Autor, autor

Hubo un tiempo en que se vivía sin autores. Hasta hace relativamente poco, el arte, la ciencia, la literatura no precisaban esa figura que sin embargo hoy parece indispensable. ¿Quiénes fueron los arquitectos que idearon las pirámides de Egipto? ¿Quién compuso el Cantar de Roldán? ¿Quién inventó la rueda o el papel? ¿Quiénes son los artífices del insuperable Románico? Quizá antes se tuviera la certeza (muy razonable, por cierto) de que la obra era, al fin y al cabo, muchísimo más importante, y, puesto que esta permanecería durante más tiempo en la vida de los hombres, infinitamente superior a su creador.

La humanidad, por tanto, pudo sobrevivir sin autores, al menos hasta el Renacimiento, cuando el mecenazgo hizo que el artista cobrase plena conciencia de su posición en el mundo. A partir de entonces la firma fue desbancando lentamente a la obra y los nombres compitieron en perdurabilidad con los brillantes frutos de la inteligencia. No obstante fueron los románticos, con su voluntad de suplantar a los mismísimos dioses, con su afán por mostrarse herederos directos del fuego de Prometeo, quienes le dieron la vuelta definitiva al viejo abrigo de la creatividad. Como el titán que desafiara a Zeus, el escritor (Ossian) o el científico (Newton) estaban llamados a trascender al humano corriente y, en ocasiones, a redimirlo con su magnificencia. A partir de ahí, el trabajo estuvo hecho. El empirismo y las vanguardias no tuvieron que vencer ninguna resistencia. La obra sería el fruto al que el creador confería su propio ADN. Einstein crearía la relatividad universal del mismo modo que por el arte moderno fluiría la sangre de Picasso. Si los progenitores eran listos, los hijos también lo serían. La criatura seguiría teniendo, por los siglos de los siglos, los ojos de su padre.

Pero la historia del hombre es también el relato de sus propias paradojas, y ahora resulta que Internet, la herramienta que propaga el nombre del autor a los últimos rincones del planeta, es también el arma con que el concepto de autoría está empezando a hacerse el harakiri. Por ello no me asustan los nuevos tiempos que se avecinan. Sé que, tarde o temprano, todo vuelve al punto de donde partió, constantemente. Así que le auguro una cortísima vida a la nueva Ley de Propiedad Intelectual, no solo porque es la viva imagen de un Leviatán hambriento y desatado, sino porque los artistas y los Estados que legislan sobre los derechos de autor son tan convencionales como lo fueron en su día la toga viril o las hombreras de los años ochenta.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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