La eternidad

Ante los ojos de Don Felipe se abre parte de la galería de la que fuera habitación de su difunto hijo Baltasar Carlos. Una puerta queda abierta justo enfrente y, más allá, vuelto hacia él, aparece Don José Nieto y Velázquez, aposentador real, antes de subir las escaleras. Ese gesto es el definitivo para que la mirada se dilate definitivamente y abarque, en un segundo, en una eternidad, toda la escena. Allí están su hija (la Infanta Margarita), las meninas Doña María Agustina Sarmiento y Doña Isabel de Velasco, los guardadamas Don Cristóbal Ramírez y Doña Marcela de Ulloa, y los enanos Maribárbola y Nicolasito de Pertusato, quien intenta inútilmente mover con el pie a Rubedo, el perro del aposentador. Y en el lado izquierdo de la tela, el maestro en pleno proceso creativo.

–¿Y esto, Maese Velázquez? –murmura el rey.

–Esto no es más que su retrato, majestad.

–De acuerdo, ¿pero dónde estamos la reina y yo? –una fugaz mirada hacia su esposa le basta para captar su aburrimiento–. Os habíamos encargado un retrato real y no esta… escena tan sosa a lo Singer Sargent, un artista al que, de haber nacido yo dentro de dos siglos, no habría podido soportar.

–Fijaos bien, señor.

Regresa su mirada al lienzo, pero esta vez, empujada por la promesa de la victoria (un rey ha de ganar siempre), hay en su recorrido una cuidadosa altivez. De pronto, se detiene.

–¡Allí! –exclama entonces–. ¡Allí estamos, sin duda!

–¿Eso es un cuadro? –cuchichea la reina.

–No, señora –contesta el rey tratando de ocultar el súbito temblor que le ha asaltado.

La reina empieza a impacientarse. Nunca ha entendido muy bien por qué demonios su esposo admira tanto a un retratista que tiene la insana manía de pintar a los enanos de la corte. Ella (ha pensado en más de una ocasión) se habría vuelto loca por posar ante un Goya, un Courbet o ante cualquiera que la apreciara en lo que vale.

–¿Entonces? –la impaciencia se le ha convertido en mal humor–. ¿Es o no es un retrato?

El rey tarda en responder, sobrecogido, pues acaba de comprender el juego.

–Es un espejo, mi señora –balbucea–; el retrato somos nosotros.

Para cuando Don Felipe aparta la vista del lienzo, la reina y el pintor han desaparecido. Por un instante se dispone a sonreír, pero sabe que lo que allí está teniendo lugar es demasiado terrible para tomárselo a broma. Posa de nuevo los ojos en el cuadro y contempla a Don Diego de Silva y Velázquez, quien, a pesar de hallarse dentro, le parece mucho más auténtico que el de carne y hueso.

–No se trata del acostumbrado juego del Barroco –le dice esa misma noche a La Portuguesa, la última sensación de los puticlubs madrileños, mientras fuma, insomne, un cigarrillo en la cama–. Ni siquiera es ese remedo un tanto cutre al que los cursis del futuro llamarán Posmodernidad. Es algo para lo que ahora mismo no hay un nombre. Una verdad tan pavorosa que solo se podrá intuir.

La puta se despereza y le da la espalda. En apenas cinco segundos, Don Felipe ya puede oír sus ronquidos. Pero eso no detiene el hilo de sus pensamientos; se enciende otro cigarrillo y sigue hablando.

–Tendrías que haberlo visto. Yo, que debía ser el retrato, o sea, lo inanimado, la mentira de la representación, he quedado convertido en un ser viviente que respira, que late, que observa. Ese cabronazo de Diego, sin embargo, que tendría que haber sido el artífice, lo real, se ha metido dentro del cuadro, en la quietud de lo representado, en la impostura de lo ficticio. ¿Sabes? Creo voy a ir a verlo una vez más.

Pero no se levanta. Por un momento se imagina que, de repente, le asalta una extraña melancolía, una suerte de nostalgia de las cosas bellas. Se imagina poniéndose la bata, regresando al taller y plantándose frente al lienzo que se está pintando siempre, por los siglos de los siglos, porque es un cuadro que retrata cuando alguien lo observa, como si fuera en realidad el único ser vivo del universo. Se imagina allí, sorprendido por las primeras luces del alba, comprendiendo por fin en qué consiste ese juego de Maese Velázquez que dejará en mantillas a las vanguardias, a Duchamp, al arte conceptual, a los happenings y a todas las ocurrencias artísticas del futuro.

Y entonces se verá a sí mismo sintiéndose atrapado por un súbito vértigo, el vértigo de la eternidad, que a buen seguro habrá de ponerlo del revés, como un viejo pantalón vaquero.

Así que, resignado, decide tomarse una pastilla, arrebujarse entre las sábanas, acercarse al ardiente culo de la Portuguesa y tratar de aprovechar las pocas horas que le quedan todavía.

Anuncios

Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “La eternidad”

  1. Dijo Dalí que si El Prado estuviese ardiendo lo único que salvaría es el polvo contenido en el cuadro de Las Meninas de Velázquez. ¿Es acaso la eternidad polvo suspendido en el viejo alcázar de los Austrias, maestro?.

  2. Con el incendio del Alcázar, España perdió la mayor parte de su eternidad. Luego ha ido renqueando con una minusvalía del 90%. Dalí creo que habló del aire, o sea, que salvaría el aire de Las Meninas, que, según él, era el más transparente que existe.

    Luego está la respuesta del gilipollas de Jean Cocteau, que dijo que si El Prado ardiera lo único que salvaría sería el fuego.

    Para mí Las Meninas es la obra maestra del pensamiento español de todas las épocas.

    En fin, que es un lujazo tenerle a usted como comentarista, letrado.

    Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s