Historias

Hay algo en la narración que subyuga la mente de quien la escucha, un poder que hace que el mensaje llegue directamente al receptor, tocando y abarcando al mismo tiempo razón y sentimiento. Una buena historia nos atrapa, nos hace suyos casi al instante. Así que esto de contar historias no es precisamente una novedad, y tampoco creo que se descubra la pólvora cuando son utilizadas para persuadir o guiar la opinión de las personas. Lo sabían, por ejemplo, los chamanes de las tribus neolíticas, los evangelizadores cristianos o los líderes de las grandes revoluciones de la historia de la humanidad. Ahora bien, jamás ha habido tal profusión de historias como ahora, ni el arte de la narrativa se ha aplicado a tantos ámbitos de la vida del hombre corriente.

El gran inventor del tinglado fue Goebbels, por supuesto, pero después de él están Reagan y sus spin doctors, asesores que se encargaban de elaborar mensajes sencillos e impactantes para ir controlando la opinión pública. Cada día apostaban por una frase (the line of the day) que debía salir en los medios. Con el tiempo la cosa derivó en el llamado storytelling, una suerte de reactualización del medieval docere et delectare que pretendía persuadir al público mediante la narración de historias. Utilizada durante los noventa por la publicidad y la empresa, la técnica del storytelling fue asimilada enseguida por la política, sobre todo tras los atentados del 11 de septiembre. Actualmente no hay gobernante en occidente que no se vea en la necesidad de rodearse por esa nueva versión de los antiguos consejeros de palacio que son los storytellers, asesores que dictan el ‘relato’, el ‘discurso’, la ‘línea del día’ a seguir durante cierto tiempo. Para muestra, todas y cada una de las intervenciones de Barack Obama, experto contador de historias en la tradición de Reagan, Clinton o W. Bush.

En España, no hemos tenido un storytelling propio hasta hace poco. El de la Transición, mantenido durante más de treinta años por nuestra clase política y su ralea de periodistas cortesanos, fue una creación yanqui y alemana para controlar y adormecer al personal en el ínterin del lavado de cara del franquismo. Con la crisis económica, sin embargo, los factótums del régimen y sus respectivos spin doctors tuvieron que ponerse manos a la obra. En el PP, el spin doctor más influyente hasta el momento ha sido Arriola, quien, a pesar de lo que digan los hunos y los hotros, a mí me parece un tipo que controla la realidad con bastante soltura.

Tras aquella sonada metedura de pata, durante el debate de 2008, en que Rajoy nos habló a todos los españoles de una extraña niña, Arriola y su equipo han aprendido la lección. La realidad, como le confesara a Ron Suskind ese mítico consejero de Bush, es algo que no solo se manipula, sino que también se puede crear en un despacho o en una tormenta de ideas.  Así que, desde que el PP llegó a la Moncloa, se ha ido urdiendo la trama de un discurso que está sustituyendo poco a poco el de la Transición. El nuevo storytelling trata sobre la “regeneración” del país, y pretende convencernos de que no hace falta que el régimen cambie para que todo se depure.

Esta historia tiene, claro está, buenos y malos, es decir amenazas que simbolizan el caos que nos espera fuera del consenso del régimen, y salvadores de la patria que se mantienen en su sitio, a pesar de que haya momentos en los que se tengan que enfrentar estoicamente a la incomprensión del vulgo. Pero ninguno de estos personajes escapa al control de su autor. Pablo Iglesias, el malo, ha sido creado así para que los más de dos millones de votos que se han ido del PP a la abstención puedan ser movilizados en el último momento. Cómo se llevará a cabo semejante hazaña es lo único que está por ver, pero todo apunta a dos giros de la trama aparentemente inesperados: o bien que a alguna de las cabezas visibles de Podemos la pillen hundida en la mierda corrupta habitual, o bien que alguien vuele por los aires y los españoles busquen la protección de quien está en el gobierno. La regeneración se venderá entonces como una suerte de escarmiento que el régimen asume con las orejas gachas.

Este sábado, en su encierro toledano, Rajoy ha dicho que sufrirán en las autonómicas pero que ganarán en las generales. Arriola ha lanzado incluso el órdago de que lo harán con un 30% de los votos. No nos extrañemos de este repentino ataque de optimismo. La historia está a punto de concluir y por ahora todo marcha según lo previsto.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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