El mito del profesor

El profesor es el principal valedor del actual sistema de enseñanza. Sobre él descansa el edificio. A pesar de que se pueda permitir la licencia de quejarse de lo mal que está todo, en su fuero interno sabe perfectamente que una vuelta a la sensatez en la educación resultaría inaceptable. Qué sería de él si de pronto tuviera que abandonar los cómodos ritos de oficina, los confortables almohadones de los cada vez más limitados libros de texto. Qué sería de él si se viese obligado a empezar a ser experto en su materia. Qué si hubiera de enfrentarse un día tras otro a la clase magistral, a la discusión fundamentada. Muchos, aún hoy, cuando todo está perdido y ese horizonte es una utopía, continúan temblando ante semejantes hipótesis.

El profesor es un elemento más en el paisaje del desastre educativo, de ahí la pasividad con que ha ido asumiéndolo. La mediocridad de las aulas -de la que tanto se lamenta- es la medianía de las salas de profesores, de las jefaturas de estudios y de los despachos de dirección. La falta de contención en las formas de los alumnos se corresponde con su propia falta de contención, ya que cada vez es más ignorante de las mínimas normas de urbanidad. La santificación de la estupidez se consagra en todos y cada uno de los rincones de los centros de enseñanza del país.

El profesor es el más cruel enemigo de sí mismo, de hecho es el ejemplo perfecto de cómo el consenso político y oligárquico ha ejercido su influencia en la sociedad. No es que acate el absurdo de las últimas leyes educativas; sencillamente se las cree. Cree en la escolarización obligatoria hasta los dieciséis, en la cientificidad de la pedagogía, en la escuela como promotora de los cambios sociales, en la bondad esencial del niño y en la infalibilidad del Estado. Ahora además, con la LOMCE, está empezando a comulgar con las ruedas del coaching educativo, la inteligencia emocional, el bilingüismo, el emprendimiento y la excelencia. Y no conforme con eso, apuntala esa fe de carbonero con la pulsión de la militancia, pues a falta de criterio profesional, se agarra con todas sus fuerzas a la consigna política.

El profesor, en definitiva, es hoy un ser descorporeizado y desubstanciado. Su trabajo es un trabajo de mínimos. Su libertad, un régimen vigilado por la autocensura.

Entonces, cuando se jubilen las últimas generaciones que conocieron el ancien régime educativo, y ya nadie se acuerde de que hubo un tiempo en que los institutos fueron lugares diferentes, el profesor será un mito.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

7 comentarios sobre “El mito del profesor”

  1. ¿Sabes lo que más me desconcierta? Que todo el rollo del “coaching” educativo, la educación emocional, etc., se está convirtiendo en un estandarte para aquellos que, a su vez, despotrican contra la LOMCE y contra el gobierno en materia de educación. Conozco a cierta persona (ejemplo de todo esto) que se pone la camiseta verde los jueves y luego pega carteles de un congreso de Educación Emocional dirigido por no sé quién de la familia Botín que se celebró hace un mes en Murcia. Tienen un lío en su cabeza que no se aclaran ni ellos.

  2. Como profesor, me permito felicitarle por lo atinado de su artículo, aunque, desde el más profundo de los respetos, porcedo, si se me permite, a efectuar una objeción. La generalización de su razonamiento, plasmada en el hecho de haber utilizado el término “profesor” con carácter genérico y universal, no se corresponde con la realidad de los centros educativos: hoy día aún quedan, quedamos, algunos pocos resistentes que hemos combatido, combatimos y seguiremos combatiendo LOGSEs, LOEs, LOMCEs y demás brutalidades pergeñadas en oscuros despachos; que nos seguimos negando a tragar indisciplina y falta de educación y de rendimiento; y que nos seguimos mostrando refractarios a toda la bazofia (con perdón) que nos arrojan los pedabobos (la grafía es intencionada) y pedagogós (idem). Cierto es que muchos van sucumbiendo, como emperadores que se pasean desnudos creyendo ir envueltos en un traje especial, a la creciente mediocridad, pero me permito reivindicar la figura de quienes aún tenemos agallas y dignidad para resistirnos. Muchas gracias por permitirme el comentario. Un placer seguir su blog.

