Debates

No creo en el carácter de los pueblos ni en la voluntad general (ambas son cualidades privativas de los individuos, no de la masa); sí estimo, en cambio, que sea posible que a la sociedad se la pueda manipular como si fuese una sola mente, dirigir su comportamiento mediante técnicas de ingeniería conductista que trascienden esas emociones o esos instintos de los que suelen echar mano la publicidad y cualquier tipo de propaganda. Creo también que el control social más eficaz en países que han asumido la mitología de la democracia no es el que apela al bajo vientre, sino el que recurre a los luminosos territorios de lo intelectual, el que se produce cuando el poder acota los debates públicos, restringe los puntos de vista y los difunde a los cuatro vientos del país para dar la impresión de que la opinión es múltiple, dinámica y relevante. Creo que cuanta más obcecación hay por el debate, menos libertad real existe. Creo, en definitiva, que los debates son el bromuro de la ciudadanía.

En España, donde el folklore de la tertulia ha inspirado numerosas escenas a escritores y artistas, todo canal de televisión y toda cadena de radio poseen sus horas dedicadas a obrar el consuetudinario milagro de que la complejidad social se halle machaconamente representada por el enfrentamiento entre los periodistas progubernamentales y los periodistas pro-oposición. Ante semejante vodevil, la conclusión es tan sencilla que sorprende: puesto que aquí nunca existieron ni el ratoncito Pérez ni las voces discordantes con el régimen, el espejismo de lo plural únicamente puede estar fundamentado en esta típica dualidad de casinillo noventayochista.

Pero lo peor de todo es que las consecuencias de la castración mediática no se quedan ahí, en los platós y en las cabinas, sino que se propagan luego por las ondas y se convierten en pandemia cuando llegan hasta la mismísima sangre del ciudadano, quien con pasmosa rapidez asume como suya una de las dos perspectivas. Por eso, ante situaciones difíciles, ante terribles puntos de inflexión en nuestra historia reciente como el 11-M (del que dentro de unos días se conmemorará el décimo aniversario), la respuesta social, infectada por el virus partidista, siempre ha sido tan despreciablemente irresoluta. Por eso, por culpa de los debates, los españoles jamás podremos guillotinar a nuestros reyes.

Aunque, por otro lado, uno también piensa que, sin esa proclividad a despedazarnos los unos a los otros, tal vez no habría calado en los medios con tanta fortuna la artimaña de dejar incólume el consenso a través del espectáculo agonístico. Quién sabe, puede que incluso a estas alturas muchos tertulianos se hubieran tenido que dedicar a hacer periodismo de verdad.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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