Ellos y los otros ellos

Siempre están ellos y los otros ellos ocupándolo todo. Así que cuando a veces siento que me falta el aire, «cuando en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso», entonces, como Ismael, entiendo que ha llegado el momento de regresar a Manuel Chaves Nogales. En concreto a la edición completa de A sangre y fuego que hace dos años publicara Renacimiento. Porque él es, además de uno de mis escritores-periodistas preferidos, «mi sustituto de la pistola y la bala».

En 1937, cuando la editorial Ercilla de Chile imprime los primeros ejemplares, Nogales es ya un periodista consagrado. Sus crónicas, su biografía literaria de Juan Belmonte y su labor al frente de Arriba lo habían convertido en una de las firmas más apreciadas de los diarios de la Segunda República. No obstante, los nueve relatos de A sangre y fuego (once en la versión definitiva de 2013) permanecerán sepultados bajo la exaltada literatura de la época hasta finales del siglo pasado, cuando la profesora María Isabel Cinta Guillén y el escritor Andrés Trapiello los rescatan y los sitúan en el puesto de honor que merecen. Desde entonces, atraído por la escritura limpia y certera que aplica con rara maestría la urgencia del periodismo (pero del de verdad) a la ficción narrativa, suelo regresar a su lectura para restañar heridas, sabiendo que me hallo frente a uno de los documentos más demoledores sobre la Guerra Civil y sobre España que se hayan escrito nunca. Y no por lo que expone, sino por la altura moral que demuestra.

Dice Nogales en el prólogo del libro (donde se confiesa un pequeñoburgués liberal) que España fue el laboratorio de dos ideologías, fascismo y comunismo, que pugnaron por la supremacía occidental. Tanto uno como otro, asegura, eran opuestos en apariencia, pero esencialmente hermanos si se tiene en cuenta su odio a todo lo que oliera a democracia. Los españoles, concluye, fueron obligados a tomar partido sin saber que, al hacerlo, abandonaban la única causa capaz de combatir a ambos monstruos: «Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese», escribe en “Consejo obrero”, el último cuento de la primera edición. Una imagen esta, la de la libertad huérfana de paladines, que todavía hoy entendemos perfectamente.

La historia de la lectura en España suena a redescubrimiento. Ocurrió con Cervantes o con Valle-Inclán, y a mí me sucede con Nogales. Son autores que rellenan los espacios en blanco, las frases incompletas de épocas que necesitan cambiar la percepción de sí mismas. El Romanticismo europeo encontró lo que buscaba en el manco de Lepanto, y el teatro de posguerra en ese otro manco del Retiro. Yo, que habito algo perdido en este siglo que aún no tiene nombre, me sorprendo con una necesidad de honradez que en tardes como esta se vuelve pura compulsión, asfixiado por ese inmenso espacio en blanco que es la fórmula de las dos Españas.

Tengo hambre de Chaves Nogales, sí. Tengo hambre de conocer cuál es el punto de vista (oculto a la masa antes y después del 78) de los intelectuales que transitan por la misma, eterna, endémica angostura que dejan Escila y Caribdisellos y los otros ellos.

Por cierto, a algunos de esos intelectuales les siguen llamando ‘Tercera España’. Como si todavía existiera. Ilusos.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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