El terremoto

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El 25 de mayo del pasado año, Manuel Valls, nombrado hacía unas semanas primer ministro, decía en un mensaje grabado que los resultados de las elecciones europeas en Francia no habían sido una alerta, sino un terremoto. Se refería, por supuesto, al cataclismo que había hecho retroceder a los socialistas hasta el 13,8% de los votos, el mismo que había empujado al Frente Nacional de Marine Le Pen hasta el 26%, el mejor resultado de su historia. Como lógicamente cabía esperar, monsieur Valls demostraba así que en su partido habían entendido el mensaje del electorado, que tenía la grandeur suficiente como para reconocerlo en público, pero sobre todo que era consciente del drama que los partidos tradicionales habrían de empezar a vivir a partir de entonces.

El Frente Nacional ha desestabilizado por completo el panorama político francés, y no únicamente por ser el partido más votado, sino por haber sabido cortar los hilos que lo movían desde 1988 y haber abandonado el papel de tonto útil en el rifirrafe entre socialistas y conservadores. Ya no es aquel partido que creaba las condiciones políticas adecuadas para que tanto Mitterrand como Chirac hablaran de xenofobia, racismo y antisemitismo, y ocultasen así a los franceses que en lo económico y en lo social ambos estaban absolutamente de acuerdo. Ni siquiera el pelele de las presidenciales de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen llegó a la doble vuelta para ser sacrificado públicamente en un alarde de republicanismo teledirigido. Ahora es un partido distinto, un no alineado que, como algunos de esos no alienados que han sorprendido en las últimas elecciones europeas, no han dudado en ayudar en los planes de desestabilización que, desde hace unos años, lleva a cabo Rusia en la zona euro. De hecho, durante el decimoquinto congreso del FN, celebrado a finales de noviembre pasado, se supo que el First Czech Russian Bank le había concedido un préstamo de nueve millones de euros. “¡Viva Francia, viva Rusia, viva la amistad franco-rusa!”, gritó en ese mismo congreso Andrei Isayev, vicepresidente de la Duma, que había sido invitado para dar una alocución íntegramente en ruso.

Marine Le Pen es, sin lugar a dudas, mucho más lista que su padre. Ha sabido jugar sus cartas, ha comprendido que el mensaje nacionalista, en un contexto de crisis económica, está más que asentado, y finalmente se ha hecho con aquella parte del discurso tradicional de la izquierda que llevaba décadas políticamente huérfana. Así que se ha permitido el lujo de recoger en su programa la defensa a ultranza de la nacionalización de la energía y las telecomunicaciones, la ayuda social a los más desfavorecidos y la salida del euro. En medio del terremoto, los medios han tachado semejante estrategia de populista, pero en realidad no es más que la anticipación en la pesca de los valores que, desde el 68, la izquierda, para dejar de serlo y convertirse en progresía, ha estado sustituyendo por bioideologías tales como el multiculturalismo.

Es sabido que el lenguaje de la política se reserva la hipérbole para ocasiones en las que necesita aparentar que es capaz de exceder los límites de lo políticamente correcto. Pero las palabras de Manuel Valls no eran exageradas. Toda la clase política francesa es consciente de que nos hallamos inmersos en la escenificación de un drama que ya no es solo francés, sino europeo. Un drama que consiste en la desestabilización y el colapso de la UE, por supuesto. El primer acto se inició aquel 25 de mayo del año pasado y ha terminado hace cinco días con el atentado contra la revista Charlie Hebdo.

El segundo acto acaba de comenzar con la imagen de la manifestación de ayer en París tuiteada por Le Monde, donde los líderes europeos (a la señora Le Pen se le ha prohibido salir en la foto; y seguro que ha pensado que gracias a Dios) aparecen donde siempre han estado: lejos, muy lejos de la gente.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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