Nost Algia

En la Dissertatio Medica de Nostalgica oder Heimweh, publicada en 1688, el médico suizo Johannes Hofer define por primera vez una extraña enfermedad que había observado en algunos soldados. Tristeza, desconcentración, falta de apetito e insomnio eran los síntomas más comunes de dicha dolencia, que en alemán ya poseía un nombre, heimweh (literalmente: deseo intenso de estar en casa), pero a la que Johannes Hofer, en su pretensión de otorgarle categoría universal, quiso llamar de otra manera. Para ello inventó un término compuesto por los vocablos griegos nostos (‘regreso’) y algos (‘dolor’), y aportó así al lenguaje humano la hermosa palabra ‘nostalgia’ (el dolor del regreso o el dolor por regresar), sin la cual no se entenderían muchas de nuestras emociones más profundas o un buen puñado de obras de arte.

Anoche volví a ver Días de radio (1987), una de las mejores y más hermosas odas a la nostalgia de la historia del cine. Cuando se hace un repaso de la filmografía de Woody Allen y se discute acerca de qué películas ocupan la cúspide de su carrera, la mayoría suele olvidar Días de radio. No ha tenido la valoración de films tan renombrados como ManhattanOtra mujer o Hannah y sus hermanas. Y sin embargo, para mí, continúa siendo una de sus obras maestras indiscutibles. Por eso anoche volví a reconciliarme con su director, de quien, tras ver los bodrios que ha estado rodando en los últimos años, había renegado con decepción y hasta con cabreo. Pude recuperar la sonrisa con sus acostumbrados gags y, sobre todo, con ese toque de honda ternura, de serenidad en la mirada, de sincera compasión por sus personajes protagonistas, interpretados magistralmente en este caso por Mia Farrow, Dianne West y Danny Aiello.

Recordé entonces las largas noches de La 2 en las que, cuando era más joven, me quedaba combatiendo el sueño, igual de heroico que Gilgamesh, para ver los míticos ciclos que ponían sobre directores de cine. Recordé que, durante aquellos noventa grises e insustanciales, los días tenían sentido porque esa misma madrugada estaría viendo Fresas salvajes, Mystery train o Noche de estreno. Recordé, en definitiva, que allí, en aquel remanso surgido cuando todos dormían en casa, fue donde descubrí a Woody Allen.

Y así, sin quererlo, me fui poniendo nostálgico. Y entonces me di cuenta de que lo que para el suizo Johannes Hofer era una enfermedad, para mí ha sido siempre un estado de ánimo que se debate entre la felicidad por poder regresar montado en ese DeLorean con condensador de fluzo que es el cine, y el poso amargo que te deja la certeza de que los días dorados (en la jerga celeste de Hölderlin) ocultan un secreto nexo que nos vuelve esclavos del pasado. A pesar de que todo “instante nostálgico” como el de anoche sea en realidad una reflexión sobre el tiempo transcurrido, o mejor, un intento de dar esquinazo a la muerte.

Y mientras pienso en todo esto llego a la conclusión de que me importa un bledo lo que en este preciso instante esté ocurriendo en el mundo.

Anuncios

Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s