Poesía contemporánea

Tengo un problema. En los recitales poéticos muy raras veces me entero de lo que el poeta recita. Y lo peor es que últimamente mi incapacidad trasciende esos eventos y llega hasta las lecturas hechas en la intimidad. Este invierno está siendo pródigo en experiencias con libros de autores contemporáneos y debo confesar que, salvo con dos o tres excepciones, con el resto me he quedado igual que estaba. Unas veces porque los versos están llenos de imágenes que no conducen a ninguna parte; otras porque el afán por lo cotidiano raya en lo nimio. Así que al final he elaborado una hipótesis con la que, sospecho, pocos van a estar de acuerdo: lo que sucede realmente es que todos estos poetas no son contemporáneos, o al menos no son mis contemporáneos.

Pienso, por ejemplo, en tres obras de tres poetas clásicos, completamente distintas entre sí: El testamento de François Villon, los Sonetos de William Shakespeare y las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos de Lope de Vega. Y pienso en esos libros porque, a pesar de sus diferencias, para mí contienen algo que los hermana, algo que trasciende el marco histórico del amor cortés o de la lírica petrarquista, de la Edad Media o del Clasicismo, y que los convierte en tres claros ejemplos que pueden corroborar mi hipótesis.

Desde que en el siglo XII aparecen en la corte de Leonor de Aquitania los primeros poemas que tratan a la dama como un ser inalcanzable y desdeñoso, lo que se conoce como amor cortés se convierte en la factoría más importante de temas, tópicos, imágenes y hasta emociones que ha construido la vieja Europa. Literariamente, esta tradición se perpetúa un siglo después gracias a Dante y a sus cofrades del Dolce stil novo, y queda definitivamente perfilada en el siglo XIV con Petrarca y su Cancionero. A partir de ese instante todo aquel que quiera dedicarse a la poesía deberá seguir unas pautas inalterables y, sobre todo, incuestionables: la dama (como la Laura petrarquista) habrá de ser rubia y tener los ojos claros, deberá presentarse además como un ser casi angelical y distante, el amor que se le profese se describirá como algo que transita entre el dolor y la exaltación, y será obligatorio también que haya una continua lucha entre la culpabilidad de la pasión física y la aspiración a permanecer en la idealidad de los sentimientos.

Pues bien, a la dama rubia e inalcanzable, Villon opone una prostituta (la Margot de su Balada de la gorda Margot), Shakespeare un jovencito (Fairy Youth) o una mulatona descocada (Dark Lady), y Lope una humilde lavandera del Manzanares (Juana). En vez de la emoción y el ideal, el francés habla explícitamente de sexo, el inglés exalta, sobre todas las imágenes poéticas, la voluptuosidad de su misteriosa amante, y el español, con setenta y dos años ya, se ríe de todos los tópicos platónicos referidos al amor. Hay en los tres poetas una intención, no solo por desmitificar y romper con la tradición, sino por acercar a la experiencia del lector una lírica que llevaba varios siglos en las aristofánicas nubes de la herencia recibida. Y para ello no dudan en hacer descender a las musas, vestirlas (en palabras de Lope) de estameña y recrear poéticamente la vida con franqueza y naturalidad.

Cuando esta intención repercute en el estilo, el poema se vuelve claro. Y que un poema sea claro solo significa una cosa, que podrá ser leído en cualquier época, en cualquier acto público y por cualquier lector sin que aquello que se quiso decir en su día se pierda en las oscuras peculiaridades del movimiento literario o del ego del poeta. Porque, en el fondo, la contemporaneidad no es una cuestión cronológica, sino una cuestión de estilo. Y Villon, Shakespeare y Lope son contemporáneos porque todavía se entienden. De hecho, son mucho más contemporáneos que algunos de mis contemporáneos.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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