Sadismo humanitario

No, no voy a hablar del sonso de Christian Grey. Voy a hablar de Terence Fletcher, uno de los protagonistas de Whiplash. Y voy a hablar de él porque quiero tratar aquí, no del sadismo de cartón piedra, sino del real, de ese que nos salpica la mejilla y que, mezclado con la pertinente dosis de crueldad, convierte a quien tiene la suerte de poseer el don en todo un hijo de la gran puta. Fletcher (llevado a la cima de la interpretación por J. K. Simmons) se ha ganado un puesto de honor en esa lista de los mejores sádicos hijos de la gran puta de la historia del cine, donde se encuentran celebridades como la señorita Anna Sullivan (de El milagro de Anna Sullivan), el sargento Hartman (de La chaqueta metálica) o el también sargento Tom Highway (de El sargento de hierro). De hecho, todos ellos, además de estar incluidos en semejante  lista, forman parte de un subgénero dentro de un subgénero dentro del subgénero de films dedicados a la superación personal. Tema muy del gusto hollywoodiense que ha dado grandísimas castañas, desde luego, pero también obras tan cautivadoras como Whiplash.

La peli va de un joven percusionista de jazz, Andrew Neiman (portentoso Miles Teller), que estudia en el elitista conservatorio Shaffer. Obsesionado con convertirse en uno de los grandes de la historia de la música, buscará el reconocimiento de Terence Fletcher, el tiránico director de la orquesta del conservatorio. Y al hacerlo, será víctima de la sádica estrategia pedagógica que Fletcher pone en práctica para sacar lo mejor de sus pupilos, y que suele traspasar la delgada línea roja que separa aprendizaje y sumisión, humillación y enseñanza. El ritmo es trepidante, las interpretaciones magníficas y la música (sobre todo la música), con Whiplash y Caravan como temas recurrentes, es apabullantemente excepcional. Y sin embargo, dejando a un lado dichas virtudes, a mí lo que me ha dejado noqueado ha sido el trasfondo, la intención, eso que los cursis llamarían la tesis o el mensaje.

En la película Fletcher cuenta que cierta noche un joven Charlie Parker se presenta a una jam session de la banda de Basie en el Club Reno de Kansas City, y toca tan rematadamente mal que Joe Jones, el batería, le arroja un platillo (otros dicen que una baqueta, y otros aseguran que nada en absoluto). Parker, humillado, está llorando toda la noche, pero lejos de abandonar el saxo, aquel fracaso le sirve de acicate para practicar hasta la extenuación y convertirse, exactamente un año después y en el mismo lugar, en el mejor músico de jazz de todos los tiempos.

Así que, tras contar la anécdota, Terence Fletcher le dice a su alumno: «Imagínate que Jones le hubiera dicho: está bien, Charlie, sí, está bien, buen trabajo. Charlie habría pensado, bueno, he hecho un buen trabajo. Fin de la historia. Nada de Bird. Y para mí sería una tragedia. Pero es lo que el mundo quiere ahora. Y la gente se pregunta por qué el jazz se muere». Y acto seguido añade: «No hay dos palabras que sean más dañinas en nuestro idioma que “buen trabajo”».

Desde que a principios del siglo XX el pedagogo norteamericano John Dewey (financiado convenientemente por Carnegie y Rockefeller) introdujera en las aulas la gilipollez rousseauniana, castradora, sofronizadora y estupidizadora que pretendía acabar con la instrucción tradicional y convertir al profesor en un simple y mediocre guía, los EE.UU. sufren un trauma educativo difícil de soportar. Por un lado, son los propagadores de la pedagogía que ha hecho añicos los sistemas de enseñanza de la mayoría de países occidentales; pero por otro lado, son aún capaces de reconocer la ventaja de impartir clases basándose en la  excelsitud y la exigencia.

Como no podría ser de otra forma, el film muestra este último camino con la negatividad a la que la political correctness nos tiene acostumbrados (fueron también los yanquis sus inventores), y  por eso la obligación, la disciplina y el esfuerzo quedan equiparados, respectivamente, a la humillación, la crueldad y el dolor. No en balde estamos en pleno reinado de la asertividad, el pensamiento positivo y la educación emocional.

