La ciudad inexistente

(Conferencia pronunciada el 21 de enero de 2015, en el ciclo “Manual básico de Murcia”, organizado por la Asociación de Protectores y Amigos del Museo de Bellas Artes de Murcia)

He de confesar que, desde que supe que iba a venir invitado a este ciclo de conferencias, he andado algo perdido. Sabía qué es lo que quería contarles, pero hasta hace bien poco dudaba de la perspectiva que debía utilizar. De todas formas, puesto que el ciclo de conferencias se llamaba Manual básico de Murcia, y el objetivo era dar a conocer la ciudad desde múltiples perspectivas, sí tuve claro desde el principio que lo más sensato era centrarme en lo urbano y sus alrededores, dejando fuera (y para otra ocasión) lo regional. Mi intervención debía servir para que los asistentes tuvieran un epígrafe más (en este caso, el literario) en ese manual que, gracias a la Asociación de Protectores y Amigos del MUBAM, y sobre todo gracias a Leticia Varó, sin duda va a hacer posible que conozcamos un poco mejor la ciudad.

Por ello, en un primer momento estuve tentado de caer en el típico discurso informativo y darles una lista de los escritores que nacieron y vivieron aquí, o simplemente soltarles alguna que otra anécdota sobre aquellos que se dejaron caer por la ciudad y luego se marcharon (la mayoría de las veces sin hacer demasiado ruido, todo hay que decirlo) a sus lugares de origen.

En este sentido, había pensado hablarles de la entrada de Murcia en la literatura, que se dio allá por los siglos XVI y XVII (sobre todo en este último), con nombres tan conocidos como Ramírez Pagán, Beltrán Hidalgo, Cascales, Saavedra Fajardo o, desde mi humilde punto de vista el mejor de todos, Salvador Jacinto Polo de Medina, autor que desarrolló su obra en plena disputa entre conceptismo y culteranismo.

De sus libros, tal vez me habría detenido en las Academias del Jardín, y no porque sea el mejor de ellos (para mí el mejor es Hospital de incurables, cuya edición príncipe fue presentada hace años por el profesor Díez de Revenga), sino por motivos algo familiares. Las Academias, publicado en 1630, estuvo inspirado en todo momento por las veladas que Polo de Medina pasó en el jardín del palacio de sus mecenas y protectores, los marqueses de Espinardo Don Juan Fajardo de Tenza y Doña Leonor María Fajardo (eran, además de marido y mujer, primos hermanos) de la Cueva Chacón de Guevara. En dicho jardín, que el maestro de Polo de Medina, Francisco Cascales, calificaría en sus Cartas filológicas como “asiento propio de amenidad”, se hablaba de literatura, de filosofía, de Dios, de arte y, en general, de la belleza del mundo, y algo de esta miscelánea dejó caer en sus Academias. Más de tres siglos y medio después, un escritor murciano, David López García, rescatará a aquellos contertulios de lujo y, a través de un diálogo a la vieja y platónica usanza, situará allí su magnífico (utilizo este adjetivo no porque sea mi padre) y poco recordado ensayo Babilonia de flores, un estudio sobre el jardín desde el punto de vista simbólico y literario, tristemente descatalogado ya, cuya lectura les aconsejo vivamente.

Así pues, de haber decidido hacer un breve recorrido por la historia de la literatura murciana, tras abandonar aquel Espinardo del Barroco, les habría arrastrado hasta el que podemos considerar como inicio oficial de la llamada “Murcia literaria”, que, como todos ustedes sabrán, empieza con la aparición del Suplemento literario de La Verdad (1923-1926), de Verso y Prosa (1927-1928) y de Sudeste (1930-1931). En esta fantástica tríada de revistas, nacidas en pleno auge de las vanguardias literarias,  escribieron, además de algunos autores de la Generación del 27 (Cernuda, por ejemplo, publicaría en La Verdad “El indolente”, uno de sus primeros relatos breves), la primera hornada de autores murcianos contemporáneos: Juan Guerrero, Andrés Sobejano, José Ballester, Raimundo de los Reyes, Antonio Oliver, Ramón Gaya, Andrés Cegarra y Carmen Conde, entre otros.

