Visión de Anáhuac (2015)

La emoción del hombre ante el paisaje no ha variado mucho con el paso de los siglos. Imagino a aquel sapiens que, castigado por el clima de las glaciaciones, de pronto llega a un lugar donde el agua fluye en bulliciosos riachuelos y los árboles crecen a su alrededor con un extraño color, el verde, que ya casi ha olvidado. El sol dardea la hierba, la hace brotar, como si la quietud del instante originara un crecimiento velocísimo. En vez del ulular sobre las heladas ramas seculares, una algarabía de aves ensordece sus oídos. Entonces imagino que nuestro sapiens se desnuda y cierra los ojos para guardar en su interior todo lo que la mirada ha ido recopilando. A pesar de que las palabras Edén o Paraíso aún quedan muy lejos, cuando abandone aquel oasis y regrese al consabido páramo glacial, comenzará a atesorar en el alma su semilla. Cabe imaginar que muchos años después emprenda su búsqueda, y también que esta sea en vano. Cabe imaginar, por tanto, que haya nacido el primer artista.

Sin la búsqueda del paraíso perdido no se entiende el arte. Así, según las épocas, el artista se convierte en un elegido por el dedo de Dios para ser su vocero, en un abanderado de la humanidad o en todo un contrincante luciferino, sin que el principio cambie sustancialmente. Durante los Siglos de Oro, no obstante, un nuevo elemento se añade a esta trama universal. Un Imperio, el hispánico, siente la necesidad de acabar con la Historia, de saciar, de un trago, toda esa sed que ha movido al hombre desde que es hombre. El Gobierno de Dios no es sino el renuevo de una vieja idea, tal vez la creación más hermosa y terrible que España ha ofrecido al mundo. Transformará así el español la búsqueda del paraíso en conquista, y al artista en conquistador. Nada que ver con el devenir de Occidente. Nada que ver con el científico cuya voluntad ha de domeñar la obra divina. El artista-conquistador no desea comprender sino aprehender. Su labor es trascendente, no inmanente. Espoleado por ocho siglos de guerra en la Península, ha sabido encontrar en cada uno de sus actos la constatación de su destino. Por eso, ante el valle de Anáhuac, ante la región más transparente del aire, los hombres de Hernán Cortés presienten que han vuelto al hogar.

Hace cien años que Alfonso Reyes escribió Visión de Anáhuac (1519), el que quizá sea el canto más hermoso jamás dedicado a la civilización hispánica. Le basta a su autor tan solo un año de estancia en Madrid para comprender la esencia de una España que aún persigue el rastro de sí misma. 1915 será la fecha clave, pues en ella descubre el anagrama cabalístico de otro instante: 1519. El puente entre dos mundos se torna así puente entre dos épocas. Pero, más allá de coincidencias poéticas, Reyes, que es el Quirón de los ensayistas, observa tras el hecho histórico de la llegada del conquistador, una revelación simbólica de mayor calado.

Porque el encuentro de Hernán Cortés con México que Alfonso Reyes imagina en su ensayo es en realidad un nuevo hallazgo del paraíso originario, y, como le ocurriera a nuestro sapiens, supone también el regreso a un hogar extraño y consabido a la vez. ¿Qué lleva entonces a la mirada del artista-conquistador esa emoción que es capaz de reconocer y aun de explicar, a pesar de que ante él se extienda la exuberante naturaleza jamás hollada por ningún europeo? ¿Por qué obra esta anagnórisis una suerte de milagro donde aparece una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa?

La respuesta de Reyes sorprende y sobrecoge por su sencillez, y muestra no solo el vínculo que, a pesar del siglo pasado y del presente, todavía mantiene unidos ambos hemisferios, sino una solución al enigma fundamental de quiénes somos que los españoles llevamos planteándonos desde hace cuatro siglos. «Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural (escribe). El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común

Creo que este pude ser un buen comienzo para encontrar nuestra propia visión de Anáhuac.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Un comentario sobre “Visión de Anáhuac (2015)”

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