La versión chunga

El protagonista tiene 16 años y un magnífico expediente en la ESO. La familia es una de esas que, desde la LOGSE, son consideradas familias modelo, o sea, que posee bastante nivel cultural como para mitigar la deficiente educación que recibe en el instituto. Y sin embargo, ay, en el primer curso de Bachillerato el chaval se está despeñando. La mayoría de los compañeros de trabajo de mi amigo, profesor como yo y quien me cuenta la historia, maneja la versión convencional del asunto, que no es otra que la de que el padre hace lo que puede, pero que el hijo le está saliendo rana por las malas compañías.

Mi amigo, por su parte, tiene su propia versión, la versión chunga, arrancada en confesión una mañana en la que, según él, se levantó con cuerpo de Madre Teresa de Calcuta. Resulta que el padre, a ojos de cualquiera, es un padre ejemplar. Se esfuerza en hacer la vida mucho más fácil al hijo, se interesa por sus cosas, lee los libros que él lee y escucha la música que él escucha. Cuida su alimentación, hace excursiones, habla de chicas e incluso ha salido un par de veces con él en plan camarada para afianzar los lazos y todo eso. Pero ocurre que el chaval, sencillamente, no lo aguanta. Y está todo el día queriendo evitarlo y procurando ganarse su enemistad a toda costa. Lo considera demasiado empalagoso, demasiado antinatural. Mi amigo jura y perjura que utilizó esa palabra. Antinatural. Y que acto seguido añadió que él lo que quería era un padre como dios manda.

Massimo Recalcati, un psicoanalista italiano, asegura que Occidente, en el último medio siglo, ha visto pasar cuatro generaciones de hijos: el hijo-Edipo (surgido en los sesenta, que desafía al padre en un combate para afirmar sus propios deseos), el hijo-Anti-Edipo (nacido en los setenta, mucho más político, que se rebela contra la “ley del padre”), el hijo-Narciso (el que se ha ido desarrollando hasta principios de nuestro siglo, que invierte el orden familiar definitivamente) y el hijo-Telémaco (el último y más actual eslabón de la cadena). La rebelión edípica de los años sesenta y setenta trae consigo, por un lado, la absoluta disipación de la autoridad paterna y, por otro, un complejo de culpa del progenitor que hace posible el nacimiento de Narciso, el vástago que termina de abolir al padre y se sitúa justo en el centro de la vida familiar. Al hijo-Narciso se le ahorra el dolor de la existencia y se le procura satisfacer todos los deseos porque es lo más importante.

Pero la evaporación definitiva del padre se produce cuando se pierden por completo las diferencias generacionales y el que antaño fuera cabeza de familia, en ese pertinaz allanamiento del terreno vital para que no haya ningún obstáculo, ninguna frustración, quiere parecerse cada vez más a su hijo adoptando sus mismos roles. Ese es el momento en el que, de repente, aparece un nuevo retoño en escena, Telémaco, surgido de la apatía e incluso a veces de la pulsión autodestructiva de la adolescencia.

Como el personaje de Homero, el nuevo Telémaco mira al horizonte esperando el regreso del padre. Está harto de la ausencia, pero sobre todo está harto de que en su casa no haya justicia. Desea la llegada del progenitor porque sabe que este es el único que puede restaurar la ley y expulsar a los pretendientes, que han subvertido el orden natural de las cosas. Telémaco, por tanto, no cae cegado por la culpa (Edipo) o se queda extasiado contemplando su propia imagen (Narciso); simplemente escruta el mar porque, a diferencia de sus predecesores, él sí que ha recuperado la mirada, conoce perfectamente cuál es el problema y, lo que es más importante, qué solución hay que aplicarle. En este sentido se podría decir que es una persona mucho más madura que su padre.

Mientras escucho a mi amigo, no puedo evitar darle vueltas a la idea de que la verdadera versión chunga de la historia es que estamos de capa caída. Los hombres, digo. O más concretamente, los padres. Eso es algo que me ronda la cabeza desde hace mucho tiempo, pero que, después de leer El complejo de Telémaco, de Recalcati, estoy empezando a valorar en toda su trascendencia. Porque confieso que el análisis de la situación que allí se ofrece ha hecho que hasta me replantee algunas circunstancias de mi propia paternidad.

El libro lleva como subtítulo: Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. “El ocaso del progenitor”. Creo que no hay un sintagma más acertado para describir lo que está sucediendo últimamente en muchas familias.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

6 comentarios sobre “La versión chunga”

  1. ¿El advenimiento del superhombre? Lo que sí es cierto es que un padre debe ser un padre y un hijo, un hijo (aunque quién sabe).
    Magnífico artículo, muy interesante.

  2. La casta también se ha esforzado en hacer zapa a la figura del padre. Sólo hay que mirar a la cara de los hombres para que nuestro subconsciente nos indique que estamos ante presuntos maltratadores. Los grandes enemigos de la casta son los padres y los funcionarios.

  3. Antonio, se ha tratado de llenar con el colegio el hueco dejado por el padre. Los profesores no llegamos ni a la categoría de complejo psicoanalítico.

    Por cierto, nen, yo ya tengo casi finiquitadas sesenta páginas de lo que hablamos.

  4. Muchas gracias, Antolomagico. No creo que se trate de la llegada del superhombre y ni mucho menos la del superpadre. Sino simplemente la de alguien que vuelva a imponer límites y ciertas reglas, y que sobre todo aparezca como un tipo responsable del que tomar de vez en cuando (no siempre, por supuesto) ejemplo.

    Un saludo.

  5. Francisco, la casta y los que han asesorado a la casta. Me refiero a sociólogos, gurús de la nueva pedagogía, psicopedas, y, en general, cualquier nostálgico del 68 que no ha leído todavía a Houellebecq. De todas formas, la laminación del padre es algo que este se ha ganado a pulso.

    Un saludo.

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