  3. Soy profesora indomable de filosofía. Comparto su reflexión y aplaudo el realismo con el que describe la situación de nuestros centros. Cansada de mediocridad, de charlas inútiles, anti pedagógicas, demagogia de pasillos y compañeros hastiados (no se de qué) desde el primer día de clase hasta el último. Cansada de profesores sin ilusión, que nunca han creído que la enseñanza bien planteada puede cambiar el mundo. Contra viento y marea sigo llena de entusiasmo, dinámica, inagotable, empalizando con cada uno de mis alumnos y disfrutando y haciéndoles disfrutar de este regalo que es ser educadora, transmisora, amiga, referente, apasionada.
    Saludos y un placer

  4. Hola, David. Comulgo con tu filosofía critica, por llamarlo de algún modo. Eso sí, me gustaría que dieras de vez en cuando alguna posible alternativa o solución al mal endémico este que nos asola.

    Y una pregunta: sueles dar estopa a los sindicatos. Me gustaría saber de tu pluma si crees necesaria su existencia y cuál sería su esencia.

    Otra cosa, supongo que querías decir “ancien régime”.

    Salud y conocimiento,

    J.

  5. Maricruz, no es lío lo que tienen en la cabeza, sino pura intuición, que para mí es muy reveladora de la auténtica naturaleza de la cuestión educativa. Consignas que emanan de grupos políticos aparentemente enfrentados y recetas ideológicas a primera vista irreconciliables (y así son vendidas) que, de repente, voilà, la intuición de estos docentes tan activos reúne en el mismo saco mostrándolas al mundo como lo que en realidad son: la misma mierda.

    Un abrazo.

  6. Estimados Manuel y Carmen, el sustantivo “profesor”, siendo genérico, no pretende abarcar al cien por cien de los docentes, pero sí a una mayoría. Hay profesores refractorios e indomables, por supuesto, pero creo que no exagero cuando digo que estos son lamentablemente una minoría. El panorama, a medida que avanzan los años y va quedando cada vez más lejano el tiempo en que los institutos públicos eran otra cosa muy distinta, pinta sombrío. ¿Qué ocurrirá cuando, jubilados los últimos profesores que pudieron dar clase en un BUP o en un COU (o siemplemente fueron alumnos en aquel sistema), el nuevo paradigma educativo implantado en 1990 deje de tener parangón?

    Un saludo.

  7. Estimado Javier, hace algunos años administré un blog, Deseducativos, donde casi medio centenar de profesores de toda España nos dejamos los dedos sobre el teclado aportando ideas para enderezar el rumbo de la enseñanza. Tanto es así que incluso nos atrevimos a sacar a la luz un Manifiesto. Todo aquello quedó atrás por cansancio, falta de compromiso, hartazgo, escepticismo y un buen puñado de otros motivos que tuvieron que ver con la certeza de que no se podía luchar contra el espíritu de los tiempos.

    Al menos esa fue y sigue siendo “mi certeza”. A estas alturas de la película sé perfectamente que las soluciones que se pueden aportar (guiadas por el sentido común y la experiencia) son lo más opuesto a lo que los factótums del régimen consideran que debe ser la educación en España. Y lo sé porque llevo años investigando sobre el tema y he llegado a algunas conclusiones con las que un compañero de fatigas y yo estamos escribiendo un libro.

    La cuestión es sencilla: yerra el tiro aquel que continúe pensando que el desastre educativo es un problema de incompetencia, talibanismo o ideología. Esa es la apariencia, el muro contra el que se dan una y otra vez quienes se esfuerzan heroicamente en combatirlo. Porque, querido Javier, aquí el tema es otro bien distinto. La reforma de 1990 hunde sus raíces en la de 1970, cuyo preámbulo anuncia perfectamente la LOGSE de veinte años más tarde. Ambas reformas hay que situarlas en un contexto mucho más amplio que el mero marco educativo. Así, por ejemplo, la LOGSE no se puede entender en toda su magnitud si no se tienen en cuenta (y no necesariamente por este orden): a) las reformas económicas que tuvimos que hacer para entrar en la antigua CEE y el cambio en nuestro sistema productivo, y b) el régimen político que surgió en 1978. Ambos condicionantes son elementos constitutivos de lo que se conoce como razón de Estado. Y contra la razón de Estado, como sabrá, es casi imposible hacer nada.