Más tarde, tras el espantoso tiempo muerto de la Guerra Civil, aquellos nombres harían de maestros de ceremonias ante la nueva generación que, durante los años cincuenta y sesenta, dio lugar a una segunda fase de la Murcia literaria. Fue el momento de las revistas Azarbe y Sazón, por ejemplo, o de la tertulia del mítico Café Santos (frecuentado por Miguel Espinosa, Dictinio del Castillo o el profesor Ángel Valbuena, quien, por cierto, había recogido el testigo dejado por Jorge Guillén décadas antes, cuando animara la salida a la luz de Verso y Prosa). Fue el momento también de los premios “Polo de Medina” y de autores, que ya por aquel entonces empezaban a descollar, como Sánchez Bautista, Capmany, García Abellán, Salvador Jiménez o Castillo Puche.

Había pensado hablarles más detalladamente de todo ello, y tal vez centrarme en una obra aparecida en 1936, Otoño en la ciudad, y en un autor, José Ballester, que bien podrían haber servido de arranque para este manual de uso de la Murcia literaria.

Les habría dicho que esta novela es una de las más bellas que se han publicado en la Región y que, dentro de la corriente europea de la novela lírica (donde predomina la descripción sobre la anécdota), es un magnífico homenaje a la ciudad, a su paisaje, a sus calles, a sus tipos más característicos, a sus olores y a sus colores, y todo ello presidido por la enhiesta sombra de la Catedral, leitmotiv de la obra.

Les habría desentrañado los más importantes pasajes de sus diecisiete capítulos, como aquella “Tertulia de mindangos”, donde aparece el típico opinador de todo, inmovilista y escéptico, o como esos párrafos dedicados al “Desencanto”, en los que Luis, un antiguo compañero de José María, el protagonista, sorprendentemente rechaza todo aquello por lo que Murcia podría singularizarse y no deja piedra sobre piedra de la ciudad; invectiva esta que aun hoy es habitual que oigamos en alguna conversación sobre Murcia.

Pero también les habría contado algo acerca de don José Ballester, periodista y escritor que, durante los años veinte, apadrinó y promovió, junto a Juan Guerrero, el renacer literario de este rincón del mundo. Les habría dicho que la ciudad estuvo siempre muy presente en su obra y que, en cierto modo, es uno de los culpables de la visión y la concepción que de ella tenemos actualmente. Les habría leído, por último, algunos pasajes de su fantástica guía, Alma y cuerpo de una ciudad o de algún que otro artículo periodístico de su libro Estampas de la Murcia de ayer, compendio de sus investigaciones llevadas a cabo en los archivos de la Región.

Y, cómo no, sentados como estamos esta noche en la máquina del tiempo de la literatura hecha aquí y que hace de la ciudad su decorado, tendría que haberles llevado hasta principios de los ochenta y nombrarles a otro autor, Pedro García Montalvo, y los títulos de dos de sus libros, La primavera en viaje hacia el invierno y Los amores y los días, colecciones de relatos ambos en los que Murcia aparece como telón de fondo.

Debería haberles conducido al Huerto de los Cipreses, al jardín, cercano al Palacio Episcopal, de Alejandra y los viejos, o al callejeo en busca de juerga (y de algo más) de la Venta de la Virgen, donde aparecerá por primera vez ese extraordinario personaje que es Tomás Tarazona. Les habría hablado de la Murcia de los cuentos de Montalvo (Madrid es el lugar elegido para sus novelas), que suele ser la Murcia de la burguesía de posguerra, la de las muchachas bonitas pero vulgares y la de los huertos voluptuosos y los deseos reprimidos. La ciudad como un decorado para historias con apariencia provinciana pero que, en la mejor tradición de Chéjov, ocultan los universales de siempre.

Y por último, en un alarde de maestría en el pilotaje de esta nave del tiempo, les habría hecho regresar al presente, y me hubiera detenido en lo que está ocurriendo ahora en Murcia. Les habría dicho que hoy tienen el privilegio de ver pasear por las calles de la ciudad a dos de los más grandes poetas españoles de este principio de siglo. Me refiero, por supuesto, a José María Álvarez y a Eloy Sánchez Rosillo.

