La revolución será analógica o no será

Resulta que al final está todo más o menos como lo conocíamos. Internet no ha causado esos maravillosos estragos que algunos auguraban. La gente sigue leyendo libros, saliendo a la calle y distinguiendo entre la realidad de siempre y la virtualidad de la pantalla. El tiempo suele poner las cosas en su sitio y acaba concediéndoles la justa trascendencia que merecen. Y cuando hablo de trascendencia me refiero, no al hecho incontestable de que, gracias a Internet, se pueden ver ahora pelis sin pagar un euro, llegar a ser famoso, hacer negocios multimillonarios, recuperar viejas amistades o follar más que antes, sino a la escasa capacidad que está demostrando para cambiar el mundo en que vivimos.

De hecho, últimamente pienso que en realidad Internet ha servido menos de espuela que de brida para cualquier alteración que se haya podido presentir en el horizonte, y más si esta ha amenazado alguna vez el statu quo. Por ejemplo, echemos un vistazo a los movimientos ciudadanos más importantes de los últimos años. Las primaveras árabes, la spanish revolution, la revuelta ucraniana o la más reciente revolución de los paraguas, ¿qué tienen en común? Pues, sencillamente, que han acabado en nada.

Cuando uno se pregunta por la razón de su fracaso, inspiradas como estaban en aquellas que diez años antes habían puesto en marcha grupos como Otpor! (que echó del poder a Slobodan Milosevic en Serbia) o Kmara (que dio la puntilla a la presidencia del georgiano Eduard Shevardnadze), no puede sino sorprenderse. Y más teniendo en cuenta que algunos de sus líderes (los egipcios del Movimiento 6 de abril, por ejemplo) pasaron por CANVAS (Centre for Applied Nonviolent Action and Strategies), un lugar en el que se difundía el modelo de revuelta que habían iniciado los serbios, para ser entrenados antes de organizar las protestas de la Plaza Tahrir.

¿Qué diferencia existe entre unas revueltas y otras? ¿Por qué las de principios de siglo (Otpor! es de 2000) no fracasaron y sí lo hicieron las que vinieron después? La respuesta es sencilla: las primeras surgieron antes de la universalización de Internet (gracias a la telefonía móvil) y, por supuesto, antes de la existencia de las redes sociales; las otras fueron organizadas y retransmitidas vía Twitter, Facebook y plataformas de webcasting. Internet es un magnífico medio para la transmisión de información inmediata, pero es un pésimo organizador de la acción. A eso hay que añadir además la zapatiesta en la que suelen acabar redes sociales como Twitter, donde el deseo de retwitts hace que la tensión (y la atención) desaparezca absorbida por una multitud de frases banales y trolleos en masa. Esto es lo que, en parte, hizo que el 15-M se diluyera como un azucarillo.

Pero sobre todo Internet es la mejor manera que el poder tiene ahora mismo de ir uno, dos, tres y hasta cien pasos por delante de cualquier movimiento subversivo. El espionaje digital es rápido, sencillo y muy fructuoso. Sea centralizada, descentralizada o distribuida la conexión de los cientos de millones de ordenadores que existen en el mundo, su hackeo es ciertamente mucho más efectivo que los románticos microfilms ocultos en la suela del zapato o los aparatosos mensajes escritos con tinta invisible. Hoy los Estados pueden saberlo todo de nosotros sin apenas movilizar a sus agentes. Mediante programas como ECHELON, PRISM, MYSTIC y operaciones como las CIO (Covert Internet Ops, Operaciones Encubiertas de Internet), conocen quiénes somos, cuáles son nuestros objetivos, cuántas personas componen nuestro grupo, dónde vivimos, qué webs solemos visitar y cuántas veces hemos acudido al médico durante el último mes.

Mientras la gente continúe tragándose el cuento de que Internet es el futuro, el poder seguirá controlando y manipulando a su antojo cualquier Puerta del Sol que sea considerada una amenaza. Hay que volver al piso franco, al santo y seña y al garito clandestino. La revolución será analógica o no será.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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