El río sin fin

Siempre envidié a aquellos privilegiados que en 1979 tenían la suficiente edad como para poder escuchar, con todas sus consecuencias, un disco como The Wall. Con los discos de música ocurre algo diferente a lo que sucede, por ejemplo, con los libros. Mientras que el descubrimiento de un libro es personal, en un disco, sin embargo, influyen otras cosas. Un disco afecta a muchas más personas y suele intervenir en la moda, las circunstancias colectivas o incluso la manera de pensar de toda una generación. Por eso envidio a quienes asistieron al nacimiento de The Wall (por aquel entonces yo tenía tan solo cuatro años), pues seguramente la dosis que recibieron vía radio, televisión, locales de moda y fiestas varias fue lo suficientemente poderosa como para que, desde entonces, haya formado parte de su educación sentimental. A finales de los ochenta (fecha en la que me topé con este disco) los Pink Floyd, aunque hacía tiempo que se habían separado, no habían dejado de sonar, si bien con una intensidad bastante más leve. Así que a lo único que podíamos aspirar los quinceañeros de la época era a que nuestro descubrimiento fuese, como mucho, algo íntimo y onanista.

Los últimos años de aquella década habían sido un tanto raros para la música. A pesar de que Michael Jackson ya había causado estragos, Madonna estaba en todo su apogeo, el metal se había convertido en algo así como el universo paralelo de la música comercial, el punk parecía haber muerto (renacería poco después con el grounge  de principios de los noventa) y aún sobrevivían los viejos dioses de siempre, los adolescentes freaks de entonces nos debatíamos entre el hartazgo de aquella realidad poderosamente influida por las radiofórmulas, cierto deseo de encontrar novedades sugestivas que se apartasen de lo cotidiano y, sobre todo, los pequeños deslumbramientos a los que de vez en cuando solíamos asistir cuando indagábamos en el pasado musical de algún familiar o de los hermanos mayores de los amigos. En aquella prehistoria, todo resultaba mucho más difícil que ahora. La única manera de oír música era, o bien comprando algún vinilo (el CD seguía siendo para muchos de nosotros un artículo de lujo) o bien haciendo uso de unos extraños objetos llamados casetes en los que grabábamos, regrabábamos y volvíamos a grabar toda la música que podíamos conseguir. En uno de esos casetes precisamente descubrí por vez primera El Muro, y, desde entonces, no he dejado de escucharlo.

Porque aquel Pink, la estrella de rock que luchaba por encontrar un camino en ese oscuro laberinto de traumas infantiles, incomunicación, drogas y, sobre todo, miedo a caer en la locura, sigue teniendo sentido para mí todavía. Aquella desesperante obsesión por construir un “muro” que no solo te volviese inmune a los peligros del exterior, sino que te apartara definitivamente de la podredumbre de un mundo demasiado hostil como para pretender habitarlo sin pagar un altísimo precio, es algo que aún considero una prioridad en mi vida. Y eso que hace ya veintitantos años que un chaval en busca del arca perdida escuchaba por primera vez Hey you, se conmovía con Good bye, blue sky o, simplemente, se quedaba literalmente estupefacto con In the flesh? (Luego vendrían más discos de Pink Floyd, el descubrimiento de la película de Alan Parker y el interés más específico en personajes como Syd Barret o el propio Roger Waters.)

En fin, que todo esto viene a que últimamente tengo la sensación de que todo pasa y todo queda. Pero también viene a que creo que las cosas de antes eran mucho mejores que las de ahora y a que acabo de escuchar el último disco, The endless river, y me ha parecido una auténtica mierda.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

4 comentarios sobre “El río sin fin”

  1. Remember when you were young,
    you shone like the sun.
    Shine on you crazy diamond.
    Now there’s a look in your eyes,
    like black holes in the sky.
    Shine on you crazy diamond.

    Hace exactamente cinco días en una conversación con una de las lectoras americanas de mi Instituto le solté: “Another brick in the wall”, con musiquilla y todo. No sabía lo que era.

  2. En el 79 yo tenía 12 años. The Wall estaba en boca de todo el mundo y ya con la película el fenómeno The Wall fue planetario.
    Sobre su último disco, apenas lo he escuchado. No me entra, puede que como dices es porque es una mierda jajajaja. Algo similar me ocurrió con el último disco de Boston.
    Yo pertenezco a esa prehistoria d la que hablas y que le daba a la música un valor diferente del que tiene ahora.
    Un saludo.

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