La Marcha sobre Madrid

Si dentro de unos cuantos siglos hubiera por fin en España historiadores imparciales (jamás se debe perder la esperanza), estos no tendrían más remedio que señalar el 25 de mayo de 2014 como un punto de inflexión en el devenir del régimen político. Recuerde el alma dormida que hasta ese momento la infiltración de los partidos políticos y de los servicios secretos en el 15-M no había dado los frutos que se esperaban, y que aún seguían organizándose huelgas, marchas y manifestaciones de todo tipo, siendo las más publicitadas aquellas que, reventadas desde dentro, acababan a porrazos. Y en esto que, cuando ya el régimen estaba ofreciendo su verdadera faz y se tomaba muy en serio aquello de que aquí los tíos con casco eran los únicos que tenían el monopolio de la violencia, de repente, mira tú por dónde, aparece Podemos, consigue cinco escaños en las europeas y las calles van enmudeciendo poco a poco hasta sumirse en el silencio de los últimos meses. Es un hecho que los famosos círculos podemitas y las franquicias destinadas a las elecciones municipales y autonómicas han actuado como aquel mítico bromuro de la mili. Continúa leyendo La Marcha sobre Madrid

La eternidad

Ante los ojos de Don Felipe se abre parte de la galería de la que fuera habitación de su difunto hijo Baltasar Carlos. Una puerta queda abierta justo enfrente y, más allá, vuelto hacia él, aparece Don José Nieto y Velázquez, aposentador real, antes de subir las escaleras. Ese gesto es el definitivo para que la mirada se dilate definitivamente y abarque, en un segundo, en una eternidad, toda la escena. Allí están su hija (la Infanta Margarita), las meninas Doña María Agustina Sarmiento y Doña Isabel de Velasco, los guardadamas Don Cristóbal Ramírez y Doña Marcela de Ulloa, y los enanos Maribárbola y Nicolasito de Pertusato, quien intenta inútilmente mover con el pie a Rubedo, el perro del aposentador. Y en el lado izquierdo de la tela, el maestro en pleno proceso creativo. Continúa leyendo La eternidad

Los liberales y la enseñanza

Mentiría si dijera que nunca he podido comprender cómo los a sí mismos llamados liberales no solo acatan, sino que aplauden con las orejas los sistemas de financiación pública del sector educativo privado, cómo esa derecha que va de libertaria por la vida blinda los conciertos allá donde gobierna, aun sabiendo la flagrante contradicción que ello supone en su propio discurso. Lo comprendo, y muy bien además. Todos estos apóstoles de la libertad acatan y exigen los conciertos porque de liberales, en realidad, tienen lo que yo tengo de derviche girador. La derecha hispanistaní no ha sido jamás liberal, ha sido socialdemócrata (es decir, franquista), y, desde el principio de los tiempos, ha crecido a la sombra de la Iglesia, que es el lobby socialdemócrata por antonomasia que está detrás de la mayoría de los conciertos educativos. La enseñanza concertada, por tanto, un invento que el PSOE aprueba en 1985, es más estatista y prusiana que la enseñanza pública, pues en ella participa, además del Estado, toda la mamandurria que vive a su costa.
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El río sin fin

Siempre envidié a aquellos privilegiados que en 1979 tenían la suficiente edad como para poder escuchar, con todas sus consecuencias, un disco como The Wall. Con los discos de música ocurre algo diferente a lo que sucede, por ejemplo, con los libros. Mientras que el descubrimiento de un libro es personal, en un disco, sin embargo, influyen otras cosas. Un disco afecta a muchas más personas y suele intervenir en la moda, las circunstancias colectivas o incluso la manera de pensar de toda una generación. Por eso envidio a quienes asistieron al nacimiento de The Wall (por aquel entonces yo tenía tan solo cuatro años), pues seguramente la dosis que recibieron vía radio, televisión, locales de moda y fiestas varias fue lo suficientemente poderosa como para que, desde entonces, haya formado parte de su educación sentimental. A finales de los ochenta (fecha en la que me topé con este disco) los Pink Floyd, aunque hacía tiempo que se habían separado, no habían dejado de sonar, si bien con una intensidad bastante más leve. Así que a lo único que podíamos aspirar los quinceañeros de la época era a que nuestro descubrimiento fuese, como mucho, algo íntimo y onanista.
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MC

Yo pertenezco a una de las últimas generaciones que conocieron a MC y que pudieron leer su libro, aunque también debo decir que por aquel entonces (el entonces de mi juventud) este empezaba a ser mirado con desconfianza. A pesar de que era lectura obligatoria, la verdad es que no sé cuántos de mis compañeros lograron leerlo aquel curso. Corría el antiheroico año de 1993 y ya asomaba por el horizonte la promesa de la ESO, con su buena nueva de pan para el hambriento y lecturas adaptadas para todos. Aquel 3º de BUP, del que mi generación sería una de las últimas promociones, estaba más que amortizado, o al menos había entrado en la vía muerta del oprobio y del olvido.
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Preguntas que me hago

Durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, los aliados mantuvieron dos posturas absolutamente enfrentadas acerca de qué hacer en Europa una vez hubiese caído Alemania: por un lado estaba la de Roosevelt, que no deseaba quedarse en el continente más tiempo del necesario; por otro, la de Churchill, quien pretendía que EE.UU. comandara la reconstrucción y protegiera Europa del peligro comunista. Finalmente, tras la muerte de Roosevelt, y con la llegada de Truman a la presidencia, se impondrían los postulados británicos, iniciándose así la creación de los dos bloques políticos que dieron lugar a la Guerra Fría. Continúa leyendo Preguntas que me hago

Dos tipos de seres humanos

Había una vez en Dresde un conde, Hermann Carl von Keyserling, que no podía dormir. Noche tras noche el insomnio le tenía rondando el palacio, a pesar de que había probado con todos los remedios imaginables. Sin embargo, lo que más le molestaba no era la falta de sueño o el agotamiento que lo convertía en poco más que un guiñapo durante el día, sino el profundo aburrimiento que sentía durante aquellas horas en blanco, cuando el silencio y la oscuridad anegaban los salones y todos parecían dormir a pierna suelta. Continúa leyendo Dos tipos de seres humanos