Dos tipos de seres humanos

Había una vez en Dresde un conde, Hermann Carl von Keyserling, que no podía dormir. Noche tras noche el insomnio le tenía rondando el palacio, a pesar de que había probado con todos los remedios imaginables. Sin embargo, lo que más le molestaba no era la falta de sueño o el agotamiento que lo convertía en poco más que un guiñapo durante el día, sino el profundo aburrimiento que sentía durante aquellas horas en blanco, cuando el silencio y la oscuridad anegaban los salones y todos parecían dormir a pierna suelta.

Cierta noche el conde llamó a Johann Gottlieb Goldberg, joven clavicordista de la corte, para que llenara ese infierno nocturno con algo de música. Al principio todo fue bien, y el conde olvidó por un momento su desdicha escuchando partituras que, si bien conocía, le ayudaban a pasar el rato. Pero, tras varias semanas, el repertorio del joven maestro Goldberg se agotó y la desesperación y el hastío regresaron al corazón del insomne.

Y a punto estaba de caer ya en la resignación, cuando una mañana la condesa Henriette von Keyserling, viendo a su marido con peor cara de lo que era costumbre, le dijo:

-Querido esposo, ¿por qué no encargáis una obra a ese Kantor de Leipzig… ¿Cómo se llama?…Maestro Bach, tengo entendido.

El conde así lo hizo, pero durante los meses que estuvo esperando la obra, no guardó ninguna esperanza. Por muy bella que fuese la partitura, ¿acaso no ocurriría con ella lo mismo que con las otras que había tocado Goldberg? Sin duda, pensaba, su insomnio y su aburrimiento jamás tendrían cura.

No obstante, la noche en que el joven clavicordista interpretó la partitura, descubrió lo equivocado que estaba. Ya desde la primera variación, el Aria, el conde advirtió que se hallaba ante una música tan especial que el oído parecía no estar preparado a ella. El Aria, minutos después, se deshacía en treinta variaciones que, sin tener una melodía común, conservaban un tema constante, siguiendo la línea precisa del bajo. Cada tres variaciones, además, el maestro Bach había introducido un canon, cuyo patrón ascendente confería a la pieza un aire vertiginoso y etéreo. Y, tras casi una hora en que los dedos del joven Goldberg recorrieron con sabiduría el teclado del clavicordio, por fin llegó el colofón, el Aria da Capo final, que rescataba la melodía primigenia y cerraba sublimemente el estudio.

Tras aquella noche, algunas cosas cambiaron en la vida del conde y en la historia de la humanidad: el conde recuperó el sueño perdido, el Aria con variaciones diversas para clave con dos manuales pasó a llamarse Variaciones Goldberg y el mundo comenzó a albergar a dos tipos de seres humanos: los que amaban esa obra maestra y aquellos que ni siquiera sabían que existía.

Buen fin de semana.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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