El primero, con su Museo de cera, trajo a la poesía murciana el cosmopolitismo que le faltaba. Sus versos, a veces sensoriales, a veces sentenciosos, están llenos de aromas mediterráneos y de ese brillo dorado de la decadencia, que es uno de los rostros de la belleza. José María Álvarez, cartagenero, es hoy una referencia para la nueva camada de autores que están surgiendo alrededor de la que quizá sea la mejor revista de poesía actualmente: La galla ciencia, dirigida por Samuel Jara, Joaquín Baños, Manuel Pujante y Noelia Illán, quienes ya preparan el tercer número.

Por su parte, Eloy Sánchez Rosillo, profesor de la Universidad de Murcia, abrió el panorama literario de la Región con su premio Adonáis (allá por el año 77) y, aunque personalísimo siempre, trajo a Murcia lo que por aquel entonces se denominaba “poesía de la experiencia”. De natural tímido y enemigo de saraos y reconocimientos, Sánchez Rosillo se ha mantenido fiel a la expresión contenida, al tono elegíaco de su amado Leopardi, a los temas de siempre que conectan su obra con la mejor tradición europea. Fue mi profesor en la carrera, y de sus clases recuerdo que, sobre todo, aprendí a leer poesía. Allí descubrí a Homero, a Whitman, a Leopardi, a Cavafis, a Keats, a Leopoldo Panero, a Cernuda.

Estos dos autores proyectan su alargada sombra hoy en una ciudad que huele a literatura por todas partes.

De haber convertido mi intervención en una retahíla de nombres, de títulos y de acontecimientos importantes, hubiera terminado describiéndoles el panorama de la última Murcia literaria. A Dionisia García y Arturo Pérez-Reverte, se unen los nombres de otros autores que han conseguido trascender las fronteras de la patria chica. Por aquí pululan actualmente, murcianos de nación o de adopción, Luis Leante, Diego Pedro López Nicolás, Pascual García, Soren Peñalver, Jerónimo Tristante, Santiago Delgado, José Luis Martínez Valero, David López García, Ángel Paniagua, Manuel Moyano, Rubén Castillo, Juan Luis López Precioso, Patricio Peñalver, José Óscar López, Cristina Morano, José Daniel Espejo, Marta Zafrilla, Vicente Cervera, Antonio Aguilar, Ángel Manuel Gómez Espada, Alberto Chessa, Diana de Paco, Lola López Mondéjar, Antonio Marín Albalate, Alberto Caride, Juan de Dios García, Fulgencio Martínez, Ginés Aniorte, Diego Sánchez, Vega Cerezo, Alfonso García-Villalba, Alejandro Hermosilla y muchos otros que, si me hubiera atrevido a dar una conferencia como dios manda, me habría dejado en el tintero.

Les hubiese dicho que en ningún momento de la historia de la ciudad hubo tantos actos literarios, tantas revistas, tantas asociaciones, en definitiva, tanta vida como ahora. Les habría hablado de aquellas míticas revistas literarias que fueron  Thader, Cuaderno de Bitácora, Ágora, Casa Subterránea, Oh poetry! o Hache, y también de las actuales: la ya mencionada La galla ciencia, El coloquio de los perros o Manifiesto Azul. Y, sobre todo, les habría mencionado la labor de animación literaria que llevan años ejerciendo los miembros del Colectivo Iletrados, y el enorme trabajo de personas tan incombustibles como Isabelle García Molina en la dirección del Aula de Poesía de la Universidad de Murcia.

Y ya, al final, habiéndome puesto estupendo, como Max Estrella, me habría atrevido a dar los nombres de mis tres autores murcianos favoritos, que son, por este orden, Miguel Espinosa, Miguel Espinosa y Miguel Espinosa.

Y sin embargo, nada de esto voy a tratar aquí. En primer lugar porque considero que existen personas muchísimo más preparadas para hacerlo. En segundo lugar, porque existen obras (como las dos historias de la literatura murciana, una escrita por Francisco Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco, y otra por Santiago Delgado) a las que pueden acudir si quieren hacerse una idea de los frutos que otorga la tierra. Y en tercer lugar, porque yo quiero hablarles de otra cosa, quiero hablarles de otra Murcia literaria y demostrarles que, por muchos nombres que mencione, por muchas obras que hayan sido escritas aquí, Murcia, lo que se dice Murcia, puede que no exista.

