La Marcha sobre Madrid

Si dentro de unos cuantos siglos hubiera por fin en España historiadores imparciales (jamás se debe perder la esperanza), estos no tendrían más remedio que señalar el 25 de mayo de 2014 como un punto de inflexión en el devenir del régimen político. Recuerde el alma dormida que hasta ese momento la infiltración de los partidos políticos y de los servicios secretos en el 15-M no había dado los frutos que se esperaban, y que aún seguían organizándose huelgas, marchas y manifestaciones de todo tipo, siendo las más publicitadas aquellas que, reventadas desde dentro, acababan a porrazos. Y en esto que, cuando ya el régimen estaba ofreciendo su verdadera faz y se tomaba muy en serio aquello de que aquí los tíos con casco eran los únicos que tenían el monopolio de la violencia, de repente, mira tú por dónde, aparece Podemos, consigue cinco escaños en las europeas y las calles van enmudeciendo poco a poco hasta sumirse en el silencio de los últimos meses. Es un hecho que los famosos círculos podemitas y las franquicias destinadas a las elecciones municipales y autonómicas han actuado como aquel mítico bromuro de la mili.

Sin embargo, la consecuencia más innegable está en otro lugar paradójicamente mucho menos concreto. A pesar de toda la farfolla asamblearia en la que derivó el 15-M, lo cierto es que aquello hizo posible, por primera vez desde la Transición, que la gente se empezara a cuestionar las contradicciones del régimen. ¿Era esto una democracia? ¿Había que abrir un proceso constituyente? Es más, hubo momentos gloriosos en los que los intelectuales palaciegos se escondieron debajo de las piedras y los tertulianos de siempre no supieron qué diantres decir. Pues bien, fue llegar el triunvirato mediático de Podemos, y perderse aquel discurso como lágrimas en la lluvia. Y si bien al principio el debate mantuvo algo de altura (sobre todo antes de que se cumpliera la ley de Michels y el sector oficial arramblara con el de Pablo Echenique, heredero directo de la spanish revolution), al final la cosa ha ido encaminándose hacia el lodazal de empresas fantasma, sueldos universitarios pagados por no dar palo al agua y extrañas financiaciones donde actualmente nos encontramos. Es verdad que hay una (aparentemente) feroz campaña en contra, pero también es cierto que aquí solo una de las partes ha estado ofreciendo la carnaza.

Así que todo esto de congregar a la gente para iniciar no sé qué cuenta atrás (tic tac, tic tac) o para sacar músculo ante los rivales después de varios meses de duro desgaste, me suena al mismo tongo de siempre. Podemos no necesita manifestaciones para demostrar nada; posee espacio mediático y publicitario de sobra gracias a Mediaset, Atresmedia, Prisa o Vocento (ya se sabe: que hablen de ti todos los santos días, aunque sea mal). Y tal y como están las cosas, mucho me temo que tampoco espera que la Marcha sirva para ganar futuros votantes, ya que la imagen que está generando últimamente no es muy del gusto de los electores más moderados. De hecho,  a Madrid ha acudido una base electoral que, huérfana hasta hace poco de un padre, de un lema y de un uniforme ideológico que ponerse, no ha necesitado una dedicación especial para ser evangelizada.

¿Entonces?

Entonces nada. Ni un futuro PSOE 2.0, ni un infiltrado de oscuros poderes bolivarianos y rusos al servicio de una nueva Guerra Fría. El partido de Iglesias and company es lo que es, y la Marcha de hoy no es más que un remedo light de fascismo mussoliniano de banderita morada y consigna new age que ha sido creado en las mismas catacumbas donde se suele cocer la demoscopia patria. Así que, si todavía sigo escribiendo sobre Podemos es porque lo considero el paradigma más comprensible por el respetable de la ingeniería social que el régimen acostumbra a poner en marcha, y porque, sin pretenderlo, ha ofrecido un perfil definitivo de los dudosos e inconsistentes mimbres con que en estos momentos cuenta la sociedad española para salir del círculo vicioso en el que se halla desde hace cuarenta años.

Y también porque sé que tengo razón en todo lo que digo.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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