Visión de Anáhuac (2015)

La emoción del hombre ante el paisaje no ha variado mucho con el paso de los siglos. Imagino a aquel sapiens que, castigado por el clima de las glaciaciones, de pronto llega a un lugar donde el agua fluye en bulliciosos riachuelos y los árboles crecen a su alrededor con un extraño color, el verde, que ya casi ha olvidado. El sol dardea la hierba, la hace brotar, como si la quietud del instante originara un crecimiento velocísimo. En vez del ulular sobre las heladas ramas seculares, una algarabía de aves ensordece sus oídos. Entonces imagino que nuestro sapiens se desnuda y cierra los ojos para guardar en su interior todo lo que la mirada ha ido recopilando. A pesar de que las palabras Edén o Paraíso aún quedan muy lejos, cuando abandone aquel oasis y regrese al consabido páramo glacial, comenzará a atesorar en el alma su semilla. Cabe imaginar que muchos años después emprenda su búsqueda, y también que esta sea en vano. Cabe imaginar, por tanto, que haya nacido el primer artista.
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