Verán. Hay una idea que me sirve para fundamentar la introducción a la asignatura de Literatura Universal y que suelo lanzar a mis alumnos con el objetivo de empatizar con ellos, aunque la mayoría de veces termine en realidad espantándolos. La idea es esta: los lugares que han trascendido al simple mapa, aquellos lugares que con el tiempo se han transformado en el espíritu de las civilizaciones y la cultura, no son meros elementos del paisaje, ni siquiera consecuencias, más o menos azarosas, de la historia de los hombres. Los lugares del alma son creaciones de la literatura. Es decir, son los libros los que crean el mundo, y no el mundo (sus habitantes) lo que crea los libros.

Los pocos alumnos que suelen estar atentos reaccionan, por supuesto, con una mueca parecida a la que ustedes acaban de dibujar en este instante. No entiendo lo que quieres decir, replican enseguida esperando que yo les explique la metáfora o les desvele en qué consiste el truco. Pero siempre les digo lo mismo: no es un truco ni una metáfora; el significado de semejante aseveración es literal, las palabras que la componen significan exactamente lo que significan.

Me reconocerán que la idea, además de brillante, es enjundiosa. Por eso he de confesarles que no es mía, sino de un filósofo francés llamado Gilbert Durand, creador de la “mitocrítica”, un interesante método que pretende descubrir los mitos (en su sentido jungiano) que se ocultan tras la obra literaria, pues para el francés, toda creación es una especie de reminiscencia poética de lo mítico.

A mí siempre me pareció bastante atractivo este punto de partida ya que mandaba a tomar viento todo aquello en lo que, hasta ahora,  ha consistido el estudio de la literatura. Durand considera que, antes que los datos sociales, antes que los problemas psicológicos, antes que los imperativos históricos y culturales, antes que los hallazgos del lenguaje, se sitúa la obra literaria en sí, la cual, con su presencia, hace prevalecer su esencial carácter de demiurgo de lo que acontece. Así pues (y aquí está la apuesta polémica), es la obra artística la que, no solo da sentido al género de donde surge, sino a la época y al artista. O sea, al mundo.

Los lugares de la obra literaria, los mundos que esta imagina, los páramos amenos del Tajo, por ejemplo, Jerusalén, la ciudad moderna y sus suburbios, Grecia, Alejandría, todos los espacios, en definitiva, que son creados a partir de una noción, de un sueño, a partir de una fotografía, de un recuerdo, todos, sin exclusión, son fruto de la literatura. El dios del Tajo, quien lo hace surgir de la nada, de la penumbra de lo material, es Gracilaso, que le otorga, a su vez, esa noción de topos y fija arquetípicamente su permanencia, su eternidad, convirtiéndolo en aquella Arcadia que Sannazaro heredó de los ensueños agrícolas de Virigilio. Asimismo, ¿qué hubiera sido de Jerusalén sin la Jerusalén de la Biblia (que es un libro de libros) o sin Tasso? Tampoco la ciudad moderna sería entendida (o, mejor, percibida) sin el Manhattan coral y anónimo de Dos Passos, sin el héroe implicado de Chandler, sin los suburbios de la clase media carveriana. Ni tendría sentido el paraíso perdido poblado de fantasmas, de vetusta y melancólica grandeza, sin la Grecia de Hiperión, sin aquel Recanati de un Leopardi adolescente, sin la Alejandría devastada, mestiza, autista de Cavafis.

«Son las novelas y poemas los que “inventan” los paisajes del alma», sostiene Durand; la obra literaria crea su propio espacio seleccionando ese otro espacio de ahí fuera. Quizá por ello, una vez plasmado, eternizado sobre el papel, pasa a ser propiedad del hombre, quien, cuando se proponga mirarlo, no podrá evitar una perspectiva ya inventada, predispuesta, que se hace indispensable. Toda creación “poética”, por tanto, es la creación del mundo.

Pero no todos los textos literarios poseen esta magia. Cuando Durand habla de fundación de geografías míticas se refiere, claro está, a aquellas obras con el poder suficiente para hacerlo, es decir, a las obras del genio, no a cualquier obra. No se crean ustedes que por el mero hecho de aparecer en una novela, por ejemplo, a tal ciudad o a tal paisaje se les otorga automáticamente la categoría de espacios reales. Ni mucho menos. Para que un lugar comience a existir, la obra literaria en la que se inserta ha de ser, si no una obra maestra, sí una obra de calidad indiscutible.

