Musk

En mi infancia tenía afición por los inventores. De las películas de James Bond siempre prefería aquellos pasajes en los que Roger Moore (para mí no ha existido otro James Bond) acudía al taller de Q para adquirir alguno de sus artilugios. Era como ir al super, pero con la diferencia de que allí todo salía gratis. Precisamente esa asequibilidad de lo maravilloso era lo que me fascinaba de la mayoría de científicos e inventores de la ficción. Por ejemplo, el Capitán Nemo, que iba en un supersubmarino con todos los avances imaginados antes de que Isaac Peral echase al mar el suyo, o el doctor Reed Richards (Mr. Fantástico, para los amigos), que tenía a su disposición innumerables naves y máquinas con las que viajar en el tiempo, a la Zona Negativa y a otros universos paralelos. Por eso, desde que me tocó ser padre, adoro a Doraemon y su bolsillo mágico. Y por eso, desde que oí hablar de Elon Musk, de todo lo que está haciendo y, sobre todo, de lo que pretende hacer, no quito ojo a su trayectoria.

Elon Musk es un físico de origen sudafricano que, recién salido de la universidad, allá por los noventa, creó nada más y nada menos que Zip2 y PayPal. La venta de ambas empresas le permitió introducirse en otros ámbitos de investigación, y en la actualidad es el dueño de SpaceX (que ha creado la primera nave espacial de capital privado, el Dragon), Tesla Motors (que fabrica coches de alta gama completamente eléctricos), SolarCity (dedicada a la energía solar) y Halcyon Molecular (cuyo objetivo es la investigación médica). El caso es que hace dos años proclamó que en 2018 pondrá a un hombre en Marte, y ahora se ha vuelto a descolgar con otro anuncio: en apenas seis meses sacará a la venta unas baterías que serán capaces de almacenar el excedente de energía producida por las placas fotovoltaicas, haciendo así posible que las viviendas sean energéticamente independientes.

A pesar de todo, Musk está pasando bastante desapercibido en los medios de comunicación (al menos los españoles), y ello es debido a que ha despertado más escepticismo que otra cosa. Si lo que dice es verdad, piensan muchos, tendrá que vérselas con las multinacionales de la energía, y ahí es donde todo estará perdido. En la actualidad Swift hubiera cambiado su famoso adagio por este otro: cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo, todos los escépticos se conjuran contra él.

Y es que, o mucho me equivoco, o, más allá de cualquier paradigma científico, corrompidos como estamos por el consenso doctrinario de la languidez, el recelo y el miedo, desde que cayeron las Torres Gemelas, todo ha sido engullido por el Maelstrom del escepticismo. Todo: las esperanzas renacidas tras el final de la Guerra Fría, la expectativa de los noventa creada gracias a un mundo que Internet haría mucho más libre e interesante y, por supuesto, el reto infinito de unas mentes geniales puestas al servicio de la humanidad. A partir del 11 de septiembre la Tierra pareció ralentizarse y el sagrado mito del progreso se ha convertido finalmente en algo tristemente profano. Se nos ha dicho que tendremos que esperar, que el siglo XXI no será el siglo en que los monopatines vuelen, las naves espaciales atraviesen agujeros de gusano y los hombres vivan un poco mejor.

Pero Musk no es el típico vendedor de crecepelo, y hasta que no me he dado cuenta de ello, no he sentido renacer en mí ese cosquilleo de optimismo que solo experimentaba en la niñez, cuando aparecía algún científico loco con algún invento genial. Desde que sé de Musk pienso que los paradigmas son sencillamente eso, paradigmas, y que la realidad va ahora por otros derroteros. O sea: que tal vez esté a punto de volver a reproducirse aquel frenesí de inventos y de patentes que caracterizó la última década del siglo XIX y la primera del XX, cuando Nikola Tesla, antes de que los vientos del Proyecto Manhattan se llevaran cualquier promesa, se conjuró para traernos una energía ilimitada y gratuita.

¿Y si Musk puede obrar el milagro? ¿Y si de pronto resulta posible lo inaudito? ¿Y si dentro de poco pudiéramos viajar al gran Barsoom de John Carter o mandar a tomar por saco al señor del feudo hidroeléctrico, y, de paso, poner bocabajo las relaciones de poder en nuestro pequeño y suspicaz planeta?

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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