Y sin embargo, hay algo en la frase de Fletcher que nos suena, algo que apela a una sombra (que no es la de Grey sino la de nuestra memoria) muy lejana y que la mayoría de padres y profesores hemos ido desechando poco a poco. Una sensación. Una corazonada. Como si en el fondo, a pesar de lo que los pedagogos digan hoy día, supiéramos que toda educación es violencia. Como si asumiésemos que el dolor es ineludible cuando se emprende el camino de la sublimación personal. Como si, para ser mejores, tuviéramos que asumir que el sadismo es necesario y, a la postre, hasta humanitario.

Es decir, como si Terence Fletcher tuviera más razón que un santo.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “Sadismo humanitario”

  1. Querido David,
    la ambivalencia que detectas en el “mensaje” de la película también me sorprendió a mí. Si abandonas el camino de la baba emocional docente sólo puedes ser un hijo de puta. Vas a hacer que tus alumnos se suiciden. Literalmente. No hay más caminos. O bobo o hijo de puta. -¡Eso sí! ¡Qué necesarios son estos cabrones para que nazca el genio!, dice la peli al final tras un solo de batería que te clava en la butaca. Salta la sangre y vuelan las baquetas. Un fallo. No entra el grupo. Hubiese sido la apoteosis. ¿Por qué? ¿Por qué se tiene que quedar tan solo? ¿Por qué los otros se callan? ¿Por qué deja a su novia?
    O enseñanza imbécil, borrega, o enseñanza terrible, autista. O masa o élite. No hay nada más que arrascar. Ambas necesarias. O “El club de los poetas muertos” o “Whiplash”.
    En Europa se han rodado dos películas interesantes sobre la enseñanza. Una es “El maestro de música” (1988), de Gérard Corbiau y la otra “Cuatro minutos” (2006), de Chris Kraus. Ninguna de las dos es una gran película. Pero sí ponen bien de manifiesto alguna cosilla que sería interesante destacar.
    Primero. Todas son películas sobre la enseñanza de la música. Quizás porque constituye el único territorio donde todavía es posible plantear la ambivalencia arriba mencionada. Ningún padre progresista se opondría a que la niña de sus ojos fuese torturada por un profesor de piano cabrón y sin escrúpulos en aras del éxtasis interpretativo. ¡Eso, sí! ¡Como al de matemáticas se le ocurra poner cuatro cuentas de tarea para casa se le cortan directamente las pelotas! Al padre del chico de “Whiplash” se le ve majo pero mediocrillo. Es profesor de Instituto. Entiende perfectamente el calvario por el que pasa su pobre retoño y le apoya, y seguro que está en las AMPAs y cree profundamente en Sir Ken Robinson. Nada que ver con el marine Fletcher. En “El maestro de música” ella, la alumna, candorosa, angelical y como un queso, le pregunta a su idolatrado profesor que por qué les hace sufrir tanto. Él le contesta: -Porque si sufrís os rebeláis. Y rebeldes sois mejores. La muchacha de “Cuatro minutos”, presidiaria, suicida, atormentada por el incesto y un aborto, va a encontrar la horma de su zapato en una vieja enfermera del III Reich. La lucha es a hostias. Directamente.
    Segundo. Nos hallamos en plena Ilustración. El genio es el líder de las masas. El genio tiene que pagar su iniciación. Está ciego, solo y sordo. El camino a la libertad sólo puede recorrerse como un calvario. Las masas han encontrado a Pestalozzi, a Montessori, a Freire. All you need is love. Los cristianos deciden convertirse en los pedagogos de la Humanidad. Se enseña con el ejemplo y con la caridad. Fusión Rousseau-Madre Teresa de Calcuta. Pero los elegidos necesitan otro modelo. Y curiosamente resulta que ya sólo podemos encontrarlo en la música. Wert la elimina de la enseñanza estatal. Demasiado proletaria. No hay término medio. No hay virtud. O la plenitud o el infierno.

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