Pensemos, si no, en Barcelona. La imagen que poseemos de ella es una creación de la Oda nova a Barcelona, de Joan Maragall, los apuntes maravillosos de Josep Pla, las descripciones de la periferia de Marsé, el análisis histórico de Mendoza o las correrías de Carvalho, personaje, como todos sabrán, de Vázquez Montalbán. El espacio de la Ciudad Condal, su topos (por llamarlo de alguna manera) es fruto de la literatura; de hecho, todo lo demás (el reclamo turístico o la perspectiva política) proviene también de ella. Se podría aseverar que, como tal, Barcelona empezó a existir cuando alguno de estos talentos la rescató, la moldeó y la templó finalmente a fuego muy lento para donársela a la posteridad.

Siguiendo con las ciudades, otro tanto de lo mismo cabría decir de Madrid, topos que no existió hasta que los escritores del realismo decimonónico no lo pusieron negro sobre blanco. Tanto es así que, aunque no hayamos leído jamás una miserable línea de Galdós, vemos sin sospecharlo (¡bendita ingenuidad la de la mirada que se cree virgen todavía!) a través de sus ojos, o mejor, de sus palabras. Más tarde, los escritores del 98 serían los artífices de una capital que se fue convirtiendo poco a poco en una metáfora de España. Cuando paseamos por Lavapiés estamos paseando por las páginas de una novela de Baroja. Y ya, por traer a colación a un autor contemporáneo, cuando nos adentramos por Fuencarral y Chueca, sin saberlo lo hacemos siguiendo los pasos de Toni Romano, el inmortal personaje de Juan Madrid.

Murcia ha tenido a su Ballester, a su Jorge Guillén (recordemos sus poemas “Panorama” o “Calle de la Aurora”), a su Gerardo Diego (ahí está su soneto “Augurio”, compuesto, como escribe Ismael Galiana en su libro Murcia imaginada, desde la torre de la catedral), a sus “poetas huertanos” y a conspicuos fabuladores como García Montalvo. Murcia, lo peor de ella, ha estado también ahí, en el trasfondo implícito de la Escuela de Mandarines, La fea burguesía y la Tríbada de Miguel Espinosa. La ciudad permanece grabada actualmente en los versos de numerosos poetas, en los capítulos de algún que otro novelista de más o menos éxito. Sí, todo ello es verdad, pero… Pero lo cierto es que Murcia jamás tuvo a su Galdós (mientras que Oviedo sí tuvo a su Clarín), ni a su Baroja, ni a su Marsé, ni a su Vázquez Montalbán. Murcia, por tanto, y siguiendo el juego iniciado por el filósofo Gilbert Durand, no ha existido ni existe todavía, a la espera de que algún escritor la rescate del olvido literario y la convierta en literatura.

Cabe preguntarse entonces: ¿por qué?

En mi opinión, la ciudad, a pesar de haber sido cantada y novelada en numerosas ocasiones, posee algo que excede la maestría con que ha sido escrita. Con esto quiero decir que no es por la poca maestría de sus escritores que Murcia no se haya convertido hoy en una de esas geografías del alma de la gran literatura. Mucho me temo que su lastre está en otro sitio.

Regreso un instante a Madrid para que ustedes entiendan lo que quiero expresarles.

A buen seguro que ustedes conocen el llamado Barrio de las Letras madrileño, ya saben, ese grupo de calles situado entre la Carrera de San Jerónimo y la Calle de Atocha que, durante los siglos XVI y XVII, albergó la residencia de algunos de los más grandes genios de nuestra literatura. Pues bien, siempre que paseo por el Barrio de las Letras debo hacer el esfuerzo de imaginarme que en la Calle de la Madera, por ejemplo, vivió alguna vez Quevedo o que en las Trinitarias se alza el panteón intangible de Cervantes. El ejercicio se vuelve tan absurdo como si imaginara, en pleno Benidorm, que aquel mar pudo ver en algún momento de la historia a Aníbal o a Escipión el Africano. Pero es lo único que se puede hacer en una ciudad que ha borrado de un plumazo las ruinas de una época en la que empezó a ser una ciudad.