    Lo demás (la pedagogía, el PSOE, el PP, Marchesi, la inteligencia emocional, etc.) no es más que carnaza para mantener entretenido al personal.

    Respecto a los sindicatos le diré que no tengo nada en contra de ellos, siempre y cuando, eso sí, no reciban ni un céntimo de dinero público y se financien con las cuotas de sus afiliados.

    Sobre la posibilidad de que la acción sindical pueda poner en peligro el chiringuito educativo, me permito copiarle un texto que hace unas semanas escribí en otro sitio:

    “Los sindicatos del establishment suelen actuar casi siempre como eficaces muros de contención ante las posibles rebeldías -cada vez más infrecuentes, la verdad- del profesorado. La añagaza de la representación sindical, los requisitos para presentarse a las elecciones y la mecánica del propio proceso electoral están planteados para desactivar cualquier elemento peligroso que amenace el actual statu quo educativo, las bases pedagógicas que lo sustentan y a los responsables que viven de él. Veamos brevemente de qué forma se consigue.

    En primer lugar se desactiva al elemento peligroso obligándole a no salir de su Comunidad Autónoma. Por lo que el objetivo de influir en el sistema educativo español queda postergado al tener que circunscribirse a reclamaciones y problemas del terruño, que son graves, por supuesto, pero que aparcan, insisto, el objetivo general y auténtico que les empujara a nacer.

    Luego se desactiva al elemento peligroso obligándole a representar, o a aspirar a la representación de tan solo un sector de la enseñanza. De ahí que enseguida caiga en la contradicción de pretender una transformación de la enseñanza reivindicando, por ejemplo, un cambio en la Secundaria sin tener en cuenta la Primaria, la FP o la Universidad. Así pues, la mayoría de sindicatos críticos con el sistema -SPES sería un buen ejemplo- nacen muertos, es decir, siendo exclusivamente asociaciones de profesores de Secundaria, por mucho que se federen e intenten sortear la primera desactivación que acabo de señalar.

    Por último, se desactiva al elemento peligroso obligándole a acatar unas reglas establecidas para perjudicarle y para que, a ojos de los demás, aparezca a medio plazo desvirtuado por la situación. La primera desvirtuación que tiene que asumir es presentarse a unas elecciones con listas cerradas, lo cual pone en evidencia, ya en el principio, la esencia democrática del elemento peligroso, por muy asambleario e igualitario que este pretenda ser. En segundo lugar, no tiene más remedio que aspirar a unas juntas de personal y a unas mesas sectoriales hechas a imagen y semejanza de los sindicatos del régimen, esto es, donde quedan unificadas la Primaria y la Secundaria. A pesar de que en su programa aparezca como aspiración primordial la separación de las mesas, al final ha de transigir, pues su representatividad, y por tanto su fuerza, es minoritaria. En tercer lugar, si el elemento peligroso logra hacer algo de ruido, enseguida se le inducirá a plantarse ante la siguiente encrucijada para mantenerse con vida: o sigue fiel a sus principios, por ejemplo, de renunciar a los liberados y a las subvenciones -y por lo tanto se estanca y no aspira a crecer, pues, sobre todo si ha llegado a ese punto, sentirá la necesidad de multiplicarse en los centros de enseñanza, y para eso necesitará liberados y subvenciones-, o acata y decide convertirse en un sindicato más, por lo que crecerá, se multiplicará, llegará a ser algo pero, ay, a partir de ese momento, con el alma vendida a Mefistófeles, tendrá que despedirse de sus reivindicaciones más básicas y acabará traicionando los principios que le habían dado carta de naturaleza.”

    En fin, un saludo.

    P.S.: Gracias por la corrección. Lamento el lapsus calami.

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