Felices

La cena de Nochebuena, por ejemplo, donde, para variar, todo son sonrisas y buen rollo; el fin de año en el que parece que se ha alcanzado un nivel superior de juerga autodestructiva; las almibaradas declaraciones de amor dedicadas a amigos, novios o mascotas; los concienciadísimos parabienes que nos recuerdan que, a pesar de nuestra felicidad (o precisamente por culpa de nuestra felicidad), hay gente que se muere de hambre por las calles perversamente iluminadas de media España; el viaje a un país lejano cuyas imágenes tratan de componer un relato donde se volverá, cual un nuevo Siddhartha, absolutamente transformado interiormente gracias a las ricas experiencias vividas y a la profunda espiritualidad descubierta; el selfie donde se marcan abdominales o se ponen morritos porque nosotros valemos mucho y tenemos siempre la autoestima por las nubes; cualquier cosa, en definitiva, que componga ese rito mediante el que, de pronto, el ser humano se ve obligado a reafirmarse ante el universo con la difusión de una pose, de un contexto, de una idea, de aquello a lo que llaman memes o virales o qué se yo, y que, en el fondo, no es más que un simulacro del mundo y de sí mismo.

Sabemos que tanto la cena de Nochebuena y la fiesta de fin de año fueron un coñazo insoportable, que estamos en realidad más solos que la una, que en el fondo (hay otros que no lo saben todavía) nuestras ideas políticas, gracias a Dios, jamás se llevarán a la práctica, que los viajes que hemos emprendido nos han devuelto a nuestro piso de sesenta metros cuadrados siendo los mismos desgraciados de siempre, y que somos unos cutres porque necesitamos la aprobación constante de los demás. Lo sabemos, vaya si lo sabemos, y sin embargo, a pesar de los pesares, todo se vuelve distinto en cuanto le aplicamos filtros de luz, lo acompañamos con una frase que contiene los adjetivos “inolvidable” o “fabuloso” y lo subimos a nuestro muro. Las redes sociales han otorgado una nueva sustancia adictiva a los hábitos que obliga a atenuar nuestras negaciones, o lo que es peor y más frecuente, a terminar afirmando algo que, por supuesto, jamás ha tenido lugar. Como una especie de lítote a lo bestia de la existencia, así es Facebook o Twitter o Instagram para la mayoría. Y, aunque no queramos reconocerlo, nos está cambiando por fuera. Y me temo que por dentro también.

Porque, españoles, en estas fechas tan señaladas, ante todas esas imágenes que parecen salidas de un libro de autoayuda o de la foto promocional de un portarretratos, es cuando uno suele darse cuenta de lo grises que son las paredes de nuestra existencia, lo patética que es la medianía de nuestros deseos y lo cursis que podemos ponernos en cuanto los señores Zuckerberg, Dorsey o Systrom nos dejan creer que nuestra vida es real y, sobre todo, que puede llegar a ser la hostia.

Feliz Navidad a todos.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

3 comentarios sobre “Felices”

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