Y eso que en el Barrio de las Letras fueron los hombres de los Siglos de Oro quienes nos enseñaron a amar las ruinas. Si bien es verdad que, como todo lo de entonces, la moda provenía de  Italia, hay que reconocer que el genio hispano la supo sublimar y adaptar de manera incomparable. Aquel «Superbi colli, et voi, sacre ruine» de Baldasare di Castiglione fue transformado por LopeRodrigo Caro, Quevedo y tantos otros en algo que superó el tópico literario y pasó a formar parte de nuestra manera de hacer filosofía.

Advirtieron ellos en las ruinas el paso del tiempo, la instantánea anticipada de lo que siempre quedaría de nosotros. Cantaron la grandeza devastada de las antiguas formas de vida. Expusieron de una y mil formas (bellísimas todas ellas) la sorprendente paradoja de que la destrucción resulta necesaria para que exista la memoria. Descubrieron, tras las columnas truncadas y los cascotes de piedra, ese rumor que nos llaga, ese mordisco del corazón que termina conduciéndonos irremediablemente al desengaño, gesto tan  de andar por casa, tan español siempre. Añoraron, en definitiva, un pasado que jamás vivieron pero que creían indisolublemente unido a todos nosotros.

Quién les iba a decir, sin embargo, que su época generaría también las ruinas más sobrecogedoras de todas: aquellas que no se ven, que ya no están, que solo se presienten. Todo empezó cuando los borbones echaron sal sobre el pasado de los Austrias y convirtieron Madrid en el cuarto de los criados de Versalles. A partir de ese instante, la historia de España quiso empezar de nuevo y las luces de la Enciclopedia ensombrecieron todo aquello que hubo existido antes que ellas. El afrancesamiento de nuestros intelectuales derivó en un jacobinismo idiota que aún hoy nos hace llamar fascista a Felipe II y machista a Góngora.

La inquina a los Siglos de Oro se ha extendido como una excrecencia de nuestra propia barbarie. La imagen más depurada está en el Barrio de las Letras, donde ya no queda rastro de los escritores que lo habitaron. De hecho, el Barrio de las Letras es el reflejo de una España que ha aprendido a existir sin ser, a saber sin conocer, a ir marchando sin avanzar por la historia de Europa. La gloria del pasado, entre cervecerías y terrazas, entre chorizos y turistas, no tiene más remedio que quedar encerrada en unas cuantas placas conmemorativas. Ante ellas, es decir, ante la nada de ellas, es donde se cumple el terrible axioma que mide la ingratitud de un pueblo que, en vez de conservar hasta el colchón de la cama que viera morir a Cervantes, ha dejado que sus huesos se pudran en una fosa común.

Así pues, aunque la teoría nos dice que esa zona de Madrid habría de ser la más reconocible por cualquier visitante que se acercara a la ciudad, la práctica muestra lo contrario. A pesar de Pérez-Reverte y su Alatriste, la imagen del Madrid más universal que poseemos es la de los primeros borbones y la del periodo de tiempo que abarca todo el siglo XIX y la primera mitad del XX. Y la razón radica no solo en el hecho de que se hayan elaborado auténticas obras maestras de la literatura con semejante decorado, sino porque, como ya hemos visto, es la única que existe.

A Murcia le ocurre algo muy parecido a lo que sucede con el Barrio de las Letras, se podría decir (siguiendo con la misma imagen) que posee las mismas ruinas invisibles. Ha sido el telón de fondo, incluso el tema principal, de numerosos libros, pero siempre con el cuadro de una Murcia que ya no existía; y, cuando ha existido (vuelvo a referirme a Otoño en la ciudad, de José Ballester) ha sido en obras tan extremadamente insólitas y, con el tiempo, tan injustamente olvidadas, que apenas han influido.

