está empujado por un triunvirato mediático (hoy venido a menos) y por la demagogia de los ‘círculos’ (sometidos a la ley de Michels), sino como un partido clásico, a pesar de sus primarias, cuya imagen es única: Albert Rivera. Y eso al PP tampoco le conviene, pues ahora mismo no tiene a nadie que pueda estar a la altura estética del catalán. De ser proyecto, Ciudadanos es en realidad el Proyecto Rivera.

Atendamos, por tanto, al storytelling del aludido: soy un tipo sensato que cree en la Constitución y que quiere un cambio tranquilo. Lo del “cambio tranquilo” no me lo invento yo, lo ha soltado él en alguna que otra entrevista. Pero tampoco la frase le pertenece, pues antes que Rivera, ya la decía Zapatero en el 2004. Y antes que Zapatero, Aznar en el 96. González en el 82 no añadió nada a su famoso eslogan Por el cambio, pero, puesto que su primer acto oficial como presidente fue acudir a una misa en el acuartelamiento de la División Acorazada Brunete, parece que se esforzó en que el susodicho cambio fuera también bastante tranquilo.

Tanta coincidencia abruma, y no porque el eslogan vaticine la victoria de quien lo utiliza, sino porque se difunde como un mantra para demostrar que todo puede seguir igual que estaba. Sobre todo porque ningún cambio tranquilo ha venido precedido de mucha tranquilidad que digamos: golpe de Estado (81), corrupción y GAL (96) y 11-M (2004). La teoría parece fallar en la alternancia de 2011, cuando ni siquiera se apeló al cambio, pero es precisamente la llegada al poder de Rajoy la excepción que confirma la regla. ¿Y si la apelación al cambio y a la tranquilidad se hiciera, además de cuando llega otro partido a la Moncloa, cuando el régimen, para sobrevivir, necesita maquillar su naturaleza mostrando una aparente renovación?

Así que cualquier mente calenturienta y alucinada como la mía podría pensar que el Proyecto Rivera no tiene nada que ver con el interés partidista ni con la artimaña electoral, sino con algo que trasciende a los partidos políticos y que apunta directamente al régimen político que los sustenta. Alguien con tendencias conspiranoicas como yo podría sacar en claro de todo esto que, pese al ruido y al confeti, lo que se prepara no es más que otro cambio tranquilo. Quizá no para este año, pero sí para muy pronto. Y que nos queda chiringuito para rato.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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