El que pretenda reconocer en Otoño en la ciudad la Murcia actual (o viceversa), se llevará un chasco. Por supuesto, hay zonas que sobreviven, pero la mayor parte de ellas ha sido borrada para siempre. No seré yo quien se queje del devenir de la historia, ni quien vea una lógica (siniestra) o una injusticia universal y jamás vengada en el paso del tiempo. Sin embargo, si se quiere comprender por qué la Murcia de algunos de los mejores escritores que esta tierra ha dado no es reconocible, y por ende por qué diablos jamás podrá existir desde un punto de vista literario, no debemos pasar por alto una circunstancia muy obvia y fácilmente reconocible por todos: la barbaridad urbanística que sufrió la ciudad durante los años sesenta y setenta.

Ahí está, cómo no, el llamado Plan Blein (Gaspar Blein fue su arquitecto), ideado durante la década de los cuarenta (de 1942 a 1949) y desarrollado hasta 1975. No obstante, ¡cuidado!, porque, aunque con él desapareció la Murcia de los Baños Árabes (situados en la Calle Madre de Dios), de los palacios (el de los Riquelme, o el del Marqués de Ordoño son algunos de ellos) y de los huertos (el Huerto de las Bombas o los jardines fluviales de Ruiz Hidalgo), no hay que perder de vista que, por ejemplo, el palacio propiedad de la familia D’Estoup, a pesar de estar declarado Bien de Interés Cultural, fue demolido hace tan solo quince años.

Imaginemos que la obra de Ballester hubiera sido un best seller, o simplemente que hoy en día se estudiase como lectura obligatoria en todos los institutos de España. Imaginemos que de vez en cuando acudieran visitantes buscando el callejeo árabe, las plazoletas recónditas o la sombra del Palacio de los Marqueses de Vélez. ¿Qué se encontrarían? Pues exactamente lo mismo que se encuentra el nostálgico letraherido y fetichista que espera anegarse en el ambiente de un Lope o de un Cervantes en el Barrio de las Letras madrileño. O sea: nada.

En definitiva (y con esto ya voy acabando), hay una Murcia que existe y otra que no existe. La primera es el trasfondo donde concurre esa “Murcia literaria” con la que he empezado mi intervención. La segunda es la ciudad que la literatura no ha podido rescatar de la sombra. En este sentido, cabría no confundirlas, pues ambas, una vez distinguidas, nos permitirán tener clara una idea que me gustaría transmitirles esta noche antes de terminar:

En realidad no hay un hecho diferencial en esto de la literatura (a veces, digan lo que digan los sacerdotes del nacionalismo y del regionalismo, ni siquiera el idioma otorga semejante categoría). Cuando la ciudad, la tierra, el país o el paisaje aparecen, por los motivos que acabo de exponer en mi intervención,  como meros decorados que no influyen lo suficiente, vemos que lo que importa es la obra literaria en sí. Pero cuando el decorado se transforma, por intervención de la literatura, en lo que Gilbert Durand y un servidor de ustedes hemos llamado “lugares del alma”, geografías devenidas en mitos que intervienen en nuestra visión de la realidad, dichas geografías, dichos lugares pierden su especificidad, se universalizan, siendo posible así que todos obtengamos una perspectiva similar del mundo.

Y este, señoras y señores, es el gran milagro de la literatura.

Muchas gracias.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

9 comentarios sobre “La ciudad inexistente”

  1. “Los lugares del alma son creaciones de la literatura. Es decir, son los libros los que crean el mundo, y no el mundo (sus habitantes) lo que crea los libros”
    “Son las novelas y poemas los que “inventan” los paisajes del alma”

    En los viajes el objetivo es el lugar soñado y no la la realidad de todos los días que hoy encontrarás en cada rincón del mundo. Si alguien, ciudad o lugar, no te soñó y escribió sobre ti no existirás, aunque tengas una realidad en los mapas.

  2. Excelente, nen. Coincide con la tesis que apunto sobre la novela en “El sortilegio de la lectura”: la Mancha que importa es aquélla en la que vemos pasar a don Quijote sobre el fondo del paisaje. Y sólo porque el triste hidalgo la habita es la Mancha el lugar que es. Me hubiese gustado acudir a la conferencia. Un abrazo muy fuerte.

  3. Hesperetusa, bellísima la reflexión. Te aconsejo que leas el ensayito de Durand (la verdad es que no sé lo habrán vuelto a publicar) donde se expone esa teoría: “Fundamentos simbólicos de la obra literaria”.

    Un abrazo.

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